POR FREDDY FERNÁNDEZ@FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

FILO Y BORDEEl cielo estaba limpio. Ni una mota de nube se asomaba. Atrás había quedado Santo Domingo y en la ruta hacia Barinitas, en las laderas de las montañas, rebotaban las canciones de Alí Primera y Mercedes Sosa. El viejo Víctor me iba adoctrinando con anécdotas de la lucha contra Pérez Jiménez y de la guerrilla de los años 60. El rústico color mostaza del Partido Comunista de Mérida, remendado mil veces, nos servía de escuela.

En alguna curva Víctor recordó que en Pueblo Llano vivía un camarada del que no había sabido nada. Su memoria decía que era más allá del pueblo, como por la trocha que va a Las Mesitas, un poco antes de llegar a la zona que parece un pedazo de la Luna. Dimos con el hombre. Un campesino como de 1,80 de estatura, fornido, como forjado a yunque y porra, que reconoció a Víctor sin esfuerzo. Nos invitó a desayunar en su casa. Era 1980 o 1981. Rememoraron los días en que actuaron juntos. La clandestinidad, la organización de juntas promejoras en los barrios, la liga de bolas criollas, las persecuciones, las torturas que le hicieron a Víctor.

Desde 1965 había perdido todo contacto con el PCV. Un año antes había muerto su padre y regresó al pueblo a encargarse de las cuatro hectáreas de las que vivía su familia. Sin éxito, intentó contactar al aparato clandestino del Partido.Víctor preguntó si no lo había buscado la policía. Respondió que una vez vinieron dos policías a buscarlo. Gente que él conocía de allí, de Pueblo Llano. Amigos desde la infancia. Que su arrechera había sido tan grande que, viendo que la camioneta estaba un poco inclinada en la vía de tierra, la empujó y la volcó. Después les dijo que si querían que lo mataran, porque él no iba preso. Se quedó dos meses donde un compadre. Pasó cinco años sin ir al pueblo. Tuvo siete hijos. Cuatro estaban vivos. Tres le había quitado la miseria.

Pidió su reingreso al Partido. Víctor dijo que el PCV no tenía a más nadie en Pueblo Llano y que le iba tocar a él crear una célula.

Ese hombre había vivido cualquier cosa en la más absoluta soledad política y allí estaba, dispuesto a darlo todo a cambio de nada, a retomar su vida de militante como si la interrupción hubiese ocurrido ayer. Hoy creo adivinar, a veces, a compañeros heridos en su ego porque no están en determinada responsabilidad, porque no brillan tanto o porque no han recibido el reconocimiento que creen merecer y recuerdo esta historia.

Frente a esos egos, mi mente se escapa hacia aquel rincón del viejo Pueblo Llano. Es una cocina humilde, oscura y fresca. Hay café con papelón. Hay dos tipos que organizan la lucha de una causa que, en aquel momento, carecía de cualquier esperanza racional. Yo estoy sentado: un niño asombrado por la dignidad y el compromiso de sus mayores.

 

ÉPALE 242

Artículos Relacionados