Benjamín Charles: obrero y ánima benefactora

La Iglesia católica no hace mucho caso de milagros, prodigios o cultos de yerbateros y personas que se dedicaron a sanar gente sin ser doctores. El Negro es uno de estos casos

Por José Roberto Duque@DuqueJRoberto / Ilustración Justo Blanco

Supongamos que estás en el oriente, centro o centro occidente de Venezuela y logras llegar a Barinas de alguna manera.

Te lanzas desde Barinas, buscando hacia San Cristóbal; en la vía te deslumbrará el sistema arterial o sanguíneo de ríos y quebradas, el maravilloso acertijo de los nombres y sus resonancias, que se prestan a la joda o al disfrute musical de la palabra: La Caramuca, Curbatí, La Acequia, Agua Colorado (no es colorada: es colorado), Bum Bum, La Arenosa, Murucutí, Socopó, Batatuy. Descubres, deslumbrado también, si no conocías la zona, que aquellos versos de “Linda Barinas” no eran una metáfora, eso de que el llanerísimo Barinas queda frente a las cumbres andinas. Y en efecto, si tienes buena vista y pasas por esa larga carretera en la temporada adecuada, verás a tu derecha unos picos full de nieve, o más o menos, así te esté achicharrando el calor.

Pasas Pedraza La Vieja y sabes, o te han dicho, que por ahí viene Santa Bárbara, pero ya va: antes de Santa Bárbara empiezas a ver unos inquietantes letreros que anuncian que te estás acercando al santuario, capilla o templo que contiene la milagrosa imagen de Benjamín Charles. Y como a eso fuiste, pues vas siguiendo los letreros y te orillas a la izquierda, donde te anuncian que ahí es la cosa.

Esclavo, correo, yerbatero

Esa carretera por la que has venido rodando desde hace rato (comienza lejos, en el estado Cojedes) se llama Troncal 5, aunque en el tramo que va de San Carlos a Barinas le sobreescribieron, o montaron encima parcialmente, la autopista José Antonio Páez. El dato más antiguo del paso vital de El Negro Benjamín Charles por Venezuela, después de venirse o ser traído desde la isla de Trinidad, dice que trabajó como obrero dándole forma a esa carretera, justo entre Pedraza, Capitanejo y Santa Bárbara. Eran los tiempos de un Gómez empeñado en conectar a los Andes con el resto del país; no cuesta mucho imaginarse las condiciones en que Benjamín, su hermano y centenares o moles de obreros más, incluidos muchos presos políticos y comunes, se aplicaron a la chamba: esclavitud en banda, mala paga y peor alimento.

Luego, te metes en la capilla o santuario y te vas enterando de algunos pormenores de la vida de El Negro, el ser humano esclavizado que el tiempo y las circunstancias convirtieron en ánima. Después de cumplir su tarea como echador de pico en la carretera empezó a desplegar sus nobles vocaciones: era yerbatero, sobador, rezandero, palabrero bueno; la curiosidad lo llevó a hacer viajes regulares a los páramos merideños y hacia allá se llevaba productos, yerbas, objetos y curiosidades barinesas; y de los Andes se traía, también, efectos que no se conocían mucho allá abajo: frailejón, dulces, frutas y hortalizas. Además, cumplía funciones de correo: El Negro Charles fue el lento gmail de los años 20 y 30 del siglo XX.

Como suele suceder con la gente querida y querible, su magnetismo y don de gentes terminó labrándole su desgracia. A El Negro se le acercaba mucha gente del pueblo en busca de sanación y alivio para varias enfermedades del cuerpo y de otras zonas desconocidas, y el hombre las atendía sin cobrar. Su conocimiento de la medicina natural y su sabia manera de atender a sus vecinos curó y alivió a muchas personas durante años. Una de esas personas resultó ser “la mujer de”.

Te detienes en este punto porque alguna vez soltaste el chorro completo y sin filtro, y los descendientes y dolientes de ese presunto “dueño de la mujer” se molestaron y te exigieron un poquito más de respeto. Te abstienes esta vez de nombrar entonces al hombre que se molestó porque Charles sanaba y aliviaba muy bien a su compañera y los vecinos casquilleros, que nunca han faltado, hicieron el resto.

Ánima benefactora

El esposo ofendido dijo a viva voz, justo unos días antes de la Semana Santa de 1936 (el martes 7 de abril), que iba a salir de cacería. Encontró a El Negro en la orilla de esa carretera, en cuya construcción había participado, y le descargó el tiro en la cabeza. Junto con un amigo suyo cargó el cadáver hasta un punto separado de la vía y lo arrojó en unos matorrales. Cuando él y su ayudante salieron a la carretera ahí estaba, otra vez, el cuerpo de El Negro Charles. Lo volvieron a cargar, lo volvieron a botar en el monte y cuando salieron para huir ahí estaba de nuevo el empecinado cadáver de Benjamín Charles. Ya no hubo CICPC, Petejota o chácharo que no se tropezara con el cuerpo.

El evento ha sido registrado como el primer prodigio de El Negro Charles, que desde entonces ha sido objeto de culto, veneración y receptor/cumplidor de promesas ahí mismo, en el lugar de su sacrificio; primero fue un altar simple, luego una capillita humilde como él y, con el tiempo, una señora edificación, adonde llega gente de todo el país, sobre todo conductores, a hacerle promesas y a pagárselas.

Acabas de decir “prodigios”, no “milagros”; recuerdas que la Iglesia no toma en cuenta a los yerbateros y sí a algunos médicos, y menos mal. El culto a El Negro Charles reside en la memoria colectiva del pueblo, no en los papeles del Vaticano.

De modo que, un siglo después de su tránsito corporal por la zona, vas y le echas un vistazo al altar y sus alrededores: velas encendidas, placas, cartas, fotografías, billetes y monedas; mensajes, prendas de vestir, licencias de conducir, certificados médicos, papeles de propiedad de vehículos; testimonios varios de viajeros agradecidos, a quienes El Negro Charles les ha hecho favores de toda clase. Uno de los más curiosos que ves, al meter las manos en aquella caja llena de ofrendas, es una impresión a full color del cuerpo de una mujer con la franela arriba de las tetas y las pantaletas bajadas hasta las rodillas; ve tú a saber si esa imagen cumplía funciones de pedido o de regalo. Las promesas más comunes tienen que ver con automóviles, pero a El Negro va gente a pedirle de todo.

Le haces, entonces, el pedido y promesa que fuiste a hacerle y el hombre, o su ánima en estado activo, va y te la cumple; 18 meses después regresas y le obsequias una reseña parecida a ésta (estuvo un tiempo pegada en una de las paredes de su altar), le enciendes unas velas y le das las gracias.

Seis años transcurren; vuelves a acordarte de El Negro porque necesitas un par de cosas con alguna urgencia y le haces nueva petición y promesa a distancia; las ánimas, sobre todo las que saben de carreteras, trabajan en y con las distancias. Una copia de esta crónica quedará pegada en alguna pared de la capilla en honor a El Negro, algún día. De pana que sí.

ÉPALE 388