ÉPALE312-CRÓNICA

TERCERA ENTREGA DEL CONCIENZUDO ESTUDIO DE LA PAL (POPULAR ACADEMIA DE LA LENGUA), QUE CONTINÚA AHONDANDO EN LAS PROFUNDIDADES DEL LENGUAJE IMPÚDICO

POR FRANCISCO AGUANA MARTÍNEZ FCOAGUANA@GMAIL.COM / FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

EL SEXO: PREDOMINIO DEL HABLA MACHISTA

Freud es el “perverso polimorfo” que comienza a hablar públicamente de la sexualidad del individuo. Le siguen otros, como Alfred Kinsey que publica, entre 1948 y 1953, sus informes sobre la conducta sexual humana. Después viene la pareja Masters y Johnson y presentan su estudio sobre la respuesta sexual humana en 1966. Antes, en 1960, se había estrenado la pildora anticonceptiva, Mary Quant creó la minifalda; antes se estrenó el monokiny y comenzó, en esa década, la revolución sexual. En 1973 Felipe Carrera Damas publica El comportamiento sexual del venezolano. Todo este inventario viene a cuento porque provocó cambios en la conducta social con respecto a este tema y buena parte de su terminología permeó a amplios sectores, sobre todo académicos y de clases sociales medias y altas, teniendo a los medios de comunicación como transmisores de lo que en un momento fue una jerga científica, pero que para las mayorías solo quedó como una jerigonza de petulantes. Sí, porque debido a esa extraña terminología con que se expresaban los asuntos sexuales de los humanos, incluso la difícil pronunciación de muchos de esos vocablos, la gente siguió llamando las cosas como las llamaba o, por el contrario, utilizando algunos de esos términos creó sus propias palabras para entender tan escabroso tema. Así, pues, palabras y frases como, por ejemplo, “hacer el amor”, “tener relaciones íntimas”, “pederastia”, “incestuoso”, “eyaculación precoz”, “orgasmo” y ¡válgame Dios” “coito” o “copular” solo adecentaban lo que en el habla popular era y es coge, culea, clava, pulla, singa, goza, tira; desfogarse, echá un polvo o polvito, echá tres sin sacalo, poné a peleá los miones, dase con todo, dase con furia, comese ese pescao, echá fli (en alusión a un insecticida que tenía una bomba parecida a la de una bicicleta), etcétera.

ÉPALE312-CRÓNICA 1En las frecuentes conversaciones masculinas sobre el sexo la mujer aparece, casi siempre, como un objeto pasivo, inerme, sometida siempre a las iniciativas del hombre, del macho. Por eso es frecuente oír expresiones como me la clavé o se la clavaron, me la monté o se la montaron; se la echaron, se la rasparon, le metieron el machete, o la machetearon; le dieron una redoblona, la esfondaron, se la singaron, se la soplaron, le dieron lo suyo, ya probó y la esvirgaron…  porque nadie hablaba de “himen” o “virginidad”. Durante muchísimo tiempo el virgo fue una especie de control de calidad por el que debía pasar la mujer casadera: era el certificado de pureza que había que entregarle al hombre. Las películas mexicanas, sobre todo—, las radionovelas, los folletines ilustrados (como Ellas o Cárcel de mujeres), las fotonovelas de Corín Tellado y luego las telenovelas desarrollaban sus ficciones teniendo como temática central que la honra de la mujer se reducía, comúnmente, a cerrar las piernas para no perder la tan preciada telita. Igual se hacía desde el cancionero popular llamando aventureras, perdidas o indecentes a quienes la perdieran. Muchas mujeres que llegaron sin la virginidad al matrimonio eran devueltas por ser unas desvergonzadas y unos aguacates (esto es, que estaban aguaás). Para las madres el virgo era motivo de extrema preocupación, ni qué decir de muchos padres, dispuestos estos a romper cuanto virgo pudieran pero también a convertir esto en una deuda de honor y matar al que le deshonrara una hija. Las madres apesadumbradas y afligidas por tan grave pérdida expresaban frases como: “¡Ese desgraciao me desgració a mi muchacha, me la dañó, me la echó a perdé, me la esfarató, me la jodió y, ay, ay, ya no es señorita!.

El matrimonio debía ocurrir luego de un,  digamos, aceptable noviazgo durante un tiempo prudencial, porque si era repentino las malas lenguas hablarían de esvirgamiento o de un chichón escondido. La visita del novio a la novia era pa marcá tarjeta o para hacer cebo. Cebosa llamaban a la muchacha que compartía con varios muchachos, a la que llamaban también cuca caliente, brincona, rochelera, bicha, singona, zorra, que sale pa’lante. Hoy les dicen diabla, loquita, perra y alta loca. Cuando yo era pequeño las murmuradoras acostumbraban a decir, en sus deletéreos comentarios, cosas como ¡jummm¡, ¿fulanita?, esa ha llevao más güevo que un sartén” o “más palo que una caja’e fósforo”; “¿Esa?, ¡esa es más puta que las gallinas”, “le gusta la fiesta del árbol”, “se la llevaron a comé golfeaos pa’l Junquito”, “¡a esa la han tocao más que el dumbi-dumbi” (en referencia a la popular canción “Ingenua” cantada por Mirtha Pérez y Los Naipes).

Los novios se daban, cándidamente, piquitos o besos de cachetico. Pero cuando tenían oportunidad se daban besos de lengua o jamones, latazos o conectes. Un beso en el cuello es un chupón; y otro beso, en la parte más escondida del cuerpo, es un beso negro. La penetración anal es darle la vuelta al peón y ¡horror! una felatio era irse de mamerto, bajar al pozo, dar una mamada o un mamón de pepa. Las prostitutas del Caricari, burdel situado en la Laguna de Catia, se asomaban por las ventanitas, siseaban a los hombres y les decían : “¡Psss, psss, paaapiiii, ven pa’cete la maldá pelúa, pa date los tres platos, vamoa hacé el perrito, el 69; ven pa que me pongas en cuatro, ponme en cuatro patas!”. A una mujer atractiva en la cama se le llamaba un buen polvo y, luego, buena cama; se decía que tenía cangrejera.

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MASTURBACIÓN: UN CRIMEN CULPOSO

Todos los hombres sexagenarios, como yo, saben lo que es padecer el calvario de la persecución para que no practicáramos “el nefando crimen de la masturbación”, según los hipócritas curas. Nos llamaban pajizos, pajúos; que nos hacíamos la manuela o la manuelita saliveira; que volábamos papagallos, tocábamos furruco o rayábamos yuca. ¡Dios santo, pero qué acoso! Cuando estábamos en el baño  enseguida salía un adulto y decía: “¿Qué, te la estabas haciendo?. A los pobres muchachos con el típico acné juvenil los llamaban pajizos y una expresión de vergüenza recorría sus rostros. “¡Quien tenga la mano pelúa es que se la hace!, decía un provocador; al instante, uno o varios de los aludidos se miraba las manos rápidamente, lo que los delataba y provocaba la risa del resto. Pero también decían que el que no acababa podía sufrir los terribles dolores de la cojonera. Pese a tanta prohibición todos disfrutamos de esa etapa que, creo, recordamos precisamente por las orgías imaginarias o los cogeculos en las que las mujeres más atractivas o sexis, o que estaban como me la recomendó el doctol o como pa chupase los deos, se nos regalaban y nosotros las hacíamos enteramente felices. Con lo que comprobamos que no era ninguna paja sino pura realidad.

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LA ABSTINENCIA Y LO QUE DEJABA DE SUCEDER EN VERANO

El que se abstiene sexualmente padece de un verano o un largo y ardiente verano (nombre de una serie de TV). También es que está quesúo, birriondo, veraneao o ruin. La abstinencia prolongada causa un fuerte dolor en los testículos al que llaman cojonera. En el caso de las mujeres, además de la doble jornada impuesta por la división sexual del trabajo, deben ser buena cama, tener cangrejera (esa capacidad de contraer las paredes vaginales). Pero si es una abstinente, además de estar veraneaa, es que está maluca, hechando humo, más caliente que tapa e mondongo o que está farta de… Hubo un tiempo en que cuando alguna mujer tenía una crisis nerviosa y era joven, soltera y virgen, la gente, en general, y los médicos, en particular, recomendaban para superar el problema que la muchacha se casara y santo remedio; incluso alguno que otro allegado recomendaba inyecciones de penecilina.

Bueno, lector, te lo voy diciendo de una: mosca, que nos vemos en la próxima crónica, pa que sigamos con la cotorra. ¿Vites?

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