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MÁS QUE UN RITMO, ES UNA EXPRESIÓN SOCIAL Y CULTURAL QUE NACE EN CONTEXTOS URBANOS DETERMINADOS Y ADQUIERE IDENTIDAD PROPIA. NUESTRA CIUDAD CAPITAL TAMBIÉN TIENE SU TUMBAO LATINO

POR MERCEDES SANZ •@JAZZMERCEDES

La salsa está presente en la vida del caribeño, si la entendemos como una manifestación cultural que va más allá de ritmos afrocubanos. “Afirmar que la salsa no es más que música cubana reciclada y reetiquetada por el resto de los latinos es, desde nuestra perspectiva, un grave error, no solo musical sino también cultural. Es negar la Historia y el paso del tiempo, es no reconocer la contribución de otros géneros a los movimientos de intercambio, es no saber contextualizar los procesos y es, sobre todo, negar el aporte que durante tanto tiempo han hecho músicos de distintas latitudes”, mejor no lo pudo haber expresado el antropólogo y musicólogo Alejandro Calzadilla en el libro La salsa en Venezuela (2003).

Muchos investigadores coinciden en que la salsa es un fenómeno sociocultural relacionado con la forma de vida y pensamiento de los habitantes de las zonas urbanas. En un principio, muy vinculada al barrio, en especial durante los años 70; y después, logró permearse en otros sectores y músicas.

MÚSICA 1La salsa es algo inasible, es un conglomerado de estilos que va desde lo cubano, el jazz, el R&B, el funk y más, y se adapta a contextos específicos. No es lo mismo hablar de salsa caleña que de salsa caraqueña, ¿cierto?

La ciudad de los techos rojos es tan especial como su gente. Así que su salsa no puede ser distinta ni ajena a su historia y procesos de transformación. Las primeras orquestas del siglo XX marcaron una ruta, como Billo’s Caracas Boys y Luis Alfonso Larráin; le siguieron Porfi Jiménez y Aldemaro Romero con su inclusión del jazz; Ray Pérez y Los Dementes, Federico y su Combo Latino, Johnny Sedes, Sexteto Juventud, El Trabuco Venezolano, Grupo Madera y esa marejada de bandas grandes y pequeñas (muchas ni siquiera dejaron registros) que fueron aportando y abonando en el terreno de la llamada salsa caraqueña. Porque, hay que decirlo, hablar de salsa en nuestro país es tocar directamente a Caracas.

Tanto Calzadilla como el cronista e investigador Federico Pacanins (en su ensayo “Salsa en Caracas”, 2013) mencionan a grupos decisivos en la definición del sonido de la salsa caraqueña: Aldemaro Romero y Francisco Hernández (“El Pavo Frank”) por incorporar tanto el jazz como elementos de la música tradicional venezolana (Onda Nueva); El Trabuco Venezolano, por ser la primera all stars nacional en combinar salsa, jazz, funk y música afrovenezolana; Grupo Madera, con la tradición cubana y su ardua labor en los tambores venezolanos; Guaco y su sonido único que mezcla la gaita zuliana, vertientes salseras y géneros actuales; y un movimiento que se adueñó, en su momento (80, 90 y 2000), de la noche caraqueña: Adrenalina Caribe, La Banda Sigilosa, Cadáver Exquisito, Alfredo Naranjo y su Guajeo, Salsomanía, Tean Malín, entre otros.

Todos esos proyectos nacieron del “vente tú”, sonando a esa Caracas bulliciosa, improvisada, desordenada, con arraigo en el ayer y tratando de hallar algo más, que no es otra cosa que su propia identidad. Esa búsqueda sonora que combina lo afrocubano y lo venezolano a través de instrumentos, ritmos y voces y lenguajes urbanos de otras partes, da como resultado una amalgama latino-venezolana. Esa es nuestra salsa.

Ese sonido renace en otras caras, con propuestas renovadas y aguerridas como Joel “Pibo” Márquez, Cabijazz, Bacalao Men, Gerardo Rosales o Monsalve y Los Forajidos, incluso es difícil encasillarlos dentro del género. Estas, y otras experiencias —cada una en su estilo— mantienen viva la tradición salsera. Justo Betancourt, un sonero cubano de altos quilates, lo reconoció desde hace tiempo: “Ya Caracas tiene su guaguancó”.

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