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RODEADO DE UN AURA MÍTICA, MERCED A SU METEÓRICA
CARRERA AL ESTRELLATO, EL PRIMER SOBERANO NO
DECLARADO DE LAS ARTES MARCIALES TUVO UNA VIDA
ABONADA PARA LAS LEYENDAS URBANAS

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

La canción “Kung Fu Fighting”, de Carl Douglas, fue lanzada en 1974 con mucha pena y ninguna gloria. La melodía y el concepto eran tan malos y facilitos que el propio cantante pidió que esa pieza se escondiera por allá atrás, llenando un hueco del lado B de un disco suyo, cuya canción estelar era una bicha llamada y que “I want to give you my everything”, una frase buenísima para oír cómo la pronuncia Eva Golinger, pero medio gafa también, como canción. Cuando estaban armando el disco un productor gringo le recomendó a Douglas que agarrara aquella del kungfú y la pusiera de primera, como promocional. Carl Douglas aceptó, a ver qué pasaba. Y no pasó nada: el disco se lanzó a la dura competencia de la música disco, el género del momento en proceso de estallido, y las dos canciones se pudrieron en las discotiendas y en las gavetas de los conductores de programas en las emisoras. Ni al público ni a la Golinger ni al coño’e tu madre le importaron nada ese par de piezas, autoría de un bicho con pinta de malandro de gimnasio y casi ningún talento.

Pero ocurrió algo, una especie de accidente. A un cineasta mediocre le dio por hacerle un homenaje a Bruce Lee (el legendario actor fallecido un año antes); armó un guion a punta de rumores y leyendas, se robó unas cuantas escenas de películas del ídolo chino-norteamericano (casi una hazaña en un tiempo en el que no había Youtube) y al final de su pasticho coronó con un videoclip con escenas y la canción de fondo. Y la gente empezó a darse cuenta de que la combinación funcionaba: esa pieza medio desdeñada levantó vuelo gracias a la magia de Bruce Lee y gracias a la fiebre de artes marciales que este extraño ser había desplegado por todo el planeta.

En términos puramente comerciales, Bruce Lee vino a ser algo así como el primer producto de consumo masivo en Estados Unidos proveniente de China, aunque él en realidad había nacido en California. Películas chinas de kungfú y sobre héroes históricos o imaginarios se habían producido como arroz, tal vez a razón de una película por cada habitante de ese país. Pero esas películas no calaban, no convencían, no metían la coba entre el público norteamericano.

Bien porque todas las películas trataban exactamente de lo mismo (unos villanos ofendieron a la familia o a la mujer de un chino bueno, y este aprendió a echar patadas y coñazos y mató al villano y a sus 300 compañeros), bien porque los chinos hablan muy raro y la gente se echaba era a reír cuando se suponía que la historia tomaba un giro triste o doloroso; lo cierto es que ningún actor chino hizo o dijo nada que vendiera. Hasta que apareció este muchacho sobreactuado y casi tan estresado como Charles Bronson, y la historia de las peleas de Hollywood cogieron otro aire: la forma de pelear de Bruce Lee tenía sangre y huesos rotos, pero también era danza, teatro, un poco de magia y de humor.

La forma de gritar mientras lanzaba sus golpes, el baile más o menos pop que precedía a sus ataques y, sobre todo, la verificación de que en la vida real el tipo era una máquina de perfeccionar la forma de vivir y de combatir lo convirtieron en figura inmortal, en emblema o ícono de una utopía personalísima de perfección: cuerpo sano, mente buscando algo tan abstracto como el equilibrio espiritual.

Doctor en filosofía y, además, buen administrador de las obsesiones que le provocaba su ancestro lejano oriental, lo que pudo haber sido un combatiente más de los millones que han transitado por el cine se convirtió, de pronto, en un héroe popular que pontificaba una ética, unos principios y una biblia personal: el jeet kune do recomendaba fluir como el agua (“Be water, camarada”), y como el agua fluyeron los espectadores por las salas de cine fascinados con esa forma de combatir y de meterles aquellas zaparapandas de coñazos a los malos .

De la causa oficial de su muerte se ha dicho que ha sido la más rebatida de la cultura popular. Dice el dictamen oficial que murió a causa de un edema cerebral, pero todo el mundo tiene una versión diferente acerca de qué causó ese edema cerebral: que si una jartazón de hachís, que si sobreentrenamiento, que si la culeada que estaba echando con la actriz Betty Ting Pei, que si una maldición de monjes budistas o una conspiración de las mafias de nosedónde.

Treinta y dos años tenía el ídolo cuando se anunció su muerte súbita. Y 28 tenía su hijo, el también actor Brandon Lee, cuando murió en 1993, también de forma absurda y teatral. Fue como una segunda muerte: el hijo y el padre truncados en la cumbre del estrellato cinematográfico. Ahora sumen: 32 + 28 da 60. La cifra no dice nada, pero lo cierto es que Bruce Lee era un carajo arrecho, de eso sí no cabe ninguna duda.

ÉPALE 306

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