ÉPALE267-CC MONTE Y CULEBRA

POR JOSE ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Abundan las fiestas paganas. La pagana-pagana por definición es el carnaval; el señorío de la carne es la afrenta primordial contra el negocio de la falsa espiritualidad, la administración del asombro y los miedos. El carnaval es esencialmente feo porque su opuesto planetario, la religión, nos estafó con el cuento de que el ser humano tiene que aspirar a lo sublime, y lo sublime tiene que ser puro, suave al tacto y un poco etéreo. Nos vendieron ángeles; les respondimos con gente.

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El ejecutor natural del carnaval es y tiene que ser el pueblo desatado. No el sector del pueblo que se deja arrear por una invitación oficial para que tenga la bondad de admirar a unas presuntas princesas, a mamagüeviar con unos papelillos y caramelos y a disfrazarse de héroes comerciales. El pueblo en ejercicio de su derecho a la fiesta de sus adentros puede producir sobresaltos, algunas veces monstruosos. Los adentros de una humanidad oprimida por milenios de religión y capitalismo no tienen por qué ser sublimes.

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El carnaval oficial es domesticado y pánfilo; el carnaval genuino es la fiesta de las profundidades abisales, la parranda maldita de nuestra desobediencia. No es preciso ir a comprar o a fabricarse una máscara para el rostro cuando de adentro emerge la máscara atávica que no esconde sino que muestra, que descubre el grado último de la desnudez: cuando se aproxima la fiesta de la desaparición de las normas insurge la furia o la alegría más patológica, esa donde navegan el crimen y la desaparición del canon moral.

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Hace unos pocos años (ignoro si esto habrá cambiado) el carnaval más popular de Caracas era el de Sabana Grande. Se desataba (o se desata) ahí la muchachera, no a bailar en comparsas de plumas y fantasías sino a caerse a coñazos y a veces a tiros contra el que pasaba. No era que desaparecía la fiesta para darle paso a la pelea, sino que la pelea era la fiesta. No era que el carnaval se jodía o desaparecía porque lo acababan a coñazos, no: era que la coñacera era la forma del carnaval.

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El antecedente o manifestación conexa de estos desmanes es el carnaval que se “juega” en ciertos barrios: allí donde nuestros abuelos jugaban con agua (y esa era una cosa temida por los recatados pero permitida en los dos o cuatro días de la festividad) de pronto empezó a jugarse con orines, pintura, barro y prácticamente cualquier sustancia que enlodara, contaminara y humillara al caminante que cometía el error de transitar por donde estaba desatada la horda. “La piscina” era un hueco pavoroso lleno de sustancias fétidas adonde empujaban y embarrialaban a los distraídos.

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Esa cosa que por lo general es relacionada con barbarie es el verdadero carnaval, el genuino, el que nunca fue ni será administrado ni institucionalizado ni normado: allí donde desaparecen las reglas y las figuras de autoridad revienta el carnaval de la verdad.

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PD: Estamos hablando de un pueblo al que se le trituró, se le hizo pedazos la máxima figura de autoridad. La idea sublime de un Libertador magnánimo nos fue mostrada en cadena nacional: el Padre de la Patria no es un semidiós ni un emperador con aires romanos sino un montón de huesos. A ese pueblo sin padre idealizable ya no se le puede pedir moderación.

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