Cheo García la voz de trueno majestuosa

Con este guarachero de voz asombrosa, por la potencia, lo afinado y lo genuinamente sentido de la interpretación, ocurre lo que con los ídolos más grandes de la canción: hay gente que se sabe las canciones que interpretó sin haberlas escuchado. Existe un incosciente colectivo; en ese territorio misterioso de los afectos del pueblo se encuentra Cheo García, la voz emblemática de los diciembres de la Billo’s.
La voz de Cheo llegó a los diciembres venezolanos para quedarse. Puede que muchos paisanos de este tiempo no sepan el nombre de ese tipo que truena en cada pieza: La vaca vieja, Pa Maracaibo me voy, Toy contento, El profesor Rui Rua, Magallanes será campeón, Pensándolo bien y docenas (dicen que centenares). Pero todo el mundo las cantó o las bailó. Doy fe de lo que significó la orquesta de Billo Frómeta y el registro vocal de Cheo para las generaciones que hoy tienen 30 años de edad, y más; los jóvenes tendrán que hacer, después, su propio recuento.
El boom comenzó en los años 50 y se vio un poco interrumpido en los 60 debido a un veto que recayó sobre Billo Frómeta; dicen que los adecos le pasaban factura por haber tocado tantas veces en el Círculo Militar para las huestes perezjimenistas. A punta de calidad, la orquesta se abrió paso y volvió a ser el emblema venezolano del ritmo, a pesar de la irrupción de un género que se abría paso en los 60 y los 70: la salsa, y los salseros ortodoxos decían no gustar mucho de esa “música gallega” y un poco burguesa que era la música de Billo. Pero, igual, ambas visiones y sentires musicales convivieron y se abrieron paso.
De las cantadas por Cheo García hay muy pocas canciones que no se convirtieron en éxitos. Porque a la magia del compositor, casi siempre el propio Billo, hay que sumarle el duende, la chispa y la magia tropical que le ponía el maracucho. Dicen (nunca lo vi en persona) que en tarima era un asunto mayor, un prodigio de otros quilates. Sonrisa permanente en los labios, explosivo y carismático, era imposible estar en una de esas parrandas y no salir a bailar cuando el tipo empezaba con lo suyo. Su misión en la Billo’s era cantar guarachas y porros, los ritmos alegres y explosivos. El departamento del bolero les correspondía a Felipe Pirela, José Luis Rodríguez y otros cantantes que después fueron leyenda. Pero una vez le dieron chance de cantar un bolerito, para variar, y ahí también se botó.
Era feo el carajo. La cara de Cheo García era la mejor demostración de lo que le pueden hacer los fuegos interiores a un rostro sin destruirlo, y qué gran arrechera me da tener que confesar que esa imagen no me pertenece, que la escribió Juan Villoro a propósito de Keith Richards.
Cuando se fue de la Billo’s ocurrió lo que ocurre con las grandes instituciones de la música, las de auténtica solidez: ni Cheo ni la orquesta sufrieron en lo más mínimo y cada quien continuó matando la liga en los escenarios. Cheo pasó por Los Melódicos y por un invento llamado La Gran Orquesta de Cheo y Memo (con Memo Morales).
En sus años finales sobrevino esa bicha que siempre llega: la decadencia. Que, en su caso, vino montada en el mucho trasnocho, el mucho aguardiente y una afección pulmonar. Con todo, en la recta final de su carrera el hombre se montaba en ese escenario a cantar con la potencia y la entrega de sus mejores años, en clubes nocturnos, adonde lo invitaran. Su esposa dio cuenta en una entrevista de la charla que tuvo con un médico quien trató, por dos horas, de convencerlo para que se tomara un descanso. Cuando salieron del consultorio, el médico le dijo a la esposa: “No va a tomar reposo. Cheo va a morir con las botas puestas”.
El cantante se puso las botas el 12 de noviembre de 1994 en una madrugada fría y neblinosa, en una fiesta en un club de Paracotos; allí llegó tosiendo y asfixiándose, pero a la hora de subir a la tarima se olvidó de la enfermedad y su voz tronó majestuosa, como siempre.
La última canción que cantó esa noche, y en su vida, fue aquella que comienza así:
Pensándolo bien
tu cumpleaños no es cada año:
tu fecha de nacimiento es la madrugada
por eso te felicito y me felicito cada mañana.
Pensándolo bien
eres más que un rato, eres todo el tiempo…
Al salir de allí tuvo un episodio de asfixia y salió del lugar en una camilla.
El 20 de diciembre de 1994 dicen que se apagó esa voz, pero por ahí anda todavía: pare la oreja este diciembre porque seguro, segurísimo, la va a escuchar en todas partes.

Por José Roberto Duque • @JROBERTODUQUE / Ilustración Forastero LPA