ÉPALE276-CHICHARRA

POR CÉSAR VÁZQUEZ / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Hace varios días, saliendo del trabajo, me encontré con el ruido ensordecedor de las chicharras. Es mayo. Para algunas personas el cielo está cargado como una mata de mangos, atrás quedaría el verano, lo que tiene que florecer florece por estos días. Hace algunos años se decía que por mayo entra el invierno y viene anunciado con el canto de las chicharras, que afina para cerrar la temporada veraniega. Este canto ha sido leitmotiv de poetas, músicos y otras sensibilidades en todas las latitudes. En la voz de Mercedes Sosa, interpretando la letra de María Elena Walsh, conocimos a las chicharras como cigarras. Estos fascinantes insectos pueden pasar 17 años bajo tierra para salir finalmente a cantar.

Cantando al sol como la cigarra, dice la negra Sosa. Ese cautiverio con que cuenta dentro de su ciclo de vida la ha llevado hasta el imaginario popular, abrigándola con centenares de mitos. Cerca de la plaza, Milagros recordó un episodio macabro en el patio de la casa de su tía; su relato empieza cuando uno de sus primos, con tan solo 4 años, tuvo que llevar con naturalidad y valentía frente a sus otros primos la amenaza de su mamá de meterle una chicharra viva en la boca si no aprendía a hablar bien o, mejor dicho, “como un hombre”. Ese mismo día su tía, con voz de advertencia, le dijo a Milagros que si ella no aprendía a hablar bien también le salía chicharra. El terror de las palabras encajonado en esa amenaza la terminó de achicharrar. Este verbo le trae el recuerdo de la niña que fue y que no pudo dormir. El canto de las chicharras de todas esas noches era el sonido de su peor pesadilla, despojado de gracia “ese bicho”, dice. Según su madre representaba la vaca sagrada de los insectos, era de mal agüero matarlo; sin embargo, solo se podía sacrificar dentro de las bocas de los infantes con fines terapéuticos. Sus ojos grandes, sobresalientes y acuosos como los de las moscas, y su capa de malla cubriendo el cuerpo regordete y tornasoleado vibrando dentro de la boca era el santo remedio para tartamudos y “lenguas mochas” a las que, como la suya, se le pegaban las erres. Mientras las chicharras (o los chicharros, apelando al lenguaje de género) van formando parte de una banda sonora llena de heroicidad —por aquello de que las chicharras mueren cantando—, termina Milagros, desde su espíritu sublimado en la poesía de aquel mito: “Hay unas que se sacrificarán hasta el silencio o esperarán bajo tierra para que nosotros hablemos claro”.

ÉPALE 276

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