Celebraciones

Por Pedro Delgado / Foto Archivo

Llega marzo con un sinfín de celebraciones onomásticas insertadas en el calendario. Ya se verán a los Celedonio, Elpidio, José, Lucrecia, Balbina, Rodrigo, Olivia, etcétera, a tono de recordatorio familiar. Una de esas fechas, memorable por demás, es la del nacimiento del Generalísimo Francisco de Miranda, conmemorada el día 28.

Hace tiempo que en nuestro país se le da rienda suelta a celebraciones de cualquier especie, y las relacionadas con algún oficio siempre han estado en la cartelera anual. He aquí algunas de ellas, con una brevísima carga de acotaciones que nos hemos atrevido a señalar:

Día Mundial del Riñón (el 11). Con cuánto dolor en esa parte del cuerpo tendrían que recordar ese día los habitantes de lugares como Gramoven adentro, La Vega (y más), Carapita arriba, Caucagüita (¡uf!), Petare y dele que son pasteles; por solo nombrar algunos sectores capitalinos con tanta ruta llena de troneras, donde los yips y busetas tampoco aguantan el dolor de cardanes, trenes delanteros o rines al fragor de la diaria batalla.

Día del Comerciante (el 18). Cuántas jugosas ganancias obtienen estos señores a ritmo de dólar negro y al paso de guerra económica, sin nadie que los detenga para  darles un soberano parao y, además, una buena cana.

Día Mundial del Tratamiento del Sueño (el 20). ¿Y es que no hay autoridad alguna que le meta mano a tanto perturbador nocturno a punta de altisonantes decibeles convertidos en changa, champeta, trap, reguetón y demás yerbas expandidas en vecindarios que algunas veces fueron apacibles?

Día Mundial del Agua (el 22). Con cuanta pasión didáctica nos enseñó el comandante Chávez el deber ciudadano del ahorro del agua (uno de ellos, y eso cuando llega), para que tanto indolente se plazca despilfarrando litros y más litros al sólo lavar el carro o la moto, y ni se diga la flojera de arreglar una tubería casera averiada.

Día del Empleado Público (el 22). Con la consabida frase de “sólo son una minoría” no podemos adornar este comentario porque, a decir verdad, es bastante la tela para cortar ante tanto reclamo de usuarios de servicios públicos maltratados verbalmente (y a veces hasta en forma física), indiferencia, ruleteo, citas extensivas difíciles de cumplir y otras perlas.

Entonces, ¿será que la gente deberá acogerse a aquel reclamo de tan resignado tono bíblico: “Que Dios nos coja confesados”?

ÉPALE 366

Previous article

Chatarreando