Caracas secreta y desnuda

Prólogo y Presentación

Por Earle Herrera

Caracas nunca te lo cuenta todo. Es un pacto secreto de las ciudades, grandes o pequeñas. Siempre se guardarán intimidades y pecados. Revelan unos, protegen otros. Una urbe sin sorpresas pierde el ángel.  Como las vírgenes de tiempos primorosos, las ciudades disfrutan que las vayan descubriendo, desnudando. Se gozan los asombros ajenos. Los primeros habitantes de la metrópolis inventaron un oficio para que esta no se le pierda de vista: el de cronista. Pero por lo general, los cronistas terminan sufriendo de la vista.

Estudiar Caracas desde que un empalador de indios, Diego de Losada, clavó un estandarte en un peladero que luego llamaría Plaza Mayor, no te convierte en baquiano de su historia y sus historias. Pero el periplo vale la pena. Los cronistas de Indias nos asoman a su aurora. Los escribanos coloniales a la ciudad empedrada de las buenas intenciones independentistas que nos llevaron al infierno de la guerra. Seguid el ejemplo que Caracas dio. Todo el siglo XIX nos lo cuentan con delicia los cronistas costumbristas. Después vino la nostalgia.

Un guía de excepción de prosa esplendente, Enrique Bernardo Núñez,  nos llevó calle a calle por La ciudad de los techos rojos. Otro narrador de todos los quilates, Guillermo Meneses, nos leería al oído su Libro de Caracas. Don Alfredo Cortina, desde un título nostálgico, rememoraría La ciudad que se nos fue. Pero las ciudades no se van; pasan sus hombres y mujeres y otros y otras llegan: olas de un mar vivo. Recorriendo los ventanales de Caracas, sus balaustres, arabescos, mamposterías, hierros y maderas, Aquiles Nazoa, el transeúnte sonreído, cuenta la historia del país y la ciudad, los gustos o el mal gusto, las costumbres y las cuitas, las serenatas  y los amores. Si quiere saber más, entonces intérnese en las páginas de su Caracas física y espiritual y dele los buenos días al Ávila, a nuestro Waraira Repano.

Yo acepté la invitación de todos esos señores y escuché los testimonios de los viejos taxistas que todavía llaman a Marcos Pérez Jiménez “mi General”, un militar constructor de las mayores obras civiles de la ciudad. En el afán modernizador, lo antecedió otro general, pero del siglo XIX, Antonio Guzmán Blanco, el Ilustre Americano. Este quiso convertir Caracas en una pequeña París. Pérez Jiménez prefirió Nueva York como modelo. “El guzmancismo es caraqueño”, llegó a decir Guillermo Meneses. Vamos, el perezjimenismo también lo es, si no que lo digan las torres del Centro Simón Bolívar, a una cuadra apenas de ese monumento guzmancista que es el Palacio Federal Legislativo, como para que los dos generales se miren por siempre frente a frente.

Pero con estos guías y estos testimonios yo no conozco Caracas. Y usted tampoco. Esto nos enamora de la ciudad, pero más nada. Y si alguien cree conocerla totalmente, los invito a dar un paseo con los cronistas que Mercedes Chacín reunió en torno al suplemento Épale,  del diario Ciudad Caracas. Son ellos herederos y relevo de los escritores que nombré líneas arriba. Aquellos nombres asustan, pero la juventud es atrevida y el verbo audaz. Y si la juventud pasa, no ocurre así con la intrepidez del periodismo. Por lo demás, Caracas es inagotable.

Acepte que Andrés Paravisini lo invite a comer en Catedral, un restaurant frente a la iglesia homónima, pero escondido, con un menú sin exceso de condimentos,  aderezado en una crónica sin exceso de adjetivos, como corresponde cuando se procura la armonía entre fondo y forma. Antes de sentarse, el cronista lo llevará y lo sacará del laberinto que se ha de desandar para llegar hasta  su mesa, previa cola de comensales. Siéntese. Disfrute el menú y disfrute esta crónica.

Después que haga la buena digestión, Francisco Aguana Martínez lo meterá en la máquina del tiempo –no otra cosa es la crónica-  y lo llevará a los días inaugurales de la avenida Sucre (1922), a lo largo de la cual florecerán bares y putas casi silvestremente. Cada bar es una historia y cada chica una sombra.   Hay categorías: bares, dancings, bares-burdeles, cabarés, botiquines y clubes sociales. No se avergüence por su visita, antes allí estuvieron bailarinas clásicas y cantantes del cine. Si se siente lúcido, el cronista lo llevará a otro extremo donde una crónica de las redadas policiales en el  barrio, termina siendo una requisitoria de la brutal represión de varias décadas. Yo preferí correr menos riesgo, aunque riesgo al fin, y me quedé probando un menjurje del Médico Asesino.

Si le dije que Caracas nunca lo cuenta todo es porque, cuando le revela un secreto, está creándose otros. Y otros. Hace más de medio siglo el reportero Germán Carías escribió una serie de reportajes bajo el título: “Habla La Charneca”. El periodista ya no vive, como el barrio que él descubrió entonces, tampoco existe. De allí la novedad de la crónica “Vivir en el barrio” de Gustavo Mérida. Con su calé, su trajín y su dejo de nostalgia. El narrador Ángel Gustavo Infante nos presentó a los pobladores del cerro en su libro de cuentos Cerrícolas. Los que nos presenta Mérida en el barrio  “Los sin Techos” son otros, distintos en todo. Después subimos del cerro y sus cerrícolas a la montaña y sus montañistas, como decir, de la rumba a la paz, del trajín al remanso.  Lo hacemos en una crónica que agita, cansa y jadea por los poros de sus letras. Así se narra.

Caminé con Jessica Dos Santos por los primeros puentes de Caracas, los viví y los disfruté. Es la magia de la crónica si la cronista conoce sus yerbas: transportarte, llevarte a lugares donde jamás ha estado y hacerte decir, con o sin suspiro: “Yo estuve allí”. Cada puente es una y muchas historias: de amor y de muerte, de enamorados y espantos, de cintas inaugurales y suicidios. Atravesamos el más reciente de esos pasadizos sobre  ríos o quebradas y entramos, también, a los primeros hoteles y nos pusimos a contar si ya tenían o no  estrellas. Sin hoteles, las ciudades no se convierten en metrópolis, necesitan de ese aire mundano que no se lo dan las acogedoras pero tímidas posadas.  La guía que es nuestra cronista nos cuenta la historia de cada uno, que es al mismo tiempo, un pedacito de la historia del país y la ciudad, con fechas, datos y curiosidades. En aquella Caracas, esos primeros hoteles albergaron  gente importante de afuera y de adentro, aunque todavía no existía eso de VIP, unos ricos y otros más ricos, personajes famosos y anónimos que se harían famosos (como el botón del Hotel Majestic que se llamó Aquiles Nazoa).   Entre a esos hoteles, descúbralos, Jessica se lo va a contar todo y usted se apropiará de otro poquito de Caracas.

Voy a caminar un poco más rápido porque si no, no nos alcanza el tiempo. Entro nada menos que a San Agustin, con su mitad en el centro de la ciudad, su parte baja, y la otra mitad en el cerro. No es uno sino muchos barrios. Con su afinque de Marín, su grupo Madera, su tumbao, su teatro Alameda donde dejaron su aroma Carlos Gardel y La Lupe y su orgullo de que fue allí donde nació la salsa y empezó la cosa. Todo este vértigo de rumba y cultura popular lo va a bailar usted en la crónica de María Eugenia Acero Colomine. Ella misma lo rescatará del jolgorio y lo llevará a recorrer la parroquia Catedral, la más pequeña del país pero centro de todos los poderes. Por allí nació el Libertador Simón Bolívar y por allí hay un cementerio donde reposan los restos de su joven esposa, María Teresa del Toro. Vivos, muertos y espantos pueblan su historia. Déjese llevar por la prosa de María Eugenia Acero y disfrute el ayer y hoy de la parroquia Catedral con campanadas.

Petare es otra cosa, otra ciudad. Marlon Zambrano le puede servir de baquiano si le acompaña a buscar a unos bombones sexodiversos que le ofrecieron una entrevista   y lo metieron en una aventura de la que usted puede formar parte: bienvenido a Petare. De una asfixia rosa puede usted pasar a un agobio gris si comparte con el cronista que marzo es el peor mes de nuestra vida. No todo marzo, sino el de 2020, con la pandemia que descolocó y dislocó al mundo. Empezaba lo se habría de llamar “la nueva normalidad” y Zambrano plasma en letras la ciudad que ignoraba lo que se le venía encima. Esta es una de las primeras crónicas de la cuarentena planetaria: la leemos, la vivimos y, aunque usted no lo crea, todos la escribimos  desde adentro. El cronista es nuestro médium. Lo que usted está leyendo, lo está viviendo. O sufriendo. Virtud de la crónica, pero no crea que el cronista está mejor.

Con María Betania Chacín sumérjase en los recovecos de Sabana Grande un día viernes. Terminará en una fiesta gay donde el baile y las máscaras no disfrazan una larga lucha política y social por los derechos de la sexodiversidad. No es un “mundo raro”, es el mundo, el de todos y todas. Pero nada de panfleto ni consignas que conviertan la crónica en proclama. María Betania Chacín baila con soltura narrativa en la fiesta. De allí y sin resaca, nos lleva al hipódromo La Rinconada y nos introduce en la pasión del juego de caballos, las apuestas, la ludopatía, la excitación y la esperanza. Nos cuenta la historia hípica del país, como manda la preceptiva periodística. Una vez metido en el alma de la crónica, a usted le provocará apostar a Trynicarol, la yegua campeonísima de clásicos que humilló a cuanto caballo le opusieron. No le juegue a placé. Trynicarol ganará, conducida sin gríngolas y sin fusta por la pluma de María Betania. ¡Ni Balsamino Moreira, pues!

Si el pez muere por la boca, sin el pez en la boca la ciudad pierde buena parte de su sabor. Una trucha a la alcaparra es un delicioso pretexto para una crónica gastronómica.  Mercedes Chacín lo recibe carta en mano, en el restaurant Municipal, escondido detrás del teatro homónimo. La cronista conversa con el dueño y el mesonero del lugar, pero no es necesario, en materia   de comida Mercedes se las sabe todas. Por eso, desde ese restaurant escondido el propio centro de la ciudad, nos lleva a otro comedero escondido en el norte de Caracas, en el Hotel Ávila, San Bernardino arriba, a la pata del Waraira Repano.   Mercedes logra con soltura lo que se le pide a una buena crónica gastronómica: abrir el apetito. Y nos descubre dos lugares semi escondidos en una ciudad que no se le esconde a nadie, aunque nunca te lo cuenta todo, como bien lo saben todas las seductoras que en el mundo han sido. Y Caracas…  se deja y sabe seducir, mucho antes de leer el Manual del Levante, de otro seducido por la ciudad, nuestro Pedro Chacín. Buen apetito y mejor lectura.

Dejamos a Mercedes peleando con su trucha en el Municipal y cruzamos media cuadra,  donde nos espera Nathali Gómez. Sin más preámbulos, como dicen los presentadores que nunca hallan la forma de salir del preámbulo, la cronista nos lleva a pasear por las torres del Centro Simón Bolivar. ¡Qué de historias, qué de secretos, qué de época! En un tiempo, esas torres sucias y abandonadas, fueron imagen de postales de turistas exógenos y endógenos. Es que eran la imagen de Caracas. No les cuento más, que la cronista los lleve a tropezarse con caminantes distraídos de las Torres como Alfredo Sader, Benny Moré, Daniel Santos o Barbarito Diez.

Pero no todo se ha perdido. Nathali, para compensarnos del carajazo de nostalgia hecha guiñapos que nos asestó el Centro Simón Bolívar, nos condujo a través de su prosa al Mercado de Guaicaipuro, donde el pasado todavía es amable y convive con el presente. O como diría un entusiasmado estudiante de sociología, con la postmodernidad. Recuerdo que cuando estos mercados, los mercaditos y  abastos empezaron a sufrir la competencia desleal y neoliberal –valga la redundancia- de los faramalleros supermercados, nuestro Aníbal Nazoa escribió una crónica  memorable titulada: “Vamos a gozar al supermercado”.   Si la crónica de Nathali Gómez me recordó una de Aníbal Nazoa, no tengo que agregar nada más. Entren al mercado.

Salgo del barroco y multisápido mundo del mercado Guaicaipuro y me dejó caer por la esquina de Otsirc, la que todo caraqueño debe conocer aunque le suene raro su nombre. Es la esquina del Cristo al Revés y no es una herejía, sino un disgusto que se le convirtió en milagro a un zapatero. Para decirlo con el título de una obra teatral de Román Chalbaud, Caracas es el epítome y la síntesis  de lo obsceno y lo sagrado (epítome para un lingüista, síntesis para un marxista del círculo de estudio). Es la Caracas a la que nos asoma Reinaldo González en su risueña crónica, como  también lo pregonan sus esquinas. Por ejemplo, yo siempre me he preguntado porque  a la Asociación  de Escritores la ubicaron en la esquina de Miseria.  ¿Ironía o superrealismo?

De una esquina con reminiscencia religiosa -la del Cristo al Revés- , Reinaldo casi nos pone frente a los mercaderes del templo, bajo el título de “Los árabes de Catia”. Extraña crónica, pues si hablamos de árabes –y no hay un pueblo en Venezuela que no tenga una calle de estos baisanos- hemos de empezar con pequeños comercios de cortes, ropas  y muebles. Pues, aquí no. Estos árabes empezaron vendiendo pinchos, hasta monopolizar el negocio con el arrogante nombre de “El Rey del Pincho”. El buen humor garantiza la digestión. Éntrele.

Por poco el imperialismo no se queda atascado en el sector Boqueroncito, Catia, en la carretera hacia El Junquito.  La crónica de ese suceso nos la entrega en texto breve Pedro Delgado. En un barrial del oeste caraqueño, allá por los años 60, se quedó “pegado” un flamante  Cadillac, con un extraño personaje en su vientre de fino cuero. Al vecindario de ayer y de hoy le encanta ayudar, por lo que, casi de inmediato,  un tumulto estaba luchando contra el barro y empujando la nave. Por fin, derrotado el lodo, el Cadillac retornó victorioso a la carretera, pero en sentido contrario ¿Cuál es la gracia? Pues, como manda la literatura de suspenso, al final el cronista nos revela que el misterioso pasajero era, nada más y nada menos, que Robert Kennedy, quien vino a Venezuela a supervisar el programa de su hermano, John F. Kennedy, denominado la “Alianza para el Progreso”. Esta crónica de Pedro  González vale por dos. Ah, el imperialismo no cayó.

La crónica que sigue tiene un inicio excitante. Rocío Cazal erotiza el verbo para hablarnos de un oficio  mojado. Nos presenta a una mujer joven ante la que los clientes  hacen cola para ser atendidos. Relata que en 15 minutos ella queda bien, a plenitud, satisfecha. De pronto, el lector se encuentra en un autolavado y entiende por qué el de la chica es un oficio mojado. Sus colegas, otros  lavadore de carros de libre ejercicio,  están en las calles, con un tobo y una estopa o un trapo. Detrás de ella y ellos, la historia sórdida de la marginalidad, la pobreza extrema y el rebusque, como vistos por un retrovisor humedecido.

Otro que también se rebusca prefiere andar de casa en casa, pero su oficio es más viejo, viene de la Caracas decimonónica y, para darle más caché, dicen que llegó de España. Es el amolador de cuchillo, una especie en extinción pero terca y dura. Rocío  los busca y los encuentra. Habla con algunas de sus clientas. Si la tradición lo envolvió en un halo de superstición, Aquiles Nazoa lo elevó en su Credo a mago “fabricador de estrellas”. Si el amolador todavía anda por allí, ello le permite a Rocío hacer crónica costumbrista en pleno siglo XXI.   Magia del género, terquedad de la ciudad. Oficio de escribana.

El cronista es un ocioso, como el poeta, como el músico, como el vagamundo. Por eso te cuenta grandes historias o vainas que a nadie importan. Del cronista Aníbal Nazoa se preguntaba  su colega, Kotepa Delgado, “cómo es posible que haya perdido tanto el tiempo en aprender cosas tan inútiles”. No quiere decir que sea inútil el empeño de Malu Rengifo en hurgar en los orígenes de nuestros pelabolas, desde Guaicaipuro para acá. Una crónica ancestral, antropológica y actual. Es la historia de lo que algunos llaman “hambres atrasadas”. Malu le da soporte histórico. Por los años 70 se hizo fuerte en la UCV el movimiento COPELBO (Comité de Peladores de Bolas), tan combativo como el Grupo Estadio, pero con muchos más militantes. Solo le faltaba una historia, pero Malu no andaba por allí. Sin embargo, gracias a ella, ahora conocemos sus antecedentes. La suya es una sabrosa crónica sobre el hambre. Una visión contextualizada de los pelabolas. Pudiera ser, si a ver vamos, la crónica existencial de casi todos los cronistas.

Conclusión

La crónica no tiene conclusión. Es la gracia y el encanto del género. El lector pone el final, si quiere. O lo deja así. ¡Épale!,  ¿qué espera? Caracas aguarda por usted y es impaciente. Se puso así desde el 19 de abril de 1810. La crónica y estos cronistas de guardia le abren sus puertas. Pase.

ÉPALE 382