ÉPALE276-RAJATABLA

REABRIÓ SUS PUERTAS UN LOCAL INSCRITO EN LA MEMORIA RUMBERA DE CARACAS. PARA LOS MÁS CHAMOS FUE UN EVENTO MÁS; PARA LOS MAYORES LA OPORTUNIDAD DE REVIVIR, CON MÁS PENA QUE GLORIA, ANTIGUAS AVENTURAS

POR MARLON ZAMBRANO @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

Si su puñetazo pasó apenas a centímetros de mi rostro, no fue asunto solo de desatino: estaba tan borracho como yo, pero a mí me acompañaba un espíritu que me protege, según me han dicho algunos facultos, desde varias vidas pasadas.

Era el Café Rajatabla renacido. Quizás, las 12 de la noche del sábado 5 de mayo. El cocuy adulterado del centro de la ciudad me había hundido en ese humus pantanoso que nos convierte a todos en seres invencibles, y el tipo no se quería dejar tropezar en medio de la olla, adonde uno asiste a la descarga justo para golpear y ser golpeado.

Le llaman “pogo” y dicen que lo inventó Sid Vicious, bajista de la banda punk Sex Pistols, a manera de combustible para la liberación y, cómo no, para uno echárselas de rebelde.

Al DJ Gwiro se le ocurrió pinchar “Killing in the Name” de Rage Against the Machine, y el halo épico de la nostalgia nos hizo olvidar que la última vez que “pogueamos” fue hace como 20 años, cuando aún funcionaban como un reloj los reflejos y nos permitíamos desgarrar el celofán de la bohemia a trompada limpia, porque estábamos en el Café Rajatabla, donde todo estaba permitido.

Todos, a coro: “Reabrimoooooos”

Todos, a coro: “Reabrimoooooos”

TE LO JURO POR STAYFREE

Me lancé, con la fuerza centrífuga de un cuerpo inercial, arrojando patadas y manotazos como en mis mejores tiempos, en el antiquísimo siglo XX, cuando uno se divertía golpeando el aire y provocando terrorismo entre la multitud, sin tomar en cuenta algunos factores de la Ley de Gravitación Universal, por ejemplo: que todo lo que sube debe bajar y que dos cuerpos se atraen con una fuerza directamente proporcional al cuadrado de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa. ¡Básico!

Lo que no quiso entender mi contrincante ocasional, un conspicuo representante de la generación millennials de barba rala y aspecto hipster, es que el pogo tiene ese encanto pernicioso de las tradiciones caraqueñas: una violencia infundada y cortés, que hace que uno, al final, se enamore furiosamente de esta ciudad salvaje.

Stayfree fue precisa y divina aquella noche. En una especie de segundo debut bajo las marquesinas de ese patio de tolerancia, y tras regresar literalmente del subsuelo para presentarse como un remedo de gata lasciva, hizo una descripción punzante: “Caracas pareciera que se estanca, pero no, es un hervidero. Lo mismo le pasó a su servidora, que es una combinación de Madonna con Celia Cruz pero nacida en Puerto Ayacucho. Y, como siempre, les digo: ‘Me encanta el arroz con pollo porque soy un rolo de marico, porque si comiera pato sería caníbal’”.

Contó, para una audiencia variopinta que se formó en colita minutos antes de las 8 de la noche y esperó pacientemente la apertura del portón principal, que daba a una especie de corredor hedonista, que sus inicios fueron justamente allí, en el año 1992, cuando con 15 años representó a Madonna en el marco de un memorable festival de teatro que trajo a Venezuela, por entonces, a la banda musical Mano Negra y a la compañía teatral Royal de Luxe con su impresionante obra callejera de muñecos gigantes.

Otro espacio para el baile y la descarga

Otro espacio para el baile y la descarga

ESCAMAS Y LENTEJUELAS

La reinauguración se anunció y se pospuso. A algunos les causó escozor.

El día definitivo de apertura —miércoles 2 de mayo— se celebró, a puerta cerrada, con Colina, Evio di Marzo y las máximas autoridades del Ministerio de la Cultura y la alcaldía del municipio Libertador, lo que levantó ronchas, pues se esperaba acceso público y masivo.

Voces indignadas divulgaron algunas alarmas que nos pusieron a dudar: que si el local devendría en reducto excluyente, que si lo utilizarían solo para bochinches oficiales, que si estaría destinado solo a élites vinculadas al poder.

Al día siguiente se diluyó esa efímera leyenda. Biella Da Costa hizo un toque radiante, como en los viejos tiempos, cuando el blues y el jazz tenían pegada en el centro de la ciudad. El viernes hizo lo propio el Sexteto Juventud con su salsa cabilla caraqueña, su sabor a barrio festivo y añoso y su legión de bailadores acostumbrados a peregrinar en pos de la guataca entre La Asunción y El Maní es Así, por los alrededores de Sabana Grande. El sábado le tocó a Troy Purroy y su banda, que sonó deliciosamente guapachoso y puso a bailar a la farándula chavista y a los otros panas: editores, fotógrafos, músicos, exministros, funcionarios, grafiteros, feministas, poetas, columnistas, teatreros, noviecitos y escapados entrenando en las andanzas de los ejércitos de la noche.

BIOGRAFÍA INSIGNIFICANTE

“Sin códigos ni contraseñas ni condiciones la jungla caraqueña era recibida en el Café Rajatabla, un local que no se reservaba el derecho de admisión”, describió en una emotiva crónica Milagro Amarista. Recordaba que el Café nació como un carrito parado frente a la antigua quinta del Ateneo de Caracas, hasta que los trabajos de construcción del Teatro Rajatabla transformaron la fisonomía del entorno y, por supuesto, la lógica de ese espacio que, por 30 años, fue un foco atrevido de la movida cultural caraqueña con todos sus acentos y excesos.

Desapareció, definitivamente, cuando los jíbaros se tornaron peligrosos en sus luchas por el control de la plaza, y en medio de los cambios estructurales que dieron paso a la Universidad Nacional Experimental de las Artes (Unearte) en el antiguo edificio del Ateneo, desde el jueves 7 de mayo de 2009.

Regresó, ojalá, para quedarse. Durante su apogeo, además de los punkis chocones y los teatreros de la urbe hipermoderna, fue célebre el recordado Pedro Pineda, quien como encargado no comía cuentos para oficializar el fin de la jornada con unos machetazos contra el piso, como un guachimán delirante.

Más de una vez nos metió miedo y hasta salimos huyendo de aquel edén enclavado en el trópico agreste de la Caracas previa al año 2000, buscando otras trincheras de la escena roquera que, para entonces, ya había cosechado a un mártir (Cayayo Troconis) y se disponía a morir de muerte natural luego de haberse llenado de glorias, entre la pérdida de espacios y de contenidos.

Si hubiera estado el sábado pasado en el café —me da vergüenza admitirlo, pero a la vez alienta mis esfuerzos autobiográficos de pasar a la historia mínima— me habrían sacado —y con razón— a patadas.

Infaltable: la colita para pagar

Infaltable: la colita para pagar

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