ÉPALE311-RAFAEL CARLDERA

EN LA DÉCADA DEL 90, APERCIBIDOS YA DE LO QUE ERA UN “SACUDÓN”, EL PAÍS ESTÁ LISTO PARA CAMBIAR DE SIGNO POLÍTICO. EL TENUE MÉRITO DEL EXPRESIDENTE CONSISTIÓ ENTONCES EN DEJARSE VER CON UNA HOJA DE SERVICIOS MORALMENTE INTACTA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Aquel septuagenario sigiloso (pero no silencioso), que pidió el derecho de palabra el 4 de febrero de 1992 en el moribundo Congreso, era un hombre acostumbrado a renacer y a levantarse después de caídas y decadencias. Su ya para entonces larga trayectoria como político se había encargado de reafirmar sentencias y dichos populares, y de despedazar otros: era un lugar común que se permitía el lujo de jugar a la audacia y a las jugadas extrañas, atípicas o tal vez un poco incongruentes.

¿Incongruentes? Por ejemplo, había metido en el carril a comunistas y a gente que muchos creían comunistas. “Meter en el carril” significa hacer entrar en la legalidad burguesa a alguien que no quiere o parece no querer estar allí, y eso fue exactamente lo que pactó con los jefes de la lucha armada de la década sangrienta, la de la represión adeca, finalizando los 60 y entrados ya los 70. De aquel socialcristiano cuyo verbo correctísimo y ladilla olía a alcanfor, tanto como su ladilla y correctísimo peinado con vaselina, se podía esperar cualquier gesto, pero no eso de establecer relaciones diplomáticas con la URSS y aquel insólito acercamiento con la Cuba de Fidel. La jugada fue muy inteligente o quizá la gente no estaba tan bien informada acerca de qué significa eso de hacer política, pero lo cierto es que a causa de esos movimientos se ganó un sólido prestigio de tipo plural y abierto a todas las corrientes, cuando en realidad se trataba de una estrategia de sobrevivencia en un mundo real que atender.

Debido a su formación, relaciones y amistades tenía un carapacho anticomunista que defender, pero al sacar cuentas y percatarse de que no tenía mayoría parlamentaria le tocó bajarle dos a la crueldad. Si algo había desprestigiado a los gobiernos adecos de los años 60 fue la masacre diabólica de todo lo que fuera o pareciera rojo, así que no iba a venir el socialcristiano a comportarse también como el diablo. Si Leoni torturó, asesinó y desapareció comunistas, Caldera llegó al poder haciendo alarde de una bondad o conmiseración que en realidad era adaptación a otro estilo de hacer las cosas, un estilo que fue puliendo con los años y que se resumía en el delicado arte de “rayar” al adversario antiguo, actual o potencial. ¿Cómo? Pues cayéndole a besos en público. Leoni creyó liquidar a los movimientos revolucionarios a plomo y con saña criminal, pero fue Caldera quien les hizo más daño, sacando de la cárcel a unos, estrechándoles la mano a otros, otorgando prebendas a algunos más. En la cúspide de su táctica escogió a algunos semiíconos de la antipolítica para hacerlos ministros: Teodoro Petkoff y Arias Cárdenas cayeron en esa dulce máquina de “des-rebeldizar” rebeldes.

EL HOMBRE-ÉPOCA

Que sí, que José Bernardo Gómez acertó en su vaticinio de 1996: Rafael Caldera murió en 1997. Y aunque a mucha gente le suene a farsa retórica eso de los símbolos y la vaina con vaina del lenguaje astrológico, y también el de la sicología de masas, hay que decirlo: lo que Rafael Caldera simbolizaba (que no era poca cosa: una época marcada por el influjo de la Generación del 28, la dualidad socialdemocracia-conservadurismo socialcristiano, el puntofijismo y su lubricante: la democracia representativa) murió o empezó a morir apenas Chávez decidió tomar el poder por una vía distinta a la lucha armada.

En los años 90, eso que llamamos “la época” no estaba ya personificada en el dos veces presidente Carlos Andrés Pérez (esta figura quedó hecha pedazos en 1992), sino en su siamés histórico: muerto políticamente el hermano de al lado, Rafael Caldera era el hombre-época. Quedaban otros expresidentes con vida, pero esos no contaban: ni el Lusinchi de las borracheras ni el Luis Herrera de los refranes ni el Ramón J. de la gris nulidad. La democracia moribunda era Rafael Caldera. Había un pueblo pendiente de inaugurar algo nuevo, pero como ese algo no aparecía ni había sido formulado ni propuesto, en las elecciones de 1994 votaron sin entusiasmo, pero asomando una tendencia en etapa de gestación, por Caldera y Andrés Velásquez.

LO QUE CALDERA SIMBOLIZABA (QUE NO ERA POCA COSA: UNA ÉPOCA MARCADA POR EL INFLUJO DE LA GENERACIÓN DEL 28, LA DUALIDAD SOCIALDEMOCRACIA-CONSERVADURISMO SOCIALCRISTIANO, PUNTOFIJISMO Y DEMOCRACIA REPRESENTATIVA) MURIÓ O EMPEZÓ A MORIR APENAS CHÁVEZ DECIDIÓ TOMAR EL PODER POR UNA VÍA DISTINTA A LA LUCHA ARMADA

La traducción de este fenómeno es preciso garrapatearla lento y con varios espejos retrovisores: la gente salió a votar por el candidato de La Causa R y por el anciano generoso que se había atrevido a hablar bien de los alzados del 4F. Es verdad que el anciano líder permanecía más o menos intacto en un renglón que a los venezolanos de todos los tiempos nos ha dolido e indignado: se le podía acusar de cualquier cosa pero nadie lo identificaba con el flagelo de la corrupción. Una pinta magistral estuvo llevando sol durante varios años en el largo oleoducto que baja paralelo a la troncal que comunica Barcelona con Anaco, Cantaura y El Tigre. Alguien escribió varias veces en esa tubería, seguramente en el año 1994: “La mentira tumba el pelo y Caldera no está calvo”.

Pero hay que insistir: Venezuela salió a votar por Caldera, pero no exactamente por lo que representaba ese señor. No por el Rafael Caldera cultísimo y doctor en varias universidades extranjeras, no por el catedrático y experto en la obra de Andrés Bello, no por ese venezolano dizque universal, que hablaba varios idiomas (cosa que impresionaba mucho a la gente del común, todavía en esa época); el pueblo no salió a votar por el refinado y casi aristocrático personaje a quien los presidentes, los monarcas, los israelíes y el mismísimo Papa le jalaban bolas y se maravillaban de su destreza a la hora de utilizar los diez, 14 o 24 cubiertos que se usan en los banquetes, sin equivocarse (presidente que por ignorancia corta el pescado con el cuchillo de picar pollo es execrado de las altísimas esferas de la sociedad, en serio). No. En 1994 Venezuela salió a votar “distinto”, y lo que encontró medio distinto fue ese guayanés con cara de indio que venía de ganar la alcaldía de Caracas (con Aristóbulo). Pero había un cordón umbilical que nos impedía deslastrarnos, a lo macho, del pasado, y ese cordón umbilical era el hombre-época: este viejito está que se muere, pero mira tú qué audacia le queda: habló bien de Chávez cuando otros viejos, como el Morales Bello, proponía su muerte el mismo día y en el mismo escenario.

Y el chiripero (en el que no faltaron partidos de izquierda y derecha, y —gran verga si se arrecha— otra vez el Partido Comunista de Venezuela si uno recuerda estas cosas) llega al poder.

Ganadas las elecciones en desabrida competencia (tan desabrida que todavía alguna gente juega con la fantasía de que la ganó Andrés Velásquez y que este vendió la victoria) le toca al experto equilibrista jugar con el estadio y los árbitros en contra, y entonces realiza la hazaña de ponerse a gobernar sin entrar en abierto conflicto con nadie, o casi nadie. Pone de vocero de su estúpido gobierno a un Petkoff que, al menos, exhibía potencia física al declarar. Enérgico, Teodoro decía o gritaba cosas ingeniosas mientras su jefe se dedicaba a languidecer a la sombra. La gente decía: “Caldera es tan arrecho que mueve sus piezas sin dejarse ver”. Pero la realidad era demasiado evidente: no era que Caldera evitaba aparecer en público porque estuviera ocupado gobernando, sino que muy probablemente estuviera durmiendo.

En 1997 anochecía en la vida del veterano político, anochecía el siglo XX y anochecía la Cuarta República. Venezuela no se apagó en la oscuridad de Caldera porque en el horizonte relampagueaba Hugo Chávez.

ÉPALE 311

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