Boleros de meretrices (I)

Por Humberto Márquez / Ilustración Julietnys Rodríguez

El burdel es la cuna del bolero y del tango. Aunque nunca fui muy asiduo a esos estrambóticos lugares —ni falta que hacía porque papá tenía un delivery que las llevaban a la hacienda—, sí tuve algunas historias muy peculiares. Alguna vez fui al Tibiritábara, en la zona de tolerancia, que era como una manga de coleo —de culeo, textualmente— con lupanares sórdidos de lado y lado de aquella única calle. Sórdidos pero exquisitos, o al menos a mí me lo parecían, contra la opinión de mis amigos cureros del colegio, hasta que llegaron a corroborarlo Cabrujas y Chalbaud en El pez que fuma, y Gabo opinando como Faulkner: “El mejor lugar para escribir una novela es la segunda planta de un burdel. La novela nacía en ese bullicio mundano alimentada por el fuego de la poesía. Como una historia de amor improbable en un mundo de amores solamente posibles”.

Pero el rey del burdel, sin menospreciar a Daniel Santos, fue nuestro querido Agustín Lara, porque llevaba en su cara una emblemática cicatriz hecha por una puta con un pico de botella. Estrella, se llamaba. Unos dicen que fue en Puebla porque quiso hacer un trío y a Estrella no le gustó esa huevonada, por lo que le dio un botellazo cortándole el cachete izquierdo; otros dicen que fue por celos a raíz de haberse casado en Coyoacán; hasta dicen que fue con una navaja de barbero. Lo más aproximado a cierto es que se llamaba Estrella y que la noche del corte compuso “Pecadora”: Si cada noche tuya es una aurora, / si cada nueva lágrima es un Sol, / por qué te hizo el destino pecadora / si no sabes vender el corazón. Hay otros ociosos que dicen que la expresión “¡Más rápido que botellazo de puta!” surgió de allí.

Pero el primer bolero de Agustín Lara, “Imposible” (Yo sé que es imposible que me quieras. / Que tú amor, para mí, fue pasajero. / Y que cambias tus besos por dinero, / envenenando así mi corazón), nace, no por casualidad, precisamente en un burdel, en el número 74 de la zona roja Cuauhtemotzin, donde Margarita Pérez, la Madame, le dejaba tocar el piano.

ÉPALE 396