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POR ANDER DE TEJADA •@EPALECCS

PARA PRESENTAR HISTORIAS DE LA CALLE LINCOLN, NOVELA QUE SE PUBLICA A PARTIR DE ESTA EDICIÓN EN LA REVISTA, TENEMOS LOS TESTIMONIOS VALIOSÍSIMOS DE TRES PERSONAS QUE CONVIVIERON CERCANAMENTE A CARLOS DESDE DISTINTOS ÁMBITOS DE SU VIDA, DESDE TRES TIEMPOS

El 2 de agosto de 2015 comenzó a publicarse, aquí en Épale CCS, la primera novela escrita por Carlos Noguera: Historias de la calle Lincoln. El 3 de febrero de ese año falleció el camarada, quien fue, sin duda, uno de los escritores más importantes de la la literatura venezolana. La republicación de este trabajo busca homenajear no sólo al escritor que lo protagoniza, sino a Humberto Mata, otro de los grandes escritores de nuestro país, fallecido el pasado sábado 26 de agosto.

Hablan, a partir de ahora, tres personas cercanas a su vida que, quizás, podrían ser la representación de su vida misma: habla su alumna, habla su hijo y habla su amigo.

LEILA SAMÁN, LA ALUMNA

Cuando uno cursa muchos talleres literarios, en narrativa, el papel del facilitador es una cosa muy importante, y cuando Noguera jugaba ese papel, era increíble para nosotros, ya que hacía que uno dejara atrás la pedantería que tiene a veces cuando critica un texto literario. Él te forzaba a ver más allá de lo evidente, creando una atmósfera de grupo muy buena, porque con él uno veía cosas buenas en lo que considerabas que estaba mal. Él nos ponía, primero, a ver lo positivo del texto; después veíamos lo negativo. Entonces, cuando te fuerzas a ver lo positivo de un relato, te obligas a dejar atrás tu pedantería y a tener un ojo más crítico y más filoso, tanto con la literatura de los demás como con la de uno mismo. En todo el tiempo que estuve en el taller, él nos hacía sentir que todos éramos amigos, que todos estábamos en el mismo bote, que no había nadie mejor que otro sino que todos teníamos nuestros puntos y nuestras caídas. Era una atmósfera que no todo facilitador brinda. Además, tenía una dedicación impresionante al trabajo que hacía con nosotros, tan así que, a pesar de que estuviera en Monte Ávila y escribiendo su novela de 800 páginas, si tú le mandabas, extra al taller, un texto que querías que revisara, él lo hacía. Era muy paciente con uno y tenía una dedicación a la docencia casi exclusiva. Era increíble, porque siempre sabías que ibas a tener de él lo que estabas buscando, siempre ibas a obtener una crítica concisa, algo que te iba a ayudar a mejorar, nunca para mal de tu creación literaria sino siempre para mejorarla y poder hacer de uno mismo un mejor escritor.

Siempre estaba pendiente de eso. Además, estuvo yo no sé cuántos años de su vida dando el mismo Taller de Narrativa. Pero, a pesar eso, el curso nunca se sintió monótono. Él siempre tenía cosas nuevas que decirte y tú siempre sentías que era la primera vez que estaba dando el taller y que lo estaba dando contigo. Te ayudaba a mejorar, que es lo importante de un facilitador, y nunca lo hacía con distancia sino siempre con mucha calidez humana.

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Para Leila Samán, la literatura cobró significado gracias a los talleres que dictó Noguera. Foto: Jonathan Mendoza

A mí me gustaba muchísimo que todo lo tratábamos con mucho humor. Eso era muy fino. Si te lo encontrabas en una Feria del Libro o en otro sitio, él siempre te abría los brazos y te hacía pasar vergüenza pública: “¡Ahí está mi tallerista, una increíble escritora!’’. Era muy gracioso. Su humor, a pesar de que a veces era medio negro, era muy fino. Creaba entre él y nosotros una relación mucho más amigable y cercana.

Cuando terminé de hacer el taller con Noguera, empecé a hacer talleres con otros facilitadores y no podía dejar de pensar en su taller. No podía dejar de pensar en lo que me hizo ese taller: yo pensaba que escribir era un hobby nada más. Me lo pensé en serio y quise hacerlo como oficio tras ver clases con él, cuando nos obligaba a escribir todos los días durante dos horas. Si no hubiese sido porque yo en aquel momento fui tallerista de Noguera, para mí la literatura sería cualquier otra cosa en mi vida. Hizo que fuese algo especial y estoy totalmente agradecida con él. Me incentivó muchísimo. Totalmente. La relación con sus alumnos era algo así: “Tú viste el taller conmigo, ahora tienes que ser escritora, y hasta que tú no cumplas tu sueño, yo no te voy a dejar tranquila, Leila’’. Siempre estaba pendiente de que uno estuviera escribiendo; eso, sin dejar de lado su escritura. Era impresionante.

¡Sí, estoy orgullosa de haber sido su alumna!

ALEJANDRO NOGUERA, EL HIJO

Nosotros somos cuatro hermanos. Dos mayores con mi mamá y dos menores con Juliana, su esposa. Una de las cosas que más me llamó la atención fue que a nosotros nos crió de una manera y a ellos los crió de otra totalmente distinta, incluso opuesta: con nosotros se lanzó las grandes aventuras de viajar por Europa en un carro que compramos en Inglaterra, con el volante del otro lado, durmiendo en carpa, en plena guerra fría, por Checoslovaquia o Yugoslavia. Y con mis hermanos era otro estilo: un resort con paraguas y mesonero en la piscina.

Muchas veces me daba consejos sobre algunas cosas personales, sobre todo cuando hablábamos de las mujeres. Yo le comentaba que lo que él me decía que hiciera era lo contrario a lo que él había hecho, a lo que él respondía: “Sí, exactamente eso. No tienes que pasar por lo que yo pasé. Por eso te recomiendo lo contrario. No permanezcas en situaciones dolorosas, simplemente fluye adelante’’. Eso cuando él, justamente, como buen artista, era muy apasionado y se metía muy de lleno en sus situaciones. Con las de los demás, con la mía como hijo, siempre estuvo dispuesto a escucharlas. A veces yo llegaba todo angustiado y nervioso por cualquier cosa y me decía: “Ya va, déjalo así, espérate un momentico, que eso pasa’’. En la medida en que crecí, me di cuenta de que esa es la actitud que en la mayoría de los casos funciona: esperar un poco a que las cosas que están creando tensión se desenvuelvan y tener la paciencia de ver por qué están pasando. De mi papá también me queda mucho la entrega a la labor. Muchas veces, en sus últimos días, nos preguntamos por qué seguía yendo para el trabajo, por qué no se retiraba, por qué no estaba en Cuba fumándose un tabaco con Fidel o tomándose una piña colada con Chávez, pero después pensaba yo que morir en su escritorio era un estilo también, y hay que aprender el valor de ese estilo, de aquel que muere en el campo de batalla, de aquel que tiene una inspiración tan fuerte que es capaz de llegar hasta ese punto.

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Alejandro considera que su padre amalgamó los oficios de psicólogo y docente en una sola terapia. Foto: Jonathan Mendoza

Cuando me gradué del bachillerato, me quería ir a viajar por el mundo. Él me pidió que por favor me quedara porque después me podía desarraigar de la tierra. Yo no entendía esa vaina. ¿Cómo que me iba a desarraigar de la tierra? Normal, pues, aquí tengo mi casa. Bueno, entonces estudié aquí, en la universidad, y cuando me gradué agarré el título, lo puse con la toga y no lo volví a ver más. Te hablaba de eso por el tener una inspiración por la cual vivir, el tener algo más importante que la familia, en realidad. Aunque he comenzado a sentir que la familia es lo que lo sostiene a uno para algo, me acordaba del Che y de las cartas que enviaba a sus hijos explicándoles que a pesar de que fueran su familia, él tenía cosas por hacer.  Mi papá trabajaba por la Revolución. Aparte de ser un revolucionario de toda su vida y de escribir sobre la Revolución, al empezar su trabajo de gerencia editorial él tomó como misión revolucionaria que la gente leyera. No simplemente era administrar una editorial; era ponerse al servicio de la Revolución para que hubiera más libros y viajar por todo el mundo llevándolos. Le entregaba tanto a la gente y compartía que, en vez de encerrarse, aunque se encerraba, salía a la calle a escribir. Se sentaba en un café, que cambiaba cada diez años según el ambiente del lugar, y ahí se hacía amigo de los mesoneros y recibía a la gente. Cuando estaba escribiendo, llegaba cualquier persona y se sentaba, así fuera a pedirle diez bolos para el ticket de metro o a echarle un cuento. Siempre estaba disponible para la gente.

Como psicólogo que era, se dedicó a la investigación. Pero todos ellos son, al final, medio terapeutas y suelen analizar y tratar de aconsejar al otro. Siento que su trabajo terapéutico era eso: aparte de los talleres, que es como una mezcla de la literatura con la terapia individual, estaba su consulta. Él tenía su consulta en los lugares donde escribía. Me imagino que el trabajo de terapeuta, en muchos casos, también es un trabajo de padre. Escribir un libro también es un acto de paternidad. Entonces, quizás muchas cosas de las que yo de repente no tuve tiempo de hablar, todavía puedo hablarlas con él a través de su obra, que queda todo el tiempo, mientras viva, disponible para mí.

HUMBERTO MATA, AMIGO Y ESCRITOR

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La faceta que más extraña Mata es la del Noguera amigo. Foto: Jonathan Mendoza

Yo conocí a Carlos en los años 60, justamente cuando empezaba a salir la revista En Haa. Carlos era un joven de veintitantos años; yo tendría 13 o 14 años. Todos estábamos involucrados en esa aventura de lo literario. Todos pensábamos que había que hacer una literatura alejada de lo panfletario, en cuyas manos era muy fácil caer al estar en medio de tantas guerrillas. Y que, no por ello, dejara de ser una literatura que mostrara lo que estaba pasando, lo que sentíamos, lo que nos hacía llorar y reír, pero de una manera literaria. Así fuimos él, José Balza, Jorge Núnez y muchos más, embarcados en una aventura rarísima que dio lugar a esa revista de la que todo el mundo habla y que muy poca gente conoce.

Ahora, el Carlos Noguera, el otro, el que no puedo evitar jamás: el amigo que conocí menos de lo que yo quería conocer, el Carlos Noguera preocupado por todos nosotros, el Carlos Noguera que se angustiaba muchísimo por cosas que a nosotros nos parecían nimias, tontas; pero a la larga resultó que esas cosas nimias y tontas eran muy importantes y Carlos tenía razón de angustiarse, y los que éramos tontos éramos nosotros que no nos angustiábamos por ellas. Era un ser muy especial, Carlos. Y no lo digo porque esté muerto, lo digo porque lo siento así. En cuanto a escritor, sabemos que fue el novelista de Venezuela. A mí no me cabe la menor duda de que en la figura de Carlos tenemos al novelista venezolano del siglo XX y XXI. Historias de la calle Lincoln, que ustedes van a publicar, es apenas el comienzo de Carlos. Un comienzo muy hermoso y fructífero, sin duda. Pero él seguiría escribiendo y escribiendo con una tenacidad impresionante que ojalá yo tuviese. Nos ha dado, creo, la novelística más importante que tenemos en Venezuela actualmente. Sin esa obra de Carlos, tendríamos un vacío inmenso en este instante.

CARLOS NOGUERA - MONTEAVILA

Carlos Noguera se mantuvo incólume en su postura revolucionaria

Historias de la calle Lincoln es, obviamente, la historia de la Venezuela de esa época. Carlos quiso hacer con sus novelas varios momentos de los venezolanos. Historias de la calle Lincoln es el momento de la euforia, de la juventud, de las salidas, de las parrandas, justo por la calle Lincoln. Yo no participaba, era muy muchacho. Me hubiera gustado muchísimo, pero no me tocó vivir esa euforia. Sí la vi venir, y cuando salió la novela, nadie que lo conociera se sorprendió, porque Carlos siempre fue alguien que estaba captando la realidad. Veía lo que pasaba, cómo nos comportábamos, cómo éramos, qué hacíamos y después lo narraba. Verlo es más fácil que narrarlo, por supuesto. Todos sabemos que es así. Primero hay que hacerle una venia infinita al personaje humano, narrador, escritor que fue siempre absolutamente firme consigo mismo. Jamás tuvo una variación ni una duda. Bueno, dudas hubo en todos. Pero el camino estaba y Carlos jamás se alejó de él. Ni siquiera cuando estaba muy enfermo. Ahí quiso seguir trabajando. Quiso seguir yendo a su tarea. Porque la tarea de una revolución era lo que se planteaba finalmente. Estoy absolutamente orgulloso de haber sido amigo de Carlos. Y, como amigo entrañable, me hace una falta tremenda.

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Comienza pues, a partir de ahora, una larga caminata por la Caracas de la noche, de la curda y de la revolución clandestina; comienza el paseo por la abertura inmensa bautizada calle Lincoln. Salud.

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