Carabobo: Esa batalla entre panas del alma

Poco antes de la Batalla de Carabobo Bolívar se reunió con los generales españoles, contra quienes habría de librar la conflagración decisiva para la independencia de Venezuela (Morillo y De La Torre). Eran enemigos, por esas cosas de la guerra, pero personalmente se tenían afecto. Sus palabras vayan adelante

Por José Roberto Duque@DuqueJRoberto / Ilustración Daniel Pérez

La más celebrada de las batallas libradas por Bolívar en Venezuela es la segunda de Carabobo (24 de junio de 1821). En esa confrontación murieron tantos patriotas y españoles ilustres, que casi no es posible mirar a sus participantes sino como enemigos encarnizados, mortales. La guerra es un asunto entre gente que se odia o que tiene buenas razones para odiarse. Dice uno, que nunca ha matado a nadie. Pero, al parecer, los señores de la muerte y la destrucción son capaces de ver eso desde una perspectiva no tan elemental o fácil de deducir.

Antes de asomarnos a ver qué teníamos en Venezuela por esos días —digamos, entre febrero y abril de 1821—, es preciso recordar los intríngulis de la reunión de Santa Ana de Trujillo, aquélla donde se firmó el famoso Tratado de Regularización de la Guerra, en noviembre de 1820. Cualquiera diría que aquello fue una ceremonia solemne entre caballeros, de esos que parece que estuvieran vestidos con cartón y no son capaces de doblarse porque, al parecer, alguien los atravesó con una cabilla que les impide relajar los modales. Pues no: ese encuentro, en el que por fin se encontraron los señores que habían desplegado sus maquinarias de destrucción por todo el país, fue un banquete y fiesta de mil madres, una pea cerril, como las mejores o peores que recordemos, dependiendo del calibre de las vomitaciones y la resaca. Borrachos, cantando y bailando de forma loca, así terminó la madrugada: abrazos pa’llá y pa’cá, y deme un abrazo, mi hermano, que yo lo quiero mucho.

Bolívar durmió la curda y, al disiparse el vapor etílico, no quedaba ratón moral en el ambiente: el encuentro culminó con declaraciones de fraterna amistad y un sincero respeto. Su misión como generales era la destrucción del otro bando, pero allá, en Trujillo, quedó registrado y consagrado el misterioso espíritu que mueve a la política mundial: usted y yo podemos ser amigos, pero mi misión es destruir a su bando y a usted mismo cuando la guerra nos cruce en el camino. El Libertador se despidió de sus nuevos panas y comenzó una fase previa a Carabobo, que no es tan conocida.

Hambre y jueguito sicológico

El Libertador sale con su ejército buscando el páramo; uno de los acuerdos incluía la promesa de no confrontar o cruzarse en el camino a las tropas comandadas directamente por los generales, mientras se rearmaba el ajedrez territorial. Se internan los patriotas en ese territorio duro de los fríos ventarrones y la densa neblina, y Bolívar se extravía en la ruta. Comienza el padecimiento extremo de las tropas, faltan el agua y los alimentos y el Hombre de las Dificultades se ve en la necesidad de hablarle de ellas a alguien, a algún aliado.

El “aliado”, de quien depende el suministro de dinero e insumos del Ejército libertador, es un coñito ladino instalado por allá en Bogotá, un tal Santander. A él le manda Bolívar una carta pidiéndole la plata que le debe desde hace meses (nada que le llegan los sueldos). Es abril de 1821; la desesperación alcanza altísimos picos entre aquellos guerreros, literalmente, emparamados (perdidos en el páramo) y Bolívar decide enviar otra carta de auxilio. Destinatario escogido para hablarle de sus penurias: Miguel de la Torre, su enemigo, es decir, su amigo. Ese carajo con quien se cayó a palos y a quien tiene la obligación de matar si se lo tropieza en la vía.

No es una, son varias cartas en las que Bolívar le va explicando, cada dos días, cómo van las cosas: estamos destruidos, no tenemos qué comer, necesitamos bajar a Barinas a surtirnos de proteínas y agarrar un calorcito para el cuerpo. Pero sé que tú andas por ahí, Miguel: “Permítame usted, querido general, hacerle presente estas desagradables circunstancias para que acelere su marcha sobre Barinas y tomemos medidas capaces de evitar los males que pueda producir una situación desesperada de nuestra parte…”. Cinco días después continúa Bolívar contándole a su rival los detalles de su penuria: los ganaderos y comerciantes de Apure y Barinas se niegan a proporcionar más víveres al Ejército, con lo que la escasez de comida amenaza con diezmarlos más que la propia guerra. Así se lo cuenta el Libertador a su fraterno enemigo: “Aquellos señores han puesto el colmo a mi aflicción con respecto a las miserias del Ejército (…) y como la necesidad es la ley primitiva y la más inexorable, tengo el sentimiento de someterme a ella. Entre el éxito dudoso de una campaña y el sacrificio cierto de nuestro ejército por la peste y el hambre, no se puede vacilar. Es, pues, mi deber hacer la paz, o combatir…”.

De pronto, el general hambriento al frente de un ejército de hambrientos que están desertando en masa o muriendo de inanición, de frío o de ambas pestes se da cuenta de que los españoles, en realidad, han roto las condiciones del Tratado y empieza a poner condiciones: entrega de territorios por parte de los españoles. Como era de esperarse, De la Torre se negó a cumplir estas exigencias; dijo que él era muy jefe y tal, pero que había jefes por encima de él que tomaban otras decisiones. Eso significaba que llegaba el momento de romper todo armisticio y resolver la situación de la República a plomo y cuchillo. Bolívar le responde en estos términos al español (20 de abril de 1821): “Tengo la mayor repugnancia en combatir contra mis nuevos amigos, y estoy pronto a hacer nuevos sacrificios por no llamarme enemigo del general La Torre. Pero también es necesario que Uds. los hagan mayores para que nuestra ruina no sea completa. Yo probaré a Ud. que si no tomamos mejores posiciones vamos a perecer de peste y miseria; y además mostraré a Ud. documentos los más convincentes de la necesidad que tenemos de romper las hostilidades”.

Y después:

“Siento tan vivamente como Ud la sangre que vamos a derramar (…) si usted refiere a la suerte de la guerra la de estas provincias, por falta de poderes para resolver las diferencias, no me queda otra elección entre combatir o perecer (…). Pero Ud. debe estar cierto que los sentimientos de estimación y afecto que Ud. me ha inspirado tendrán siempre en mi corazón un lugar muy eminente”.

Los señores de la guerra se enfrentaron en Carabobo dos meses después de esa enviada y recibida carta. Lo demás nos lo han venido contando en la escuela, el liceo, la universidad y los medios de información con algunas precisiones e inexactitudes.

ÉPALE 377