Caracas no es la misma sin salvoconducto

Esta mutación indescriptible, que transformó a la ciudad a través del miedo, mantiene a los andantes en correría permanente, quienes tratan de saltarse la recomendación sanitaria de quedarse en casa. Es una tarea ardua e ingrata que, sin embargo, depara grandes aventuras, gracias a los novísimos mecanismos de movilidad urbana que han brotado durante la cuarentena

Por Marlon Zambrano @marlonzambrano  / Fotos Jesús Castillo

Las estadísticas, con sus bondades proyectivas, indican que yo soy uno de los 6 millones de ciudadanos y ciudadanas que abultan la movilidad caraqueña cada día, sobre todo de lunes a viernes, que es cuando se mueve el pueblo productivo.

Pero eso era antes de la covid-19, antes de la pandemia y la cuarentena, antes del fin del mundo, al menos como lo conocíamos en la prehistoria, que fue antes de marzo y no tenía nada de normal, pero era nuestro mundo.

Terminal de Guatire. Foto Michael Mata

En el marco de la “nueva normalidad” (eufemismo para señalar “esto” que estamos viviendo) voluntaria, vigilada, obligatoria, flexible, irreversible y radical, la ciudad y su conurbado (Los Teques, Guarenas, Guatire, La Guaira, Valles del Tuy, etcétera) se mueven apenas como una breve porción del dragón de mil cabezas que caracterizó su tráfico, obligados por las circunstancias.

“Cualquier viajero del siglo XX —y lo que va del XXI, hasta el primer trimestre de este año— tuvo una manera de describir a Caracas: congestionada”

Es, apenas, una versión light, una muestra mínima e inofensiva de la pasta maleable que le dio forma a las horas pico, navegando sobre los tentáculos de las avenidas.

Cualquier viajero del siglo XX —y lo que va del XXI, hasta el primer trimestre de este año— tuvo una manera de describir a Caracas: congestionada. Los que la habitamos no afirmamos lo mismo (aunque lo padecemos) porque nos sentimos ya mimetizados en el paisaje, adheridos a las fachadas, tornadizos sobre el asfalto y prácticamente nada logra sorprendernos ya.

Sin embargo, debió aparecer cada tarde-noche el ministro Jorge Rodríguez, su hermana Delcy o el mismísimo presidente de la República, Nicolás Maduro, para que abriéramos los ojos, con cara de asombro, a la desbandada de vehículos y peatones que poblaron de sombras disipadas a la capital de la furia y el guaguancó.

Se disgregó el bulto: desparecieron el embudo del Metro, la cola de la Urdaneta, el mar de gente de Catia (aunque a veces reaparece), el bululú de La Hoyada.

Quedó el silencio inenarrable de un viernes de quincena por la tarde y la gente agenciándose nuevas y creativas maneras de enfrentar los desplazamientos cotidianos para llegar a casa, salir de compras, visitar a los viejos, medio salir a pasear. Porque, más allá de una consigna, el “quédate en casa” terminó convirtiéndose también en una distopía.

Transitar la ciudad sin salvoconducto es como hacer el amor sin condón. Foto Jacobo Mendez

Los ciclistas

Lo dijimos en un número anterior de Épale CCS: las calles, abandonadas por automovilistas y peatones, abrieron una grieta para que se colearan los ciclistas y declararan territorio conquistado. Un logro justo, luego de años de intentos frustrados.

Los ciclistas se lanzaron a asediar la ciudad y lo lograron, si nos atenemos a la estampa cotidiana donde se muestran dueños y señores, con el aditivo de la escasez de combustible. Una opción que, entre muchas ventajas, apunta a la descongestión, el deporte y el saneamiento ambiental.

Otra de sus ventajas es que vino a posicionar una narrativa urbana diferente con términos como delivery, en sus prácticas cotidianas, para señalar el servicio de envíos, que ha alcanzado niveles más elevados en la respuesta solidaria de gente dispuesta a hacerle el mandado a los adultos mayores, a las madres solas con hijos pequeños y a quien esté impedido de procurar medicamentos y comida.

Hay quien convirtió a la bici en su definitivo vehículo a pedal, luego de mantenerla por años en la trastienda, recibiendo polvo y desconchados de óxido, desde las vacaciones aquellas en que intentó hacerse fitness. Finalmente dejó de ser perchero para convertirse en algo útil, que ahora perfila a la ciudad de Norte a Sur y de Este a Oeste, donde los carros se mantienen ocultos, quizás, al acecho.

Santo-conducto

El fruto del pecado, la flor de mi secreto, ese extraño objeto del deseo. Ante la severidad de las medidas de confinamiento, en fiel cumplimiento del decreto de emergencia sanitaria que aplica desde marzo pasado, los andantes —no por placer, sino por asuntos laborales, familiares o de gestión de la vida “normal”— desean, obtienen y cuidan uno de los bienes postmodernos más codiciados: el salvoconducto.

Sin él vas cagado por las carreteras, en carro, cola o autobús, y del subterráneo te puedes olvidar si no llevas contigo el papelito consagrado, el tapaboca y los guantes, si quieres desplazarte por la ciudad a través de los vericuetos del Metro.

En tiempos de coronavirus se te puede olvidar la cédula de identidad, el efectivo y la clave de tus tarjetas, pero nunca la hoja esa.

Si no la posees, la recomendación es rogarle al conductor de la unidad que te deje acostarte en el piso, donde irás a resguardo de la mirada acuciosa (en dólares) de los efectivos policiales y la Guardia Nacional, siempre atentos.

Visitar a mamá

Frente a las restricciones de recorrido en rutas largas, que en argot de autobusero llevan el apelativo de “extraurbanas”, son variopintos los recursos ideados por la inventiva caraqueña para saldar la tarea urgente de visitar a los padres en Maracay, a un familiar lejano que nos necesita urgentemente en La Grita o la jeva que se quedó presa con un “primo” en Puerto Ordaz al comienzo de la pandemia.

Por ejemplo: si usted necesita visitar a la vieja en San Juan de los Morros desde Caracas, olvídese del terminal terrestre de La Bandera. Cólmese de paciencia, extraiga todo el efectivo que le sea posible, encomiéndese al Santo Niño de Atocha y láncese hacia Los Teques, desde Plaza Venezuela. Una vez en la capital mirandina, procure el terminal de pasajeros donde, de seguro, en días flexibles, conseguirá transporte hacia la capital guariqueña al precio que decidan los arcanos mayores de la especulación. Lo importante es alcanzar el objetivo que otros no han podido: abrazar a mamá luego de siete meses insufribles de distancia y antes de que llegue la Navidad.

A pie, en autobús, en bici o en Metro, transitar Caracas depara nuevos retos en medio del coronavirus. Foto Jacobo Mendez

ÉPALE 386