Con “L” de Lesbiana

Por Marielis Fuentes@marielisfu@mardalunar / Ilustración Justo Blanco

Hay muchas palabras que inician con la letra “L”: Latinoamérica, libro, luciérnaga; pero ninguna causa mayor estupor, escándalo, controversia o sonrojo que la palabra Lesbiana.

El término Lesbiana tiene sus orígenes en la isla de Lesbos, Grecia. Cuenta la leyenda que una tal poetisa llamada Safo, muy ufana se daba a la tarea de escribir extensos poemas de amor que dedicaba a otras mujeres. Desde allá se importó el concepto y a toda aquella mujer que contrariara los mandatos del patriarcado, rompiera las normas que imponen sumisión y servidumbre femenina, le dieron el nombre de Lesbiana.

Por muchos siglos el término fue diabolizado; la inquisición religiosa se encargó de perseguir, masacrar, violar, condenar y quemar a todas las desobedientes. En las hogueras de la Historia aún resuenan los gritos de millones de mujeres cuyo único pecado fue vivir tal cual querían, libres y amando a otras iguales que ellas.

Con la llegada de la ciencia, después del periodo histórico del Renacimiento, llega también la medicalización del cuerpo femenino. Nuestros úteros pasaron a ser laboratorios y las experiencias naturales femeninas como la menstruación, la menopausia y el orgasmo clitoriano ocuparon las prescripciones médicas que, desde la visión masculina, los usurpadores del saber las diagnosticaron como enfermedades.

Fue así como a las mujeres que gustaban del placer del amor entre mujeres les dieron distintos nombramientos: “invertida”, “sáfica” y también Lesbiana. Para ese entonces se impuso la falsa creencia de que el lesbianismo podía curarse y, para lograrlo, las Lesbianas eran violadas por los varones de la medicina o de su familia. Hoy se conoce que las terapias de conversión no sirven para nada, porque el lesbianismo no es una enfermedad, tal como declaró la Asociación de Psiquiatría Americana en 1979 y luego ratificó la Organización Mundial de la Salud en 1990.

Lamentablemente, a pesar de que el lesbianismo fue despatologizado, las “violaciones correctivas” siguen ultrajando la vida y sexualidad de millones de Lesbianas a nivel mundial; aún en muchos países operan las llamadas “clínicas de reconversión”, campos de concentración en pleno siglo XXI y que en algunas naciones, como Brasil, cuentan con el aval del Estado.

En ese devenir histórico las mujeres que amamos a otras mujeres hemos tenido que sortear cadalsos patriarcales. En el caso de la Historia Nuestroamericana, mucho antes de la llegada de los invasores y genocidas españoles, encontramos antecedentes de un pasado lésbico. La escritora feminista Francesca Gargallo recogió en unos de sus textos un poema de las mujeres Chalcas al Tlatoani Axayácatl, el escrito fue redactado en 1430 por el poeta Aquiauhtzin de Ayapanco, quien recuperó los cantos de tradición oral del pueblo Azteca y declamó: “¿Qué pues?… somos dos personas: ¡yo soy mujer de Chalco, soy Ayocuan! Tengo gran deseo de mujeres como yo, que son de Acolhuacan: tengo gran deseo de mujeres como yo, que son de Tepanecapan. ¿Qué pues?… somos dos personas: ¡yo soy mujer de Chalco, soy Ayocuan! Mujer segunda: Deja que me aderece con plumas, mamacita, deja que me pinte la cara… ¿Cómo me verá mi compañero de placer? Vamos a salirle al frente, tal vez se ponga furioso el Xayacamachan de Huexotzinco”.

Para gran parte de nuestros pueblos originarios las vivencias sexuales eran concebidas desde el respeto a la diversidad, fue tras la invasión del Imperio Español que, por medio de la religión, se inocularon prejuicios a nuestra cultura.

A partir del siglo XX —cuando comienzan a darse los primeros movimientos de liberación homosexual que cobran auge gracias a los disturbios de Stonewall, en 1969, Nueva York— las lesbianas comenzamos, a su vez, un largo camino por el reconocimiento y la autonomía sobre nuestros cuerpos, no sin dificultad. La primera barrera que debimos romper fue la de la autocensura que impone el patriarcado a las mujeres, pues destinadas a ser madres y fieles esposas, nuestra expresión de deseos y pulsiones sexuales es mal vista y juzgada por el imaginario social.

Al principio muchas renegaban de llamarse lesbianas y optaron por el genérico masculino gay u homosexual, con el apellido femenina. Pero con la irrupción de la Tercera Ola del feminismo y el apogeo de los movimientos feministas radicales, se hizo necesaria la visibilidad lésbica independiente del referente androcentrista. Cobra entonces mayor relevancia el término Lesbiana con todas sus sílabas.

La primera vez que se usó el concepto Lesbiana en América Latina y el Caribe fue aproximadamente en la década de los 70, algunas dicen que en Argentina. Pero del hecho del cual se guarda mayor referencia es de aquel manifiesto lésbico leído en 1975 en México, en el marco de la Conferencia Mundial por el Año Internacional de la Mujer, en el que por primera vez irrumpen un grupo de mujeres autodenominádose lesbianas, tal como lo cuenta la investigadora peruana Norma Mogrovejo, quien se ha dedicado a hurgar en el pasado polvoriento de la genealogía lésbica.

Desde entonces las lesbianas reclamamos el lugar que nos había sido arrebatado, tanto por la misoginia homosexual, como por el feminismo heterosexual y la lesbofobia en los partidos de izquierda de nuestro continente americano y caribeño.

Nosotras, las Lesbianas, aportamos a la teoría feminista una visión crítica y profunda que cuestionaba las imposiciones patriarcales sobre la sexualidad de las mujeres, rescatamos el carácter político de la vivencia lésbica como posición contrahegemónica más allá de las prácticas sexuales, nos plantamos prófugas del sistema machista y del régimen de la heterosexualidad obligatoria y no nos quedamos allí, fuimos más allá. Y, después de la caída del muro de Berlín, en épocas de pleno apogeo neoliberal, advertimos el peligro de la institucionalización del feminismo y nos cuadramos desde la autonomía un movimiento lésbico feminista que reconocía las intersecciones de discriminación cuando la clase, la raza, la colonialidad y el patriarcado se unen para subyugar los cuerpos de las mujeres.

A pesar de toda esta poderosa historia de irreverencia e ímpetu revolucionario, las Lesbianas seguimos bregando con la invisibilidad que impone el sistema mundo moderno, el cual usa como estrategia desconocer nuestra existencia para impedir nuestro reconocimiento. Lo que no se nombra no existe, y si no existe no hay por qué discutirlo, y menos crear leyes o políticas públicas para ampararlo.

Hoy las Lesbianas enfrentamos el reto de romper el insilio, como lo llama Norma Mogrovejo, al hecho de escondernos tras el autosilenciamiento, y esta batalla empieza por nombranos y reconocernos Lesbianas, por rescatar nuestra historia, por desempolvar nuestras letras, recuperar nuestras voces.

Que se estremezca el mundo, que tiemblen las paredes, los medios de comunicación, las iglesias, las calles y las fábricas; a gritarlo, cantarlo, mentarlo a todo eco, somos Lesbianas y que nadie se equivoque, somos muchas y organizadas hemos venido a transformar el mundo.

ÉPALE 379