Boleros de meretrices (II)

Por Humberto Márquez / Ilustración Julietnys Rodríguez

De las cosas más terribles y, a su vez, más hermosas del mundo es enamorarse de una puta. Quien no haya vivido tan divina claridad, no merece ser hombre. La puta es el sueño maravilloso de todo adolescente; además, es un sueño recurrente que no se pierde en la vejez. La sociedad moralista de siglos anteriores acorraló a los hombres, quienes desahogaban con meretrices sus instintos amorosos, privando a sus esposas de la caridad erótica, lo que trajo consigo el cacho parejo. Afortunadamente, hoy en día no hay piropo más lindo que decir y hacer sentir a tu novia como tu putica privada.

De esos amoríos tan exquisitos Agustín Lara fue el decano de esa facultad, porque el burdel fue su academia: Quisiera hablar con toda la verdad, óyelo bien, contarle al mundo lo que hay que contar de una mujer… que sepan todos que tú eres, la causa de mi sufrimiento, de mi cruel tormento, de mi padecer. (…) Indiscretos mis inviernos asomaron cuando en ti se despertó la primavera, para todos tú serás una cualquiera, pero yo te adoro con todas las fuerzas de mi corazón.

El Flaco de Oro tenía el verso de amor a flor de labios que cautivaba a prostitutas de ocio o necesidad, diferencia importante y necesaria: no es lo mismo ejercer el oficio porque te gusta singar que hacerlo para dar de comer a hijos o a una madre enferma. Pero, en cualquiera de los casos, siempre con el privilegio de la variedad para conocer en profundidad la calidad de los cariños, sean putas de planta o puticas aficionadas al erotismo, por deporte casual. Agustín fue rey de reinas, y lo imagino carajito, porque desde temprana edad le tocó lidiar con ese divino personal: Te vendes, quién pudiera comprarte, quién pudiera pagarte un minuto de amor. Los hombres no saben apreciarte, ni siquiera besarte como te beso yo. La vida, la caprichosa vida, convirtió en un mercado tu frágil corazón.

Corolario: que sea puta o santa, la mujer es el altar precioso donde ofrendamos plegarias los fieles del amor; y hasta los infieles porque, como decía Diego a Frida, lo importante es la lealtad.

ÉPALE 397