172 golpe de control

A GOLPE DE CONTROL por Carlos Cova/@carloscobero

El humano es un ser tan complejo que tras 200 mil años de existencia aún se encuentra en fase de construcción. Solo así podría entenderse que todavía a estas alturas no sepa cómo criar a su prole. Hoy en día, educadores desmoralizados coinciden en señalar a la más reciente generación de párvulos como la que mayores problemas de adaptación presentará en la historia de la humanidad desde que al pequeño Cupido le diera por descerrajar flechas a mansalva. Y lo peor es que la propagación de incontables teorías socializadoras, gracias a la era digital, solo ha servido para confundirnos más y para ampliar las oportunidades de trabajo de los psicólogos. No es de extrañar que uno de estos últimos especialistas concibiera un programa como La casa de los berrinches (Discovery Home & Health), reality show que hace de las terapias grupales tanto un entretenimiento como una solución a la problemática del mal comportamiento infantil. Para ello reúne en cada entrega a tres familias nucleares, es decir, las conformadas por padre, madre e hijos, en el idílico inmueble que da nombre al espacio. Durante una semana serán monitoreados y confrontados por el ojo de la psicóloga Tanya Byron, una auténtica apasionada del tema.

Sin dejar de explotar cierta vena dramática, La casa de los berrinches se cuida de hacer sanciones negativas sobre su objeto de estudio. Los inquisidores serán los televidentes, tocados en su fibra íntima por uno que otro espécimen. Pero lo más significativo resulta la perspectiva que ofrece el espacio sobre la familia apocalíptica, básicamente la misma del último siglo aunque ligeramente más desorientada. No siendo psicólogos, podríamos asomar diagnósticos precisos en algunos de los participantes. Basta comprobar el juego de espejos que a ratos se produce. Los conflictos conductuales que muestran estos hooligans en miniatura (el programa es de factura británica) tienen su germen en la actitud de unos padres que se calcan perniciosamente en sus retoños. El problema son siempre los grandes, querido doctor Watson.

ÉPALE 172

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