Chávez en todas partes

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Todo empezó la tarde del señor en que el papá de mi amiga me remitió una misteriosa imagen desde su celular, un adminículo primitivo de los que llaman “tostoncito”, con la pregunta engañosa: “¿Qué ves?”.

Como no teníamos aún demasiada confianza (hoy tampoco), no me atreví a responderle lo que en realidad veía: una mancha, una vaina difusa, un pegoste de mierda. Le indiqué, como réplica piadosa, que veía muchas cosas a la vez.

“No puede ser que no te des cuenta, tú, que lo amaste como a un padre”. Bueno, sí, yo amo las caraotas aplastadas con tenedor, no tanto como padres, pero sí como relleno apetitoso. También amo las manchas del colchón porque, las más de las veces, son el recuerdo imborrable de homéricas aventuras domésticas. ¿Pero, ese pegoste?

Confundido, persuadido e instigado, no tuve más remedio que devolverle la inquietud: “¿Qué es?”. Debieron pasar dos segundos angustiosos, de esos que valen por siete horas de horror, para que me rembolsara las revelaciones de un evangelio apócrifo: “Es la imagen de nuestro comandante Chávez, que se me reveló sobre la arepa quemada”. “Verdad que siiiiiiiii” enfaticé, como quien lanza una brazada de ahogado.

Desde el mismo momento de su desvanecimiento físico, Chávez entró en la categoría de mito. Lo fue casi siempre: Chávez el gigante, incorpóreo, omnisciente, dador, portentoso, afortunado, viril, invencible. Todas esas adjetivaciones en las que casi ningún mortal calza, a menos que sea el producto de una argamasa de dioses griegos como los hijos de Zeus y Heras: esa parranda de muérganos invencibles llamados Hefesto y Ares, y Hebe, la hembrita.

“Chávez está en todas partes” dijo el mismísimo Maduro en 2013, cuando en un acto oficial afirmó haber visto la materialización de su rostro sobre una pared de uno de los túneles excavados para ampliar una línea del Metro de Caracas. Días antes lo había visto en un pajarito que le sobrevolaba; días después lo vio sobre las paredes encumbradas del Waraira.

Quienes le conocimos, tenemos la seguridad de que no era un ser de este mundo. Pero la mayoría, que no alcanzó jamás a interpelarlo personalmente para recibir en carne propia su estremecedor poder radiactivo, tenía la percepción de que se trataba de un místico.

Sus facultades de divinidad, eternizado a partir del 5 de marzo de 2013, lo han posicionado en las más altas cumbres de lo incorpóreo, como un José Gregorio Hernández de estampita, o un San Judas Tadeo dibujado sobre una filtración de la pared del baño. Para los entendidos, Chávez es omnipresente.

ÉPALE 404

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