“Cambalache” (Y II)

Por Humberto Márquez / Ilustración Julietnys Rodríguez

El tango “Cambalache” rompe con la línea que hemos venido observando, donde la ciudad de Buenos Aires era la gran protagonista con sus suburbios. Esta vez no hay callecitas ni barrios porque su escenario es el mundo. Discepólo se convierte, como diría Dante Linyera, en el filósofo del tango. “Cambalache” es la profecía de adónde iba a parar la humanidad. O, como diría otro, es la crónica de la enfermedad del ser humano. Me llega una ráfaga de una historia de su biógrafo Sergio Pujol, de cuando muere su padre: puso un trapo de luto a un mapamundi, una imagen muy adecuada en estos tiempos de pandemia. Siglo veinte, cambalache / problemático y febril! El que no llora, no mama, y el que no afana es un gil / ¡Dale nomás! ¡Dale que va! ¡Que allá en el horno / nos vamo a encontrar! O cómo decía el poeta Leónidas Lamborghini, compositor del himno nacional argentino, para él “Cambalache” es el verdadero himno nacional de los argentinos.

“Cambalache” encierra en su seno aquel dicho popular: “El que no llora no mama”, que ha trascendido las fronteras argentinas. “En torno a la figura de Discépolo —afirma Pujol — se despliega un sinnúmero de pequeñas grandes historias: los sueños revolucionarios de comienzos de siglo, los mundos mágicos del teatro; el cine y la radio en una época convulsionada; la noche porteña, poblada de bohemios y suicidas; los miedos y las expectativas de una sociedad compleja, por momentos violenta, inmortalizada en las letras y las melodías de Yira,  yira y Cambalache’”.

Escuchemos la versión de Julio Sosa en el segundo capítulo de la segunda temporada de la serie Narcos, producto original de Netflix que relata la vida de Pablo Escobar; “Cambalache” suena tanto en la primera como en la última escena del episodio. En la primera, Escobar la canta mientras se da una ducha; en la última, la baila con su mujer, Tata, mientras sus hombres asesinan a decenas de policías que hacían guardia en la ciudad.

ÉPALE 380