POR JOSÉ ROBERTO DUQUE •@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

En el pueblo le dicen El Trujillano. Vive en las afueras de Altamira de Cáceres, aunque últimamente el cuerpo no le está respondiendo como antes, y como comienzan a aparecer síntomas de una vejez más o menos achacosa, ha debido acercarse al casco urbano y a dejarse ver más seguido, en casa de su hija. Es un campesino montañés recio, por lo general malhumorado y ÉPALE243-CCS MONTE Y CULEBRAfrancamente violento cuando lo hacen molestar. Este señor estuvo a punto de cambiar la historia de Venezuela, hace unos años.

El Trujillano formó parte de algunos grupos y organizaciones que no abandonaron del todo las prácticas guerrilleras, que andaban realengos y cabezacalientes en los años 90, incluso entrado este siglo. De aquellos años se recuerda su juntura con dos leyendas de la lucha armada venezolana: el altamireño Noel Ávila Jerez y el papá de los símbolos de la guerrilla, Elegido Sibada (Magoya). El Trujillano se incendió con esos verbos y con esos ejemplos, y de tanta travesía y aventura le quedaron algunos patrimonios, entre ellos la cautela, la rabia y las ganas de seguir combatiendo a los poderosos al modo romántico de antes: a plomo y en la oscuridad de esas montañas que él conoce tan bien.

Al agonizar el siglo XX y muerto su compañero Noel Ávila cayó en trance de clandestinidad y autoprotección, entonces se instaló en un rancho en la vía hacia Calderas. Guerrillero por vocación, por origen y por convicción decidió que un revolucionario de verdad no anda por ahí exponiéndose. Solo sus familiares y amigos más cercanos se acercaban a su casa; él los veía venir desde arriba, pues hay que caminar un trecho entre la carretera y la montaña para llegarle. Un día de 1997, muerto hacía poco el camarada Noel, vio acercarse por ese camino a un grupo de gente desconocida; agarró una escopeta, la cargó, empezó a mirar al grupo y apuntó para allá.

En los segundos siguientes hizo esfuerzos por reconocer a aquellas personas, pero en un primer momento no identificó a nadie. Así que siguió apuntando y galvanizándose en la convicción de que ningún intruso iba a venir a meterle mano. No después de la forma dura y triste en que liquidaron a Noel. En la mira tenía a los que encabezaban el grupo: una mujer y, a su lado, un hombre.

Estaba a punto de apretar el gatillo cuando volvió a mirar con atención al grupo, que ya venía más cerca. Entonces sí, reconoció a una muchacha con quien se había reunido alguna vez, en esos tejemanejes de la política y las luchas clandestinas. Decidió dejarlos vivir. Pero a más ninguno conocía, así que no soltó la escopeta. La muchacha lo saludó con afecto, pero él seguía mirando a los demás, rostro por rostro; ninguno le resultaba familiar. La muchacha intentó romper el hielo diciéndole que aquellos eran camaradas y que era importante que él los conociera. Comenzó a presentarle a uno por uno, empezando por quien venía a su lado:

—Mira, te presento al comandante Hugo Chávez Frías.

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