ÉPALE269-LA VIDA ES JUEGO

POR GERARDO BLANCO • @GERARDOBLANCO65 / ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

Ser ciclista en Caracas es una de las peripecias más recomendables para cambiar la visión que desde el confort del auto se tiene de la ciudad. Hace poco decidí que estaba harto de ir y venir a mi trabajo en la Wagon R+. Para los que llegan tarde a los devaneos de la industria automotriz sepan que estamos hablando de modelo de carro experimental, fruto de una cruza entre un motor Suzuki japonés y carrocería gringa de Chevrolet. Se trata, en suma, de un coche inusual, odiado por todos los mecánicos de la vieja guardia de los talleres gallegos que viven al margen de la pugna anual entre Cristiano Ronaldo y Leo Messi por el Balón de Oro, y siguen aferrados a sus afiches con las glorias marchitas del Deportivo La Coruña y el Celta de Vigo. Para ellos la Wagon R+ es un misterio tan insondable como el de la Santísima Trinidad. Ningún mecánico sabe si es un carro o son dos a la vez. Por eso, rechazan repararlo, porque además, y esto es la tercera parte del misterio divino de este auto, solo la industria genérica de autopartes coreanas sigue produciendo piezas de cambio para mi vetusta camioneta.

Así, pues, un lunes bien temprano desempolvé mi bicicleta y me lancé a la aventura de ser un ciclista en la selva del asfalto caraqueño para recorrer, a punta de pedal, los 13 kilómetros exactos que distancian San Bernardino del Grupo Últimas Noticias en La Urbina. El primer descubrimiento es que la ciclovía que une Bellas Artes con Plaza Venezuela más que un carril para los pedalistas es durante la semana una vía peatonal, por la que pasean noviecitos apurruñados, adultos mayores de paso cansino y madres solitarias que pasean puntualmente a sus niños en cochecitos.

Pero la ciclovía es una mantequilla. De vez en cuando hay que ir vociferando para apartar a los viandantes. Jodido es pedalear desde El Rosal hasta La Urbina por las congestionadas avenidas Francisco de Miranda y Rómulo Gallegos. Tanto fitness de Primero Justicia, pero ni a Leopoldo López, ni a Ramón Muchacho, ni a Carlos Ocariz y mucho menos a Henrique Capriles se les ocurrió construir un solo kilómetro de ciclovía para los ciudadanos de Chacao y Sucre. Tienes que tragar humo parejo de las destartaladas camioneticas que te cornetean para azuzarte, estar pilas para que un conductor desprevenido no te desparrame en el asfalto y sortear las trampas criminales de alcantarillas sin tapas en la calzada. Lo peor es que cuando llegas vivo al trabajo, te miran como un bicho raro que dejó la comodidad del auto para andar a pedal y bomba, como si Caracas fuera Amsterdam o Frankfurt. Pero a pesar de todo, la bicicleta te reconcilia con la ciudad. Con cada pedaleo disfrutas de sus sonidos, del ritmo de la gente, de la diversidad arquitectónica y de los pensamientos que lenta y silenciosamente te van acompañando para transformar Caracas en una ciudad más amable, más sensible con los que andan presurosos de un lado a otro o sudando la gota gorda en dos ruedas.

ÉPALE 269

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