Carnavales caraqueños del desenfreno a la bioseguridad

Algo caracterizó a los carnavales de la capital: eran salvajes. Convertidos en tradición, los últimos años ha reducido su impacto citadino para terminar, hoy, sometido por las medidas sanitarias en la lucha contra el Covid-19

                                              Por Marlon Zambrano@marlonzambrano                                            Fotografías Mairelys González@mairelysg27 / Dahory González@dahory_gonzález

Los carnavales caraqueños llegaron hasta nuestros días con dos vocaciones antagónicas: por un lado, el ritual católico que inicia el ciclo de la cuaresma y, por el otro, la invocación de las antiguas fiestas paganas que se celebraban en honor al dios griego Dionisos. El único elemento en común, aglutinador, era que siempre tuvieron un sino salvaje.

Una posible explicación, desde la geografía castiza, la asoma el desaparecido cronista español Francisco Umbral, al intentar entender ese desgarramiento festivo de los excluidos: “Los que se divierten, se divierten siempre. Pero el pueblo se divierte una vez al año y no es dueño de sus ocios, no sabe hacerlo, vomita sobre el patio de las butacas desde sus altas localidades del teatro”.

Cuenta el cronista Arístides Rojas que, durante la Colonia, los carnavales de Caracas eran una demostración de bestialidad. La población utilizaba los recursos más inverosímiles para divertirse, incluyendo (además de agua, cal, almidón y barro) los puños. Aquellos encuentros solían culminar en batallas campales que se saldaban con heridos graves y fachadas manchadas con las tinturas que se lanzaban unos a otros.

Con las celebraciones del centenario del Natalicio del Libertador, en 1883, se ordenó adecentar la ciudad

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Se registra el caso ‒nos cuenta el historiador René García Jaspe‒ de un extenso juicio     civil por una terrible confrontación familiar a partir del baño a un viandante a las alturas de La Pastora. El hecho, debidamente asentado en los fondos documentales del Archivo General de la Nación, se vivió en la Caracas monárquica y conventual del siglo XVI, lo que revela que los carnavales se caracterizaron aquí por el desenfreno.

“Caracas tenía que cerrar puertas y ventanas, la autoridad, las fuentes públicas, y la familia que esconderse para evitar ser víctima de la turba invasora”, relata el cronista Rojas.

La situación cambió dramáticamente cuando el obispo Antonio Diez Madroñero, durante su apostolado entre 1757 y 1769, decidió acabar con los excesos de esas bacanales y confinarlas a un formato beatífico, ordenando a la feligresía caraqueña actuar con devoción “triste y virtuosa”, lo que incluía suspender “las más vivas y artificiosas expresiones de libertad en juegos, justas, bailes, contradanzas y lazos de ambos sexos, contactos de manos y acciones descompuestas e inhonestas”.

Con la muerte del obispo se desbordaron las pasiones contenidas, y la parranda popular recuperó las calles, quizás con más fuerza, al punto de que, con las celebraciones del centenario del Natalicio del Libertador, en 1883, se ordenó adecentar la ciudad, delimitar las fiestas y preservar las fachadas de las viviendas y la decencia, en nombre de la civilidad y las leyes.

Nadie desperdiciaría hoy harina y huevos para sorprender al viandante

 La edad dorada

Hubo una época “dorada” para la celebración de los carnavales en Caracas: fue a mediados del siglo pasado, cuando la tradición pretendía acarrear un aura de urbanidad según el proyecto modernizador del dictador Marcos Pérez Jiménez, e incluía desfiles de carrozas, fiestas de disfraces, bailes con orquesta y la elección de la reina, con Sabana Grande como corredor natural y solera, junto a El Sistema de la Nacionalidad –hoy Paseo Los Próceres– y El Silencio.

Pero quedó un halo brutal en algunos reductos de la ciudad. En Catia, cuentan que, entre los años 60 y 70 del siglo pasado, los carnavales incluían en su programación callejera emboscar a los desprevenidos para bombardearlos a huevazos, agua, jabón, harina de trigo, talco y barro, e incluso hundirlos en una fosa pestilente en una especie de orgía escatológica.

Hubo una época “dorada” para la celebración de los carnavales en Caracas: fue a mediados del siglo pasado

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Hoy, en medio de las precariedades económicas, las deficiencias de los servicios públicos y la pandemia, es impensable desembocar en una batalla similar, pues con esos ingredientes se podría alimentar a varias de las familias asediadas por la escasez y la inflación.

Sin embargo, la alegría espontánea de los niños aún permite imponer el júbilo a las comunidades caraqueñas, cuando lunes y martes de carnaval se lanzan en procesión con sus padres a exhibir sus disfraces en esa gradería azarosa que es la ciudad en cuarentena.

La bioseguridad y el distanciamiento social como disfraz

La hora de la tángana

Sabana Grande, que a partir de la expansión de Caracas hacia el este se convirtió en ruta vital de la bohemia capitalina, quedó para la memoria de los buenos tiempos y para improvisar la comparsa de la supervivencia.

Ese mismo bulevar fue, hace poco más de diez años, la exégesis de la barbarie cuando se impuso la temible modalidad de la “tángana”, que, pretendiendo emular el paroxismo de un sketch televisivo, garantizaba coñaza con salpicaduras de confeti al pendejo o pendeja que se dejara arrastrar por unos malandros validados por el mismísimo
Rey Momo.

No era sino un ardid del hampa ‒protegida por la buhonería‒ para cometer sus fechorías, cuando aún los 15 mil metros de bulevar no habían sido recuperados por la ley a través de la Alcaldía de Caracas y PDVSA La Estancia.

En Sábana Grande, antigua Calle Real que enlazaba a través de una senda polvorienta al cuadrilátero fundacional de Caracas con los alejados bosques de Chacao, los carnavales llegaron a ser las fiestas populares más arraigadas.

Por allí se dejaron ver los chamitos disfrazados del Enmascarado de Plata, Tarzán, El Llanero Solitario, Batichica, Transformer, disparándose entre sí proyectiles de serpentina y papelillo y bombas de agua, antes de que apareciera la marabunta buhoneril, la liviandad del caos y la impunidad de cierto tipo de criminalidad.

Por ahí pasaron princesas del barrio disfrazadas de hadas madrinas y las vedetes del cine y la televisión en paños menores, elevando la líbido del público masculino que exigía más lujuria y menos disfraz.

La Agrupación El Tercer Planeta en la urbanización Rafael García de Caricuao foto Carlos fernadez

En el interior del país, por su parte, los carnavales mantienen aún hoy su vigor gracias al tono popular y comunitario de su origen. En el estado Zulia se despliegan Los Mamarrachos y Los Viejitos; en Trujillo se representa el Baile de los Enanos y la Muñeca de La Calenda; en El Callao se escenifican los carnavales más vistosos y alegres del país, con representaciones de Diablos y Madamas al compás del calipso y el recuerdo de la Negra Isidora; en Naiguatá y muchas poblaciones costeras se acaba la jornada con el Entierro de la Sardina; y en Guatire son los Gorillian Boys los que, al compás del redoblante y los pitos, sonando la samba, sostienen las festividades con espectacularidad y tradición.

Bioseguros

Este 2021, hacia el primer año del decreto de cuarentena nacional por la pandemia, los carnavales llevan la prescripción de la bioseguridad y el distanciamiento social como leit motiv. Es difícil, bajo ese condicionamiento, pensar en fiestas desbordadas, mucho menos salvajes.

A lo sumo, el gobierno nacional y municipal, a través de la Alcaldía de Caracas y la Misión Cultura, establecieron algunos ejes para la celebración bajo las más estrictas medidas sanitarias, y así evitar un repunte de los contagios por coronavirus.

Nada más y nada menos se prohibieron los conciertos, comparsas y desfiles, así como los actos masivos y fiestas. Con ello, se garantizó el recogimiento de cuando los días del obispo Madroñero y Caracas tomó nuevamente, trescientos años después, el aspecto del reducto monástico de los días en que se temía a la Peste Negra.

Sin embargo, la gente sabe cómo procurarse alegrías, aunque sea en cuotas mínimas y furtivas, y el 7 de febrero se realizó la elección de la reina de carnaval de la urbanización Rafael García Carballo, sector 1, en Caricuao, gracias a la colaboración de varios parroquianos independientes y la agrupación Tercer Planeta, que tomaron la iniciativa de recuperar las tradiciones para integrar a la comunidad. Allí escogieron a tres beldades, Valentina Rivero, Sleicaryth Terán y Shantal Velázquez, como las más bellas de entre 30 niñas y adolescentes.

Así pasó en casi toda la ciudad, donde la alegría de vivir, llueve, truene o relampaguee, se resume en lo que dice la canción que entonaba Celia para ponerle buena cara a la contrariedad: “Ay, no hay que llorar / Que la vida es un carnaval / Y es más bello vivir cantando”.

En Caricuao los parroquianos decidieron continuar la tradición

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