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ALGO TIENEN EN COMÚN LOS CONQUISTADORES E INVASORES IMPERIALES: CUANTA COSA O COSITA SE TROPIEZAN POR CASUALIDAD LA DECLARAN SUYA, DESCUBIERTA Y DEVELADA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / COMPOSICIÓN TATUN GOIS

La crónica escrita más antigua de la que se tienen noticias, respecto al “hallazgo” de esta masa continental donde vivimos ahora, proviene de los vikingos. Según un documento llamado Saga de los groenlandeses (habitantes de Groenlandia) hubo un Erik el Rojo que huyó a ese peñasco helado por problemas en su natal Islandia, hacia el año 985. El hombre fue a exiliarse allá, junto con sus hijos, cuando comenzaba a florecer el comercio de marfil y otros rubros. Había un bachaquero o comerciante que comenzaba a hacer su ruta entre esos dos territorios, llamado Bjarni Herjólfsson. Por favor, no intente pronunciar ese nombre si no quiere mutilarse la lengua, pero almacene este dato (como en su momento lo almacenó Leif Erikson, hijo de Erik): al caballero lo agarró una helada brava en mitad de ese océano y perdió el rumbo. Cuando se medio despejó la niebla Bjarni y sus muchachos notaron unas tierras verdes, llenas de árboles que no estaban en sus mapas ni en sus cálculos. El dato no era poca cosa: en todos esos países helados habían mermado los bosques, utilizados para construir y como fuente de calor y energía, y esta cantera de árboles gigantes les venían muy bien. Les pasaron por un lado, tomaron nota y se devolvieron para retomar la ruta hacia Groenlandia.

Allá echaron el cuento, que a algunos les importó más que a otros. En el año 1000, aquel hijo de Erik, llamado Leif, se lanzó por la ruta indicada por el bachaquero con una expedición y, a los pocos días, se tropezó con esas tierras. Anoten este otro dato, que tal vez a los nórdicos no les caiga tan simpático o gracioso, pero a nosotros sí: aquellos exploradores se tropezaron sucesivamente con una zona de glaciares, después con la mencionada región boscosa y, por último, con una zona llena de viñedos. Adivinen dónde instalaron su campamento para empezar a explorar: cuentan las crónicas que ese paraíso de las uvas fue bautizado “Vinland”, ubicado probablemente en el actual LAnse-aux-Meadows, en el norte de Terranova. Y cómo no nos van a caer bien los vikingos, si prefirieron el lugar del aguardiente antes que instalarse en la verdadera fuente de riquezas, que eran las maderas…

QUINIENTOS AÑOS DESPUÉS… COLONIZAR COLONIA

Así que los historiadores y académicos no tienen excusa alguna para no reconocer a aquel comerciante o bachaquero de nombre impronunciable como el primer europeo que puso el ojo en este continente. Un equivocado en la vida: llegó aquí porque se perdió en el camino. Muy probablemente antes de ese episodio otros vikingos perdidos, o ubicados, se metieron por ahí a curiosear, pero se atraviesa esta norma pazguata: las cosas que pasan, si no están documentadas, entonces no pasaron. Pero la extraviada de Bjarni sí está documentada en libros de la época, cinco siglos antes de Colón.

¿Colón? Sí, Colón, ese otro extraviado: el presuntamente genovés (me perdonan, pero como no hay documentos que demuestren que Colón nació en Génova, o en otro lugar, cualquiera puede incluso decir que no existió, ¿verdad que sí?) estudió aquellas crónicas de islandeses perdidos; de hecho, se sabe que estuvo en Islandia hacia 1477. Se zambulló en los relatos de aquel otro comerciante viajero, llamado Marco Polo, y echó unos cálculos en millas italianas. Dicen que este fue el origen de su equivocación: creer que las millas italianas medían lo mismo que las millas árabes, con lo que sus cálculos para llegar a las costas de Japón viajando hacia Occidente se pelaron por varios miles de kilómetros, o millas, o gigabytes. Era acertada su creencia en los textos y autores que hablaban de la redondez de la tierra, pero lo del continente atravesado que los ignorantes de todos los tiempos dicen que él descubrió, no llegó ni siquiera a saberlo con plenitud.

Luego de Colón vino la mamá de las equivocaciones. Un bichito con las espuelas más largas y corrosivas que las del almirante (que ya era mucho decir) se dedicó a escribir, desde el año 1500, una serie de cuentos fantásticos en forma de cartas, seis en total, en las que hablaba del “nuevo” continente, como si nadie nunca hubiera estado aquí antes que él. Impresionado por la serie de embustes de ese sujeto, llamado Américo Vespucio (quien sí estuvo por aquí pero solo dos veces), un cartógrafo y dibujante alemán de nombre Martin Waldseemüller publicó en 1507 un mapamundi, el primero en incluir en el “nuevo” continente el nombre de América. El alemán, excitado por los cuentos del pillín del Américo, le atribuyó a este italiano el “descubrimiento” y, de paso, lo acuñó en ese mapa, del que todavía se conservan algunos ejemplares.

Enterado más tarde de que un gentío había venido para acá antes que el mercachifle de Florencia, Waldseemüller quiso corregir el error (otro equivocado), pero ya era tarde: como los buenos reguetones, el nombre de “América” se había propagado y sonaba bonito, gracias a su mapa, y Vespucio pasó a ser honrado para siempre con el nombre de un continente.

¿Y Colón? Bueno, él también ha pasado a la historia, pero su nombre no ha tenido tanta suerte: busquen lo que terminó significando colonizar, colonia y colonial. Bueno, eso.

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