Caracas entre guirnaldas

Caracas, como toda ciudad vertiginosa, aparenta no sentir pena del estruendoso barrido de sus vestigios memoriosos; pero, al mismo tiempo y por contradictorio que parezca, no sabe vivir sin sus nostalgias. Cualquier caraqueño que se precie ha soltado en alguna ocasión la sentencia que nos define como permanentes despechados: “¡Qué bonita fue!”. La ciudad de los tiempos que corren es capaz de regalarnos una alegría superficial, la belleza instantánea de sus fachadas, el carmín de sus decorados de ocasión, para luego arrebatárnoslo en un movimiento azaroso, que no sabemos si pretende hacernos sufrir el martirio de la pronta despedida o entender, de sopetón, que la evocación no cuenta para las vanguardias en la postmodernidad.
Es así como hasta ayer medio país posó para la selfie bajo el techo abovedado de paraguas multicolores del Pasaje Linares y, de pronto, se encontró otra vez con ese cielo azul celeste despejado de nuestra Caracas apelmazada, bajo una interrogante con mil respuestas posibles: ¿y a dónde fueron a parar los paraguas del ayer?
A despecho de Enrique Bernardo Núñez y su ciudad de techos rojos, no hay tiempo para nuevas tradiciones en una realidad intercambiable como las guirnaldas de diciembre, que aparecen y desaparecen con la brevedad de un decreto de alegría que, cada vez más, acerca las Navidades a las vacaciones escolares, y nos permite prolongar la ilusión de sosiego en un país que tanto lo amerita.
“Hay eso que llamamos guasa, verdadero asiento de una picaresca que en ocasiones sustituye el carácter. Somos unas personas amantes de las aceitunas y de las uvas pasas californianas marca Sun Maid”, nos relataba un desaparecido José Ignacio Cabrujas, sugiriendo una expresión caraqueña, prácticamente extinta (“guasa”), para referirse a los improbables ingredientes de condumios decembrinos como el pan de jamón o la hallaca, complementos de la cena navideña o simples aperitivos fundacionales de eso que las viudas llaman “el pasado”.

DOS CARTAS AL NIÑO

En estas fechas Caracas brilla al alardear, sin reparos, con artilugios de colores y ristras luminosas que, no solo se exhiben con acento oficial para que la luz tenga el peso del mandato público a través del ornato de la ciudad, sino que cada quien hace de su fachada y su interior un menjurje de matices tornadizos, que denota que asistimos radiantes a la espera del niño santo que está por venir y a despedir el año viejo que se va y nos ha dejado cosas muy buenas…
El presidente Maduro lanzó la rumba desde el Waraira Repano el 1° de noviembre, encendiendo la cruz y asegurando tajantemente: “Somos felices, la Venezuela feliz, la Venezuela bella, la que sí puede, la que trabaja, la que tiene el derecho a la paz. Debemos defender la paz con trabajo, con producción, con movilización popular”.
De Oeste a Este la ciudad sonríe: la alcaldía del Municipio Libertador y el Gobierno del Distrito Capital invierten millones y adecentan el Casco Histórico, hermosean la avenida Bolívar, acicalan la Andrés Bello, adornan el paseo Los Próceres, emperifollan desde Los Caobos hasta la avenida Universidad. Provoca andar por sus aceras, huir siempre del Metro (siempre) hacia la ciudad exterior sin el recelo de la noche, para entregarse al baño de multitudes sumergidas en las sombras; mientras algunos trapichean con el dólar otros hacen apuestas por la apariencia del pernil y, los más osados, incluso, patinan y extraen de las cajas añosas amontonadas en el clóset los tres Reyes Magos del viejo nacimiento familiar.
Escribió Aquiles Nazoa, al referirse a las huestes de pequeños ocupados en tan motivada labor: “Sus risas, sus canciones, el estruendo de sus ruedas son el indicio más cierto de que faltan muy pocos días para que el niño Jesús nazca”.

 

 
Algunos apuestan por el pesebre criollo: se arropan hasta el dulce de lechosa, la gaita maracucha, la matica iluminada con los bombillitos que, desparramados por el suelo, se clavan en los pies descalzos. Otros repiten el modelo neocolonial que impuso al San Nicolás, el Merry Christmas y el pino —de plástico o natural— que le imprimen un aire rococó a las salitas de estar de los apartamentos de 45 metros cuadrados del Centro.
Otra rutina, aun hoy, es inaplazable: escribirle la carta al niño Jesús con nuestros más profundos anhelos. Es tarea de niños y niñas inocentes, que aún los hay, quienes se fajan a transcribir en papel sus sueños, casi siempre materiales (como la Wii 5.5.4.U, alocada fantasía imposible de costear ni por el mismísimo Dios en persona).
Otros, sobre todo adultos de baja ralea, se fajan a escribir esa carta maldita que desde hace 20 años, cada diciembre, intentan hacer llegar al cielo o al infierno para cumplir su más ansiada quimera: que termine abruptamente —como en Bolivia— la Revolución Bolivariana. Dicha carta, prácticamente, la colocan desde el mismo instante en que montan el arbolito y ahí se queda, dando tumbos por la casa, y durante el resto del año añejando su mala índole. Mientras, la ciudad transita agónica y rediviva, aguantando la pela con esa sonrisa honesta del pueblo llano, quien sabe de qué se trata ese sentimiento misterioso que llaman felicidad.

Épale CCS / Por Marlon Zambrano / Fotografías Michael Mata y Jesús Castillo