ÉPALE301-LA ESFERA TROCADERO SWING

Divas de antecedentes desconocidos alternaban con leyendas como Amalia Aguilar

LA CARACAS DE LOS AÑOS 30 CAMBIA CON LA VELOCIDAD QUE LE IMPRIMÍAN LAS RUMBERAS A SUS CADERAS. NO ERA YA LA SULTANA DEL ÁVILA O LA CIUDAD DE LOS TECHOS ROJOS, AHORA LA LLAMABAN LA SUCURSAL DEL CIELO

POR FRANCISCO AGUANA

UN CABRÓN DE POSTÍN

Pierre René Delofree, francés y prófugo de Cayena, llegó a Venezuela en la tercera década del siglo XX y se convirtió, con el correr de los años, en exitoso empresario de la nocturnidad y de la alta cocina francesa en Caracas al crear dos establecimientos emblemáticos: el Longchamp y El Trocadero. Fue también un cabrón de lujo: alcahuete y confidente de los políticos y empresarios  más poderosos del momento, nacionales e internacionales. Con El Trocadero se convirtió, también, en pionero de los shows en vivo, donde desfilaban los músicos y cantantes de moda y una troupe de nalgas y tetas danzarinas que bailaban al son de la conga y la rumba. Con estos espectáculos creaba la sensación, entre el público, de que Caracas era una ciudad del primer mundo. A tal grado llegó la fama del francés que la MGM le ofreció, en noviembre de 1946, 150.000 dólares para filmar su accidentada vida.

Antes que en El Trocadero, el sátiro escándalo se reducía a los mabiles donde se
bailaba la guasa y el merengue rucaneao; ¡ah¡, y en un cabaret, por allá por 1925, donde el transformista, o zoquete, español Raimond Debray se transfiguraba en una auténtica bicha con uñas y pestañas postizas: cupletera, chotisera y bolerista que cantaba sus decepciones amorosas contra los pérfidos hombres. En una sociedad tan pacata y prejuiciosa, el público asistente con dinero, claro que disfrutaba de tal desvergüenza lo hacía por sentirse a la vanguardia parisina, y era el mismo capaz de lapidar al hombre que en la calle mostrara,  por lo menos, alguna manita torcida o un cadencioso caminar.

La Caracas de los años 30 en adelante cambia rápidamente de piel con la velocidad que le imprimían las rumberas a sus caderas. Ya no era la Sultana del Ávila o la Ciudad de los Techos Rojos, ahora la llamaban la Sucursal del Cielo. Tenía aspiraciones de grandeza con sus autopistas, avenidas y rascacielos; tiendas de importación, hoteles, el gusto recién estrenado por el lujo y la profusión de cabarets como oferta de una actividad nocturna diseminada por toda la ciudad. Impresiona el alto número de estos establecimientos si observamos que, apenas finalizados los años 50, Caracas llegaba al millón de habitantes. Comenzaron llamándose cafés danzantes, tea rooms, cabarets, boites, nigth clubs y, luego, dancings. En los barrios se les llamaba bares y botiquines, aunque algunos también llevaban la denominación de dancing. En Catia hubo cinco, entre ellos El Canario (abierto en 1952), donde un joven Román Chalbaud, que lo frecuentaba, se inspiró en sus salones y ambiente para escribir su película El Pez que Fuma. Para bautizar los cabarets se preferían los nombres gringos o franceses. Hubo uno cuya atracción principal fue una vaca noctámbula (Mi vaca y Yo), y otro que tenía pista de hielo (el Skypi). Hubo uno que se llamó La Guarimba, palabra que aludía a la suiza neutralidad de los juegos infantiles, por muchos años, antes de que un vil aventurero la llenara de sangre y violencia. Los hoteles de lujo también tenían su oferta cabaretera. “En el Ávila es la cosa” era el eslogan con que se promocionaba el hotel de Rockefeller. Este hotel era un auténtico pedazo de los Estados Unidos en Venezuela; tanto, que hasta había discriminación racial: a Toña la Negra, por ejemplo, la discriminaron en 1947, no por Toña sino por negra; igual pasó con una afamada soprano de ese país. Allí solo se aceptaban negritas… pero las de Carnaval. El Waldorf ofrecía lo suyo; y en el Humboldt se agarraban unas rascas en el cielo para alucinar el beodo que Caracas era un lago de cocuyos o que el cielo se había invertido; en el Tamanaco se procuraba que los shows fueran más sofisticados, o sea, para personas más distinguidas.

ÉPALE301-AMALIA AGUILAR SONORA CARACASGOBERNAR ES RUMBEAR

La política de poblamiento que inicia el gobierno de López Contreras, a través del Instituto Técnico de Inmigración, tenía dos principios: el de gobernar es poblar” y el de blanquear el país con inmigración europea y la prohibición de entrada de chinos, árabes y negros. Pero los cabarets acogieron una inmigración distinta: la de las rumberas y bailarinas del déshabillé, bataclanas sureñas y jineteras del Caribe: ¡un mulatal¡, pues; que, en vez de blanquear, enrojecía con sus atrevimientos sensuales y su desenfado carnal. Muchas fueron acusadas de falsas artistas e interesadas en casarse con venezolanos, solo por el interés de quedarse en el país. Otras se agregaron a la legión de prostitutas un número de 2.000, según el censo de las autoridades que existían en la ciudad. A las que habría que sumarles muchas europeas que no eran rumberas, pero tenían fama de moverse bien. Ya desde los años 40, estos locales nocturnos ofrecían como principal atracción a una rumbera o a un grupo de baile. Uno de estos grupos contó con la participación de una bailarina, acompañante del exilio de Perón; luego, fue vicepresidenta y primera dama, hasta llegar a presidenta de Argentina: María Estela Martínez de Perón “Isabelita”. Otra fue Elcides Briceño, inspiradora de la canción Piel canela”, a quien luego pusieron presa en Maracaibo por, presuntamente, haber matado a su amante. También estuvo en el Tamanaco la sofisticada Josephine Baker. Otro signo de la modernidad caraqueña lo constituyó la llegada, en 1942, de la milagrosa penicilina que, junto al carnet rosado, de obligatorio porte para las trabajadoras sexuales, contribuyó a combatir las muy extendidas enfermedades venéreas en la ciudad, de las que los establecimientos nocturnos eran vectores.

LOS ARETES QUE LE FALTAN A LA LUNA

Tres elementos importantes se sumarían a las saturnales citadinas:  las areperas, en las que mataban el hambre los beodos de la nocturnidad; la comisionista de tragos, llamada fichera; y la reina de la noche, la que guardaba en sus entrañas los sonidos tristes y festivos de todas las orquestas y cantantes y los repartía por módicas sumas: la rocola,  que según dicen arribó a Caracas en 1947 y se usó, preferentemente, en los bares y botiquines. Los cabarets elegantes seguían con su “lluvia de estrellas” y sus rumberas de exóticos nombres. Los salones de los más famosos eran centros de conspiración y rumores tumbagobierno y en donde se estrenaban nuevos vicios, como el del consumo de cocaína, a la cual Delofree era aficionado y que guardaba, para sus más apreciados clientes, en paqueticos de caramelos, y que se descubrió que la traficaban hasta en latas de películas. Los cabarets fueron, además, vitrinas para exhibir el nuevorriquismo creciente y escenarios de trágicos conflictos amorosos que copiaban los desgarradores melodramas de las películas más populares.

ADIÓS CABARETERA

Con ese himno del despecho y del desprecio tocó a su fin una época. Entrada la década de los 60 la ciudad y el país sufren varias mutaciones. La violencia política (impulsada por el Gobierno) y la violencia delictiva (que lo rebasa, según su propia confesión) convierten los céfiros de la noche en brisa helada, en sospecha, en alerta paralizante ante la acechanza del peligro que aún permanece transitando las calles de la ciudad.

El sonido repentino de tres pistoletazos, con sus fogonazos, se remonta por encima de la descarga de tambores; la rumbera cae de espaldas en el centro de la pista de baile dando sus últimas convulsiones mientras su matador la infama: “¡Toma, piazo’e puta!. Las bailarinas corren más allá, consternadas,, con sus teticas gelatinosas. La víctima queda vuelta tiza porque solo queda dibujada la silueta forense de su cadáver; el amasijo de sesos, sangre, piel y cabellos de su contorno es esparcido, en una action-paiting, por los danzarines que bailan un rico chachachá. El espacio público es intervenido y mutilada su ritualidad por los centros comerciales, adonde van a parar los cines y los cabarets que se llamarán, entonces, discotecas, cervecerías, fuentes de soda bailables, etcétera.

La Caracas bucólica y pastoril, la de aguas cristalinas y espeso follaje, a la que cantaban los poetas románticos es sepultada por toneladas de cemento y cabilla. Será apodada, desde entonces, como la sucursal de los pelos, “la ciudad de los pechos rojos”, “la rumbera del Ávila”.

EPALE 301

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