ÉPALE312-CARACAS

LA FECHA 23 DE ENERO OFRECÍA CONMOCIÓN. LAS MARCHAS ANUNCIADAS PARECÍAN UN PRELUDIO DEL FIN DE LOS TIEMPOS. FALSIMEDIA (REDES SOCIALES, CADENAS INTERNACIONALES, MEDIOS PRIVADOS) ABONARON EL TERRENO DE LA ANGUSTIA Y, POCO A POCO, SE POSICIONÓ EL DISCURSO DEL DESENLACE CATASTRÓFICO CON IMÁGENES CONCLUYENTES, GENTE ATERRADA, AFIRMACIONES GUERRERISTAS Y EL DESENLACE, INDETENIBLE, DE QUE CAERÍA LA CIUDAD. PUES NO CAYÓ

POR MARLON ZAMBRANO @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

22 DE ENERO, 6:00 AM: DIÁLOGO POR WHATSAPP

—Pana, ¿cómo ves la vaina?

—¿Cuál vaina?

—Coño, el país, la situación.

ÉPALE312-CARACAS 3—Ah, esa vaina.

—¿Es verdad lo que dicen los medios?

—¿Cuáles medios?

—La televisión, la prensa, internet. ¿Es verdad que se están matando?

—Sí y no, no sé. A lo mejor.

—Bonita respuesta de un periodista.

—Pero ni que fuera Dios, no soy omnímodo.

—Pero debes estar informado.

—¿Según quién? Si me asomo por la ventana, los periquitos tienen un escándalo arrecho porque supongo que están migrando. Entonces, creo que la vaina está arrecha para ellos, que deben aletear duro hasta Costa Rica, o algo así.

—¡No joda!

—Jajajá. Aquí en la cuadra la cosa está chévere. Hoy llegó el agua, tomé café de verdad, el desayuno fue opíparo, los niños comieron arepa de maíz molido y nos espera la calle. En un rato te digo cómo está la vaina, si te refieres específicamente a esa vaina.

ÉPALE312-CARACAS 2Me la estaba dando de guapo, pero minutos antes había leído, por otro grupo de WhatsApp, que habían tomado La Hoyada, mi próximo destino. Si hay manifestaciones por allí pensé, tendré jaleo del serio para llegar a la redacción. Tomé la peor decisión: me pegué al Twitter para estar “informado”, y se me acalambró el cuerpo. Para mi consuelo no penaba solo. En el autobús, donde el chofer nos cobró 100 bolos más que la tarifa del día anterior, se respiraba un aire opresivo, como de final de los tiempos. Un tipo respondía a voz batiente, a través de su celular, en tono de agente de fuerzas de contrainteligencia: “Copiado, ¿en serio?, dame un chance de 45 minutos, apenas vamos saliendo de Guatire. Pero si no nos podemos ver donde acordamos, espérame donde tú sabes. Cambio y fuera”.

Tragué grueso. Esas son las conversaciones que te hunden en la impaciencia pero que no quieres evitar. Con el corazón brincando y los ojos desbordados para no perder detalle, arribamos a La Hoyada que, efectivamente estaba invadida, pero de un olor a mierda muy típico de todos los días en los alrededores de la plaza y el terminal, y un pelo hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados. Los buhoneros, a eso de las
8:15 am, comenzaban a extender su reinado a las afueras del Metro; el mercado de los peruanos abría sus puertas con el habitual compadrazgo mestizo con el que recibe a todas las nacionalidades; los muchachos que venden zapatos entre los pasillos —por lo general, unos negros fornidos que habitan en San Martín— se concentraban en círculos herméticos para chalequear un rato, antes de arrancar la chamba; y una extensa paz gobernaba en el centro de Caracas, donde había la mitad de la gente de un martes laborable normal.

ÉPALE312-CARACAS 5 ÉPALE312-CARACAS 8

SOPÓRTALA MENOR

ÉPALE312-CARACAS 7 “No volverán”, cantada por los de Lloviznando Cantos, tronaba desde el interior del histórico edificio del Concejo Municipal, diagonal a la Esquina Caliente, frente a la Plaza Bolívar, sospechosamente vacía a eso de las 9 de la mañana. Algunos niños brincaban por sobre las palomas enloquecidas, que no podían evitar salir en estampida mientras los funcionarios retrasados apresuraban el paso hacia sus despachos en las sedes ministeriales que pueblan el Centro.

Me cachetean las imágenes apocalípticas de la ciudad en llamas cuando al mismo tiempo, y en un movimiento casi suicida, decido abrir en Twitter, Facebook e Instagram algunos portales de noticias y ojeo de ladito el WhatsApp. Casi una descarga salvaje me postra sobre el escritorio desde donde instalo mi sala de operaciones y me dispongo a enterarme de “la verdad”.

“Anoche quemaron la casa de Robert Serra, no quedó nadita y La Pastora está que arde”, me entero. Salimos con estupor y casi derrotados a echar la ojeada, latigueados por la certeza de que las fachadas solariegas que sobrevivían de la Caracas de los techos rojos exhibirían chamuscados sus restos ennegrecidos de hollín, ante la mirada impávida de los sobrevivientes. Nos recibe una camarilla de niñas hermosas trajeadas con franelas multicolores, estampadas con el rostro de Serra, en la entrada de la hermosa edificación que se vio afectada por un intento criminal que, por suerte, solo afectó parcialmente la instalación que sirve como centro cultural. Los muchachos de los colectivos motorizados se hacen selfies en la entrada y nos atrevemos a preguntarle al jefe qué opina de esta arremetida fascista… silencio absoluto. Me mira de arriba a abajo a través de sus lentes oscuros y casco de Robocop. “Tranquilo, soy prensa oficial”. Silencio. “Si quieres te muestro el carnet”. Silencio y, de paso, se me olvidó el carnet. “Coño, qué peo”, pienso. “Ya va, estoy con un equipo del periódico”. Silencio. No aparece ninguno. Silencio. Al final, ubico al fotógrafo que se acerca apático a mostrar el carnet. Silencio. Ausculta con precisión de cirujano el documento por delante y por detrás. “Listo. Aquí no está pasando nada, hermano. Esos son unos jodedores que esperaron anoche, a las 8, para alborotar por aquí y por allá y para que la gente se angustie. Pero para eso están las instituciones… y nosotros”.

“Arden las calles de Venezuela”, “Los barrios están bajando”, “No pararemos hasta que caiga el tirano”, “Chavistas maduristas, mejor que se vayan pirando hoy en sus avionetas privadas”, “Tienes una cita con la historia, tienes una cita con la libertad”, “Abajo la dictadura” son algunos de los mensajes que se van multiplicando por la gran red de redes, donde la consigna más recurrente es que la lucha es por romper la censura mediática oficial y canalizar la cólera de la gente en la calle. Bajo despacito por el bulevar Panteón para aprehender la angustia de la gente en las esquinas, y me sorprende que el mayor dilema ciudadano es el brote de gestos xenófobos contra venezolanos en Ecuador. Como mucho, una muchacha se molestó, aunque se hizo la loca cuando un colector en la avenida Baralt le cobró 50 bolívares de pasaje hasta El Paraíso, bajo la consigna que, de seguir así, logrará deponer a la Quinta República: “Se sube o se quedaaaaaaaaa”.

ÉPALE312-CARACAS 4

23 DE ENERO: DÍA D

“Quinta Crespo cayó”, notificó un desgraciado que desde temprano venía adelantando a un grupo de WhatsApp de condominio los pormenores de la conflagración, donde todos le hacían coro con una emoción sangrienta. Aproveché que estaba cerca para ir a buscar los restos chamuscados de una rueda de queso manchego y, si quedaba, cenizas de café aún humeante. Luego de atravesar la Baralt por entre mercachifles martillados por policías, funcionarios del Sebin y el FAES deambulando con sus rostros encapuchados, un motorizado medio jodedor que me gritó al pasar “¡epa, Madurooooo!” (aún no entiendo por qué) y los grupetes de chavistas y escuálidos tomando caminos hacia sus respectivas movilizaciones encontré que sí, cayó, definitivamente, bajo la fuerza centrípeta de bachaqueros y especuladores que reinan a sus anchas ante la ausencia militante del Sundde. Tres cabezas de ajo en 500 soberanos, el ocumo chino en 1.000 y la sal en 1.500 me convencieron de la fuerza demoledora, aunque silenciosa, de la inflación.

Puente Llaguno, memoria emblemática del golpe de abril de 2002, solo sonó aterrador esta vez cuando un vendedor de cigarros estremeció las calles solitarias con su voz de trueno: “El Cónsul, llévate el Cónsul”. Nadie le respondió. Aprovecho e intento averiguar cómo debe apostillar sus antecedentes penales mi hermano que está en Perú, a la espera de que lo miren feo por venezolano. Desde una taquilla abierta para la recepción de correspondencia, en la sede del Ministerio del Poder Popular para las Relaciones Exteriores en la avenida Urdaneta, una cajera, sin mirarme a los ojos, me responde: “La apostilla es al lado, pero está cerrado porque todos salieron para la marcha”.

ÉPALE312-CARACAS 6Me aburro y sigo buscando los restos de la ciudad arrasada por la revuelta popular que aspira tumbar a Maduro, pero lo único que encuentro es retraso en el Metro, un menú para almorzar en 7.000 bolívares de los nuevos y el cocuy en 3.000 que, sin embargo pago. Aprovecho y me conecto de nuevo: esa novísima expresión que anuncia truenos y marejadillas y que casi siempre apunta a la desinformación y el caos; pero por fin soy testigo de que Diosdado lleva razón cuando habla desde la Plaza O’Leary: “La verdad está en la calle”.

A las 7 de la noche, rendido en casa y orgulloso de hacer patria sin hacer nada, sufro del mismo bombardeo mediático que me tiene muerto desde hace tres días, cuando se puso en escena Cotiza y sus 15 minutos de fama. Al fondo, y con puntualidad marcial, se colea el traqueteo de una olla como cuando se bate un huevo para hacer tortilla que, de pronto, se hace enjambre y se filtra sobre los rincones de la ciudad con la promesa de que ahora sí, listo, ya está, cayó Maduro.

Me desconecto, me duermo, amanezco y, como un imbécil, me vuelvo a conectar para que me avisen nuevamente que lo que queda de la ciudad es el recuerdo.

Me asomo por el balcón desde un piso 13 del Centro, donde me prestaban asilo en los días de Armagedón, y el Waraira deslumbra primoroso con los ocres de la mañana, hasta que pasa un zamuro zigzagueando como un borracho extraviado y cruza Caracas de Este a Oeste, sin que nadie lo espante.

ÉPALE 312

Artículos Relacionados