ÉPALE291-CCS MONTE Y CULEBRA

Tal vez por el oficio y la obsesión de mi ancestro más cercano, mi primera fascinación genuina fue eso de coger carretera. Luego vinieron otras fascinaciones, por supuesto. Pero cuando esté a punto de retirarme de esta vida (suponiendo que ese retiro vendrá al final de una vejez más o menos larga; es decir, cuando ya no pueda coger otra cosa) estoy seguro de que esa seguirá siendo mi fascinación primordial.

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No es una cualidad o peculiaridad individual que sienta exclusiva; la humanidad en pleno se ha fascinado desde siempre con ese acto e impulso atávico del viajar para descubrir, conquistar, liberar, conocer. Me vienen a la mente los relatos homéricos y también las cosas que se saben o que nos han llegado de aquella Ruta de la Seda que conectaba a varias civilizaciones. Los chinos creían que esos bichos cuadrúpedos que ellos montaban (unos animalitos tiernos de la estatura de un hombre mediano) eran caballos, hasta que los contrabandistas, comerciantes o bachaqueros de aquella cultura se tropezaron con los caballos árabes (bestias colosales de 500 y 600 kilos) y dejaron de caerse a mentiras.

Me viene a la mente también la descubridera de gentes y cosas cosas en ojos (y según el criterio) de los colonizadores españoles de hace cinco siglos, y la forma más o menos desprovista de malicia en que los nativos de acá los fueron descubriendo al mismo tiempo, en un viaje colectivo hacia la tragedia. Viajar: transformarse, trastocarse, renacer o morir.

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Se ha puesto de moda un dicho atribuido a Unamuno, según cuya propuesta el racismo se cura viajando. Mentira rotunda y palmaria, que Unamuno o quien haya sido puso a rodar sin percatarse de que el viajante lleva muchas cosas consigo, en sus adentros, y que algunas de esas cosas no desaparecen ni se modifican sino que se potencian: el viaje de los invasores y destructores de culturas produce monstruosidades si monstruosa es la misión que los lleva a recorrer el mundo.

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He presenciado últimamente episodios idénticos de neoemigrantes venezolanos: grupos de cinco, seis u ocho jóvenes de una sola localidad (los más recientes, muchachos de Escuque, en Trujillo) armados de curiosidad y ansia de aventura, lanzándose a la frontera porque quieren llegar a Ecuador o a Perú. No los vi hambrientos de comida pero sí de experiencias fuertes: los comprendo porque viajar es una aventura fascinante. Ellos cogen carretera porque han oído que otros lo han hecho, y todo el mundo en algún momento ha querido conocer otros países. Pasarán roncha y tal vez alguno corone los centavos que tiene en mente ir a buscar.

Mientras tanto, nadie o muy poca gente explorará hasta la raíz las motivaciones de ese impulso viajero: a todos los meterán en un saco y les atribuirán necesidad de huir de la miseria; de ninguno o de muy pocos se dirá que se largan porque les da la gana de gozarse los placeres de coger carretera. Ojalá al regresar algunos echen su cuento y nos canten sus reales vivencias.

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