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POR RODOLFO CASTILLO • @MAGODEMONTREUIL

Barry Seal (EEUU, 2017) es otro de esos filmes en donde se intenta desacralizar la lucha contra el tráfico de drogas mediante una postura de extremo pragmatismo, esto es, se lleva al paroxismo la maquiavélica frase “el fin justifica los medios”: ser piloto comercial no da para mantener a una familia. En este sentido, se nos presenta a un protagonista (en la piel de Tom Cruise quien, a decir verdad, construye una aceptable interpretación) bastante inescrupuloso que trabaja para una pléyade de patronos no menos deshonestos; a saber: la CIA, la DEA, el Cartel de Medellín, Manuel Noriega y el Gobierno norteamericano, creando así un entorno —literalmente— mafioso.

La narración fílmica se sustenta en las grabaciones por parte de Barry Seal de sus “memorias”, lo que representa una suerte de “legado americano” de la cultura de las drogas. La cinta, no conforme con ser una apología al consumo también lo es, y de manera fundamental, al tráfico y al negocio de los estupefacientes. Obviamente, la industria cultural estadounidense le da un fuerte espaldarazo al negocio, considerando, sin duda, las ingentes ganancias que arroja el deleznable comercio y su peso específico dentro de producto interno bruto de la economía gringa. Y para maquillar la inconmensurable hipocresía que significa que el mismo país que enarbola como bandera la lucha contra el narcotráfico y, a la vez, use el dinero que este reditúa para adquirir armas para la contra nicaragüense, el filme hace uso de cierto halo de comedia —en el sentido de lo grotescamente cómico— para restarle cualquier tipo de dramatismo al planteamiento central.

Las cómodas ambivalencias éticas (solo en América, solo dentro del liberalismo económico y para que mi familia no pase hambre) sirven como perfecto justificativo para la mercenaria conducta de Barry y, en general, de todo el sistema. Si bien no tiene reparo en denunciar a todos los componentes de la sociedad norteamericana que participan y se benefician del negocio de la droga  —aunque, insistimos, se trate de una denuncia disfrazada de pseudocomedia—, no es menos cierto que soslaya un elemento importantísimo durante el tráfico que se desarrolló en aquellos tempranos años 80 desde Colombia: el director de la Unidad Administrativa Especial de Aeronáutica Civil o Aerocivil: Álvaro Uribe Vélez. Esta vital omisión no resulta, en lo absoluto, hilarante.

EPALECCS303

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