ÉPALE 223 MITOS

POR ANDER DE TEJADA / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Las preocupaciones relacionadas al advenimiento del año 2000 no solo eran para las mentes esotéricas, que constantemente rodeaban la idea de un apocalipsis dado por el cambio de milenio. También llegó a los terrenos de la computación y la informática, cuando algunas empresas desarrolladoras se dieron cuenta de que sus programas se manejaban temporalmente por tan solo dos dígitos. Esto quería decir que, en ellos, el siglo XX comenzó en el 00 y terminó en el 99.

Algunos afirman que fue por falta de preparación y por no poner la vista en el futuro. Otros dicen que quienes crearon los programas no pensaron que estos perdurarían con la llegada del nuevo siglo y el nuevo milenio. Aunque lo que priva es decir que ese sistema de dos dígitos era más sencillo y gastaba menos memoria. Pero se podría pensar, con todo derecho, que no se tomaron las previsiones necesarias para el nuevo año. Todo esto, en un momento, llevó a un caos generalizado: ya todo el sistema que interconectaba a la sociedad era electrónico. El software estaba diseminado. Las bocas de la nueva era estaban abriéndose a medida que el nuevo milenio nos olía y planificaba sus primeras mordeduras.

El temor era simple: los softwares que incluyeran dichas fechas podrían fallar ya que, al reloj marcar las 12, todas las fechas regresarían al 00, como si se tratara del año 1900. Para revertir esto, la industria informática revisó millones de líneas de código para asegurarse de que no sucediera una catástrofe. Si fallaba, por ejemplo, el software de alguna central eléctrica, todo lo demás, progresivamente, iría fallando también: algunos bancos perderían datos importantes, algunos transportes con uso de equipos informáticos fallarían, así como también las computadoras, fueran estas personales o no.

A pesar de toda la angustia, las consecuencias a nivel mundial no fueron las esperadas. Se puede imaginar una mesa llena de expertos tratando de resolver el tema, comiéndose las uñas con desenfreno. Se puede imaginar también a las autoridades del Estado pensando en cómo contener las angustias ajenas, en cómo enfrentar efectivamente esos momentos en que la tecnología deja mal al hombre. También se puede imaginar el anuncio de lo esperado. Así, como escrito en un cartel: “Las consecuencias’’. Después, se puede imaginar la distensión de los informáticos al darse cuenta de las cosas que pasaban: desde unas alarmas que sonaron sin razón alguna en Japón, justo después de la medianoche; pasando por una biblioteca que cobró un precio absurdo a unos lectores por, supuestamente, no haber devuelto los libros en cien años; hasta algunos problemas con parquímetros y tarjetas de crédito. Nada más grave. Nada tan terrible.

Rodolfo Castillo me dijo que lo único que dejó este efecto fue una nueva tendencia en nuestro país de nombres curiosos. Esta fue, como deben imaginar, una oleada de niñas llamadas Yedosca.

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