Belfegor y la tristeza

Por Rodolfo Porras / Ilustración Archivo

“La perversión y la desidia del espíritu
corren parejas con las del cuerpo”.
Herman Hesse

Belfegor es un demonio proveniente de la mitología judeocristiana. Además de ser realmente feo, según consta en las litografías y grabados que se le han hecho en distintas fechas, es perezoso; como tal actúa con desidia, además es marrullero el desgraciado. En algunos parajes bíblicos lo mencionas como Baal Peor.

La primera pieza teatral que escribe Bertolt Brecht a los 20 años se llama, precisamente, Baal; es el nombre del antihéroe que protagoniza su relato. Vago, manipulador, desesperado, destructivo. No es difícil inferir de donde sacó
Brecht su nombre. Años después, el mismo dramaturgo vuelve a llevar a escena a esta entidad maligna, esta vez con el nombre de Señor Puntilla. También Nicolás Maquiavelo escribió un relato protagonizado por este demonio. Ben Jonson —un dramaturgo enorme, pedante, jefe de farra y de discusiones teatrales interminables en algunos bares londinenses, en las que participaba William Shakespeare—, también echa mano de este personaje demoníaco e igual destaca su carácter nefasto. José Ignacio Cabrujas lo trata con personajes como Pío Miranda; Rómulo Gallegos con Lorenzo Barquero; Rodolfo Santana con Bongo, Pongo y Mongo; Rengifo lo diluye entre los personajes que se reparten a Jabino Buenaventura. Belfegor es un traidor estructural y un manipulador de primera.

Belfegor es una imagen arquetipal que se expresa desde esa zona oscura, en la sombra que se cierne sobre los humanos desde hace miles de años. Este demonio perezoso se hace presente cuando manipulamos para evitar el esfuerzo. El hombrillo es la vía por donde transita con entusiasmo, su gesto más común es entregar o recibir pagos bajo cuerda. Es el funcionario que se queda inerme ante el deterioro que se va generando por su descuido. Belfegor y la excusa son uña y carne. Otro de sus grandes placeres es el saludo a la bandera.

Este demonio usa el camuflaje de la astucia, eso que todavía persiste y que dan por llamar viveza… el espécimen deambula hace tanto tiempo entre nosotros que toda su horrenda estampa luce normal y hasta atractiva. Pero, a veces, su desidia no solamente se vuelve repugnante, sino que provoca mucha tristeza, como cuando uno ve el techo en el piso de una de las caminerías del campus de la UCV.

La tristeza muta en indignación cuando este demonio, investido con toga y birrete a punta de “astucias”, complicidades, impunidad, descaro, excusas disfrazadas de acusaciones, pareciera perpetuarse hasta que no quede piedra sobre piedra en La Ciudad Universitaria.

ÉPALE 378

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