Chávez como tú

En Caracas, la cumpleañera, pero también alrededor del mundo, Chávez jugó a un compadrazgo que lo acercó siempre al pueblo llano en episodios a veces inauditos. Era tan pana que casi tod@s tienen alguna anécdota con él

                                Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano                                                    Fotografías Michael Mata • @realmonto y  Alexis Deniz • @denizfotografia

Un Chávez de carne y hueso, material y palpable, se dejó tocar por sus seguidores antes y durante su poderosa estadía sobre este mundo, acumulando la reserva emocional necesaria para convertirse en leyenda.

Pero lo que es mejor, tocó y abrazó a quienes lo permitieron derretidos por su encanto, hasta conjurar la sacralizada argamasa de su misticismo, como el minotauro que fue, embistiendo la “normalidad” que implica la envestidura de primer mandatario nacional al punto de que difícilmente haya alguien que no tenga alguna anécdota propia o cercana junto al gobernante nacido en Sabaneta, Barinas, el 28 de julio de 1954.

Ya es casi un lugar común recordar que Chávez tuvo una energía tan fuerte que nunca pasó desapercibido ni para sus seguidores fascinados, ni para sus más acérrimos detractores que hicieron de él blanco de terribles maledicencias y a la vez objeto de una contradictoria clemencia, producto quizás de las inmensas verdades que ventilaba en su prédica.

Como otro capítulo de su halo arrebatado, resulta increíble que al completar el ejercicio de consultarle a varios espontáneos casuales por una anécdota relacionada con el Comandante, todos a la primera, sin la menor duda y absolutamente entusiasmados contaron un hecho (y hasta dos o tres) donde Chávez tuvo el máximo protagonismo.

Un Chávez de carne y hueso, material y palpable, se dejó tocar por sus seguidores

Primerísima persona

Quien escribe sucumbió ante la fuerza demoledora de su energía y la seducción de su puesta en escena, cuando ese Chávez invulnerable recorría el país en su primera campaña electoral y uno era apenas un lampiño periodista de provincia haciendo sus incipientes ensayos en una radio local. Fue un estropicio para el ego de quien soñaba ser una figura cimera de la comunicación social, cuando por dos horas estuve intentando hilar ideas, sudando, encerrado en una cabina con transmisión en vivo junto a esa bestia sedienta de justicia que desbarató mis pobres argumentos, reescribió 200 años de historia patria frente a mis narices y fue capaz de darme un abrazo de despedida como el viejo amigo que se marcha para volver al día siguiente. Varios años después pude repetir el estremecimiento corporal con la sacudida de un simple apretón de manos durante la entrega de un premio nacional de periodismo y en 2013, fui víctima del choque eléctrico que significó para el país su último recorrido por las calles abarrotadas y deprimidas de Caracas, hasta que lo dejé naufragar sobre los brazos de una ciudad en llanto que lo veló en la Academia Militar y lo sembró en el Cuartel de la Montaña.

Las anécdotas abundan, sobre todo de un Chávez que lo mismo recorría Caracas manejando un vehículo oficial o cualquier otro que le permitiera pasar desapercibido, o vulnerando el protocolo en cualquier otra parte del mundo donde los anillos de seguridad no se daban abasto frente a su impulsividad caribe.

Las anécdotas abundan, sobre todo de un Chávez que le gustaba burlar el protocolo

“¿Tú eres Francisco?”

Chávez acumuló la reserva emocional necesaria para convertirse en leyenda

Con especial gracia nos cuenta Francisco Aguana, uno de esos grandes cronistas de la ciudad, un episodio pintoresco con un Chávez informal, que un día de 2010 lo llamó por su nombre a la altura de uno de los accesos a la avenida Sucre desde la autopista a La Guaira. Notó que algo extraño pasaba pues la cuadrilla de limpieza que aseaba la avenida estaba demasiado bien puesta, uniformada, y no quedaba ni un buhonero en las calles. Pensó, “estos carajos parecen tombos” y se quedó a ver en qué terminaba aquello pues por entonces grababa unos micros para Facebook que llamaba Mirando a la gente que pasaba con episodios de su amada Catia. De pronto se estacionó una inmensa camioneta negra a su lado y de su interior se bajó un tipo exageradamente confianzudo que lo encaró: “Mira, ¿tú eres Francisco?”. “Sí”, atinó a responder, sacando cuentas hasta convencerse de que se trataba del mismísimo Comandante en persona. “El carajo sigue malandreándome y me dice: ‘Pero bueno, ven acá’, aunque con la mente trastabillando pensé que si me acercaba me darían unos coñazos porque era el presidente”. Cuenta que aquel hombre inmenso se le acercó, le estrechó la mano y lo recargó de energías. “Yo sentí de verdad su afecto”. Atrapado por la intriga, no le quedó más remedio que preguntarle cómo es que sabía su nombre. “Eso es pa’ que tú veas, yo estoy enterado de toda vaina”. Luego de algunas risotadas le confesó que era joda, pues unos minutos antes, a la altura de la pasarela de El Limón, había recogido a unas estudiantes para darles la cola y fueron ellas quienes señalaron a los lejos al profe Aguana. Chávez insistió: “¿Y tú conoces a Maduro?” que estaba sentado a su lado, a lo que respondió: “Síííí, pero yo lo conocí cuando estaba más flaco en las asambleas de barrio”. “Ah pero tú tienes tiempo echándole bolas”, dice Francisco Aguana que le dijo Chávez, a lo que aprovechó para denunciar los estropicios sobre algunas escuelas del entorno que estaban siendo reparadas. Su sorpresa fue aún mayor cuando el gobernante lo mencionó como ejemplo de maestros, con nombre y apellido, el domingo siguiente, en el Aló Presidente.

“Así solo camina el diablo”

El fotógrafo Enrique Hernández también cuenta, entre nostálgico y divertido, la vez que se lo tropezó una madrugada de París mientras cubría con la Agencia Venezolana de Noticias (Venpres) alguna de las giras presidenciales. Estando de guardia, Enrique salió a la calle a intentar atrapar algunas estampas de los Campos Elíseos y mientras se distanciaba de un punto focal caminando hacia atrás, oyó cuando alguien lo increpaba: “Epa carajito, no camines pa’ atrás que así solo camina el diablo”. Era Chávez, quien le pidió que lo acompañara a buscar la inscripción de Francisco de Miranda sobre el Arco del Triunfo y así estuvieron largo rato sin ningún resultado porque es casi imposible hallar alguna rúbrica en ese berenjenal de nombres. También recordó Hernández que saliendo de la ONU en 2005, luego de su famoso “aquí huele a azufre” pronunciado contra George W. Bush, lo tropezó casi de frente y se mantuvo junto a él por dos eternos minutos, que aprovechó para declararle su admiración y orgullo por las palabras que acababa de pronunciar en el hemiciclo frente a las más grandes potencias del mundo.

“Pasaron rozando los sukhoi”

Wayo, músico y periodista, resulta muy gracioso cuando se remonta a un desfile de un Día de la Juventud en La Victoria junto a distintos líderes sociales y contraculturales de todo el estado Aragua, con énfasis en los muchachos que patinaban, hacían grafitis, rap, reggae. Esta vez, fue el artista quien rompió el protocolo e intentó acercarse a Chávez que al verlo aproximarse se dirigió a su vez hacia él para saludarlo particularmente, pero todo cambió cuando los demás se percataron de su proximidad y se fueron en cambote a su encuentro. Cuenta Wayo que en ese momento los impulsos espirituales que solían acompañar al Comandante se dieron cita en ese lugar, frente a la tarima principal abarrotada de militares y guardaespaldas, y de pronto “lo que pasó fue único –explica- porque justo cuando nos acercamos a Chávez pasaron rozando los sukhoi con una fuerza de atracción tan poderosa que tumbaron el techo de la tarima y se levantó el tierrero, todo como en una coreografía sacada de algo místico”.

La catalina blanca

Ramona, en San Antonio de Los Altos, es una de esas matronas curtidas que ha labrado su vida a punta de granjería criolla. Hace unas catalinas blancas cuya receta escuda con celo, pero fue lo único que pudo ofrecerle a Chávez la vez en que recorrió esos parajes montañosos de los altos mirandinos en el marco de una actividad oficial. La tomó agradecido, como hacía siempre, y se la entregó a uno de sus edecanes para que la resguardara mientras pasaba la agitación del evento. Pensando que al Comandante se le olvidaría, se repartieron trozos del manjar hasta que Chávez mandó a pedir su postre en horas de la noche. Al verse descubiertos encomendaron a una comisión urgente para ir a buscar una catalina blanca para el presidente en los altos mirandinos y no regresar sin ella, lo cual se cumplió a rajatabla no sin antes echarle el cuento a la mujer.

Chávez tuvo una energía tan fuerte que nunca pasó desapercibido ni para sus seguidores

ÉPALE 471

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