TRAS EL DISCURSO POR RODOLFO CASTILLO • @MAGODEMONTREUIL

ÉPALE316-TRAS EL DISCURSOEl centro de gravedad del filme La reina (Reino Unido, 2006), dirigido por Stephen Frears, constituye la edificación de una semblanza más humana de un figura aristocrática; esto, producto de la muerte de un exmiembro de la realeza: el trágico fallecimiento de Lady Di. En esta breve “renuncia” a su noble condición, el personaje se muestra lleno de dudas: odia y pasa por un pseudoproceso de contrición, todo con el fin de lavar la cara de una de las estructuras más anacrónicas de la actualidad: la monarquía. Por supuesto, la cinta es toda una oda a una metamorfosis… para que no cambie nada; postura que se encuentra en total consonancia con el proyecto político de ese entonces: la Tercera Vía, que no fue más que un pote de humo para perpetuar el establishment imperante.

En principio, la ópera bufa se mantiene cuando se  plantea la pretensión del cambio de una monarquía por la “nueva realeza”: el poder político y económico, reflejado en la triste y deleznable figura de Tony Blair, flamante primer ministro británico laborista luego de dos décadas de dominio conservador. En él se presentan todos los síntomas de la falsa renovación al practicar la más bajas y viles conductas, mismas que van más allá de lo, incluso, políticamente aceptable, sospechando que existe algún tipo de código en este respecto. En este sentido, los mohínes aristocráticos de la reina hacen que la nobleza le gane la partida al plebeyo advenedizo: supuestamente, su condición real no le permite caer en bajezas de ninguna índole. Frears se hinca ante su majestad cuando, ya en las postrimerías del filme y luego de mostrarnos a la reina Isabel II como una adefesio que tiene que ser defenestrado del sistema social inglés, recurre a una patética escena totalizadora: en las exequias de la “Princesa del Pueblo”, Diana —a las que estaba tan reacia a asistir—, en el sitio destinado para las ofrendas florales una niña de la multitud le alcanza unas flores; la monarca sospecha que son para ofrendarlas pero la pequeña le hace saber que son para ella. La metáfora es evidente y, también, muy mediocre: el futuro del Reino Unido de Gran Bretaña se rinde ante su faraona. Solo que las venideras generaciones habrán de tener la última palabra y, definitivamente, se decantarán por un sistema de gobierno más democrático.

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