Bisiesto: una de las tantas cuentas que no cuadran

Por Argimiro Serna / Ilustración Erasmo Sánchez

Desde tiempos inmemoriales se decantan paradojas que dan profundidad, tanto a la naturaleza esa como a la naturaleza humana. Caminar en dos patas es una paradoja en sí que se puede tratar en otro texto, pero que importa mucho aquí por permitir mirar a las estrellas, a migrantes permanentes sin dejar de desplazarse. Que de alguna extraña manera luces distantes, que aducen seres imaginarios, hayan significado algo más estable para gestación de lo que somos, que su propia experiencia en la Tierra es todo un tema para ateos. Es decir, que de lo abstracto haya surgido lo concreto, que las estrellas hayan dado respuestas necesarias para la identidad de seres ancestralmente derrotados en el plano material, no se responde con ciencia demostrable.

De momento, ciertas paradojas que sólo asumen los poetas cuando enfrentan las consecuencias del saber, aunque físicos, astrónomos y astrólogos lo intenten a su manera, venimos de las estrellas mucho tiempo después que los minerales que nos conforman. Son nombres que pusimos para que las cuentas cuadraran y el universo tuviera sentido. Solo que siempre hay que volver a revisar esas cuentas, y ahí es donde los poetas necesitan un poco de astrónomos, físicos y matemáticos.

Así, fertilidad, celos, disposición sexual (incluso de plantas) y temperamentos; así como líquidos en general (incluyendo las mareas), más los movimientos de insectos, microbios, las semanas y sus días se han regido por ciclos lunares. Mientras que estaciones de hielo, lluvias, calores y años, como tales, sincronizan con el Sol.

Eran los tiempos en que José saludaba a María de vez en cuando, haciéndose el paisa, en los que han debido ver pasar esa invasión de Julio César a Egipto, cuando el emperador romano más famoso descubrió las imprecisiones de su calendario al compararlo con el de los faraones, revelándose el efecto en pérdida de cosechas y demás planificaciones que significaba. De esa manera, el 46 a. C. fue considerado el año más largo de la Historia, porque se extendió a 445 días para comenzar desde cero, en sincronía con los tiempos solares. Para tal operación, el emperador que en su honor se le dio nombre a uno de los meses centrales ordenó incorporar los dos primeros meses del año, enero y febrero, más un día extra cada cuatro años en este segundo mes, con lo que parecía cuadrar, por fin, la cuenta entre el Sol y la Luna. Pero aunque fue un gran avance en cronografía, todavía quedaban unos minutos por fuera.

Por el número que le tocó al Papa Gregorio XIII es deducible que no tuviera muy buena suerte. De hecho, le tocó atender el desfase del calendario juliano que, para el siglo XVI, sumando 11 minutos cada año ya acumulaba varios días entre la celebración decembrina y el acontecimiento de ascenso solar, que lo anuncia. De manera que, asesorado por el astrónomo jesuita Christopher Clavius, el 24 de febrero de 1582 este Papa promulgó la bula Inter Gravissimas, en la que establecía que tras el jueves 4 de octubre de 1582 seguiría el viernes 15 de octubre de 1582, eliminando de la Historia esos once días y dejando un complejo cálculo de años bisiestos, como aquellos múltiplos de 4 o de 400, según si son seculares o no. O sea, todo un algoritmo para entendidos. Baste saber que esa cuenta intenta cuadrar el Sol con la Luna, así como los complicados movimientos de la Tierra entre sí.

Aunque, por algunos segundos, todavía se espera un descuadre para dentro de un par de milenios. Acerca de lo cual Gregorio XIII diría que, por lo menos, esa cuenta que la cuadren otros. Porque la cuenta de tantas familias ofendidas por sus impudicias, como que nos toca cuadrarla nosotros mejmos.

ÉPALE 357