EL PLAN VACACIONAL DE LA ALCALDÍA DEL MUNICIPIO LIBERTADOR LOS INCLUYÓ A TODOS. MIENTRAS SE APROPIABAN DE LA CIUDAD DURANTE TODO AGOSTO, LOS PEQUEÑOS VIVIERON EL MILAGRO DE LA VIDA EN LOS HECHOS COTIDIANOS

POR MARLON ZAMBRANO/@MARLONZAMBRANO/FOTOGRAFÍAS JONATHAN MENDOZA

Plan Vacacional 2015 - JM-8757“Cuchiiilloooos, vendo cuchillos baraaatos”, detonó al fondo la voz de un vendedor ambulante anclado frente a la Casa Martí, de Veroes a Jesuitas. Fue lo que me terminó de despertar, a las 7 de la mañana, en medio de las risas de los viandantes que nos tomamos la letanía del mercader como algo personal.

No andaba de buenas pulgas: pauta a las 8 de la mañana y ni una gota de café. Una panadería y nada, y otra y otra. Además me ametrallaba el pensamiento del típico urbanita aburguesado: 20 años de carrera y salir a cubrir un plan vacacional, gruñí, sin saber que una vez más, lo breve y sencillo me darían savia para la vida.

A esa hora en el llamado bulevar Panteón (bulevar Bolívar) florecen los prodigios. Es quizás uno de los pocos lugares del mundo con tres rostros opuestos: a primera hora la patria bucólica resuena en sus fachadas; a mediodía te atrapa la muchedumbre y solo te orientas por la inercia; y en la noche es un mundo salvaje sólo transitado por los más bohemios.
De entre las vetustas caobas apareció un vendedor con un carrito y me sirvió una jarra de café a 25 bolos, 10 el pequeño. Volví en mí y aceleré el paso hacia la plaza Diego Ibarra, el antiguo Saigón, ese inmenso mercado informal que alguna vez amparó la fauna más peligrosa de la capital.

EL FUTURO ES HOY

El recuperado Cine Cipreses fue uno de los destinos

El recuperado Cine Cipreses fue uno de los destinos

Reinaban las lagañas y los bostezos frente a la mirada magnética del inmenso pendón donde el presidente Maduro nos dice: “El futuro les pertenece”, en una pared lateral del Palacio de Justicia. Así fueron llegando, en goteras, las madres con sus hijos, unos pequeños de rostros expectantes y franela azul.

Mientras los pequeños se iban formando al mando de los patrulleros, las madres hacían círculo para soltar datos de último minuto: en Quinta Crespo hay café, en una esquina de La Hoyada sacaron harina, esta tarde llega un camión de leche a Guaicaipuro.
Era martes. Ese día 450 niños saltaron en fila india desde las manos de madres lacrimosas hacia 20 autobuses resguardados por al menos 70 policaracas, tres ambulancias, 25 paramédicos y 11 médicos, estructurados en cinco grandes grupos con los nombres de las parroquias con más solera de Caracas (Santa Teresa, Altagracia, Catedral, San José y Candelaria), a su vez subdivididos en patrullas de recreadores con los nombres de las esquinas capitalinas.

Me empaté con los de La Marrón. La chamba del recreador es dura, pensé, la misma retahíla por 20 días, cuatro semanas, siempre a gañote desgarrado para que te oigan y de paso te hagan caso.
Hay que incluirlos a todos, dijo el alcalde Jorge Rodríguez, y hasta los hijos de los conductores terminaron en la rumba junto a los de los trabajadores de la Alcaldía del municipio Libertador y de los refugios bajo su tutela.
A las 8 en punto sonó el reloj de la Basílica de Santa Teresa, donde se venera al Nazareno desde 1597 cuando derribó los limones que curaron a los caraqueños de una feroz epidemia de escorbuto.
“Buenos días, buenos días, buenos días tenga usted…”.

En la unidad marcada con el número 2 subieron los 32 chamos de mi patrulla, como atraídos por el flautista de Hamelín. Junto a nosotros dos paramédicos de Protección Civil, dos policías, tres recreadores y un coordinador.

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“Chofer, chofer, apura ese motor…”

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Todo empezó en la plaza Diego Ibarra

LOS MEJORES AMIGOS

Ramón y Maikel estaban asombrados de la ciudad que se iba dibujando ante sus ojos, a través de la ventana del autobús que se desplazaba en caravana escoltado por funcionarios policiales.

“Chofer, chofer, apura ese motor, que en esta carretera nos morimos de calor”.
Rumbo al parque La Limonera, en Baruta, señalaban con sus caras babeadas de asombro: “¡Mira, allá es donde trabaja mi papá!”, “voltea pa’ allá, ahí vive una tía mía que es muy fastidiosa”, “miraaaaa, Mc…”.

—A mí no me gusta, yo vi en youtube que un señor se comió una hamburguesa con una cola de rata.
—A mí tampoco me gusta ya, prefiero comer pollo; además las hamburguesas las hacen con una espuma que echan en aceite viejo.
—Dígame el payaso (Ronald), a mí me da miedo.
—Dicen que sale de noche si le miras la cara mucho rato.

Los carajitos conversaban con una conciencia clara sobre los desastres de la comida chatarra; pensé en lo extraordinario hecho cotidiano del Che. Uno provenía de Quinta Crespo y el otro del barrio Los Sin Techo. Decidieron que desde ese día serían los mejores amigos.

RECREAR PARA LA VIDA

Es la primera vez que el plan es completamente autogestionario. Por eso la inclusión ha sido la norma. Lo dijo Miled Rojas, recreador y coordinador del frente Movimiento de Recreadores Gran Mariscal Sucre, que junto al personal de Imdere (Instituto Municipal de Deporte y Recreación) manejaron los hilos de la diversión de la muchachada.

“Esta es una experiencia para los jóvenes porque de aquí van a formar empresas de propiedad social directa de recreación, para el beneficio de la comunidad, construyendo valores y responsabilidad”, dejó bien clarito.

MILAGROS COTIDIANOS

La idea de las cuatro semanas vacacionales para niños de entre 5 y 13 años fue fortalecer los valores de la identidad caraqueña: conocer los espacios recuperados por la Revolución, apropiarse de los nombres de la caraqueñidad, visitar parques, practicar juegos tradicionales, conocer nuestra historia.

Lo de La Limonera fue un fiestón. Los que le temían al paintball, se aplicaron en la tirolina, los que no se fueron a manejar bicicletas en la pistas de karting, correteaban con sus recreadores entre juegos grupales. Nada al azar.

Ni Gloriadne, con sus 10 años, se salvó de gozar un puyero. Aunque padece de trisomía parcial del brazo largo del cromosoma 14, una rara enfermedad genética que limita sus condiciones físicas e intelectuales, saltó en la cama elástica y se lanzó por la tirolina con una sonrisa del tamaño de una montaña. Su mamá, Érika Vivas, quien no la soltaba ni un segundo, la miraba a la distancia y con dos charquitos en los ojos nos dijo: “Eso es un milagro, que esté así de integrada”.

Pero ahí estaban ellas, como todos los demás, celebrando la vida, al punto de que al final de la tarde, cuando resonaba la diana del retorno, los niños cuidaban a los recreadores, los policías hacían colas para lanzarse por la tirolina, los coordinadores disparaban a los blancos fijos del paintball, los dueños del parque hacían carreritas en bicicleta, los choferes jugaban la ere, los paramédicos se pegaban curitas y todos fuimos felices derrotando la exclusión.

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“A menudo los hijos se nos parecen”, canta Joan Manuel Serrat

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