Cervantes y sus molinos

CIERTA INCLINACIÓN VESÁNICA DE SU FAMILIA A LOS VIAJES Y LAS MUDANZAS, DEBIDO AL PERMANENTE CAMBIO DE RESIDENCIA, HIZO QUE CERVANTES CRECIERA NÓMADA Y DISPERSO. Y TAMBIÉN UN POCO VIOLENTO Y REBOTAO

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE •  @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

A Miguel de Cervantes lo marcó la muy probable fecha de su nacimiento (29 de septiembre), desde sus simbologías más hondas. Tradición muy española y muy católica esa de ponerles a los hijos el nombre de los santos, según el día en que nacieron. Así, como el acta de bautismo de Miguel tiene fecha 9 de octubre de 1547, pero no dice la fecha de nacimiento por ninguna parte, se ha establecido que el muchacho seguramente nació el día de San Miguel. De paso, el arcángel protector de los ejércitos cristianos debió haber influido en la vocación del futuro combatiente, a quien también le dio por ser escritor. Digamos que San Miguel lo influyó, pero no le dio tanta protección como debía; más adelante contaremos un par de chismes sobre cómo el ángel abandonó a su tocayo hasta que le dio la gana.

También lo marcó cierta inclinación vesánica de su familia a los viajes y las mudanzas, así que, debido al permanente cambio de residencia, el chamo creció nómada y disperso. Y también un poco violento y rebotao. Su primer problema serio con la justicia tuvo lugar a los 27 años de edad, en 1569; parece que se enfrascó en una coñaza con un bicho cualquiera en las calles de Madrid y lo hirió con algún cuchillo o espada, y la pena por usar un arma cerca de la casa del rey era la amputación de la mano derecha. Hemos llamado “justicia” a la estructura que aplicaba leyes en ese entonces; es hora de aclarar que se trataba de la santísima Inquisición. Como sentía cierto afecto por sus manos salió huyendo. Y como buen Miguel, en su huida se hizo soldado en Italia y terminó enfrascándose en la guerra.

Bueno para pegar carreras y bueno para pelear, pero un poco torpe para hacer ciertos cálculos. Salvó la mano derecha, pero dos años después de ese logro le destrozaron la izquierda en la batalla de Lepanto, célebre y gloriosa victoria de la flota española contra los turcos. De allí el apodo que lo acompaña hasta hoy: El Manco de Lepanto. Pudo haber hecho cosas más notables en la guerra pero, lamentablemente, debió seguir haciendo carrera militar a media máquina, lo que no le impidió seguir combatiendo a las órdenes de Juan de Austria y otros mandamases de la época. En septiembre de 1575, armado con cartas de recomendación y reconocimientos por su desempeño en la singular victoria de Lepanto, se devolvió a España para reclamar un ascenso a capitán, y aquí fue cuando el arcángel de mierda comenzó a sabotearlo: la embarcación en la que viajaba se perdió en una tormenta y, cuando esta medio se hubo estabilizado, fue atacado por corsarios berberiscos. En la coñaza que se formó a bordo el capitán del barco español resultó muerto y Miguel fue hecho prisionero junto con su hermano y otros soldados y tripulantes.

Cuando sucedía este tipo de cosas los prisioneros entraban en un circuito de trata de esclavos y de canje de prisioneros, pero cuando el albanés que lo había capturado leyó las cartas que Cervantes cargaba encima se lo quedó para él, pues supuso que se trataba de un carajo muy importante y de familia acomodada. La realidad era que su familia andaba mamando, como él mismo, y cuando logró hacer contacto con los secuestradores empezaron a hacer colectas y a rematar unos pocos bienes para reclamar el rescate de los dos hermanos. A Rodrigo, el hermano, lo pudieron rescatar dos años después de su captura, pero al malportao de Miguel lo dejaron tres años más, entre otras cosas porque intentó fugarse varias veces y porque el dinero que recaudó la familia servía para sacar de la cana a uno solo.

Luego de otro período de castigos, aislamientos y más sacrificios de la familia, pudo al fin regresar a España en 1580. Tenía 33 años de edad y ya tenía 12 entre la guerra y la prisión; algo es algo.

Como las cuestiones del temperamento no se curan así como así, al regresar, Miguel se metió en problemas de todo pelaje: deudas, acusaciones de robo y estafa, encuquetamiento y empreñamiento de una mujer casada, escritura de unas novelas y comedias. Comenzó, de pronto, a descubrir que no era ni tan malo en eso de la escritura y que en ese oficio ganaba algo de dinero sin joderse tanto echando tiros y navegando en un mar preñado de moros; renunció a su carrera militar, fue preso varias veces más. Una de esas ocasiones fue porque su familia encontró moribundo a un hombre frente a su casa y sus hermanas cometieron el error de socorrerlo: el hombre murió en la casa de los Cervantes y todos fueron a parar a la cárcel. Y la otra, porque el capitalismo estaba más o menos nuevo y sucedían cosas como esta: Miguel había sido nombrado recaudador de impuestos y todo lo que cobraba en nombre del erario lo metía en un banco. Pues el banco quebró y el más güevón tuvo que responder por todo ese centavero: preso otra vez, como tantas veces en la vida.

Esos fueron los molinos de viento de su desgracia. Viajero, combatiente, apasionado y, por sobre todas las cosas, pobre y mal administrador. Y, en una de esas, escribió la novela cumbre de la lengua castellana, que tampoco lo sacó de la pobreza.

Ya cuando estaba al borde de la muerte trascendió en una conversación de un alto funcionario de la corona con personalidades de la embajada francesa, quienes solicitaron información sobre ese señor autor de El Quijote. Cuando escucharon quién era y en qué condiciones lamentables estaba, dijeron: “¿Y a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?”. “Si la necesidad le ha de obligar a escribir, plaga a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo”.

ÉPALE 342