ÉPALE249-CRÓNICAS PEATONALES

POR MALÚ RENGIFO / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Iba radiante ese día, como una estrella del tipo enana blanca: una masa de energía andante que ejerce sobre las cosas a su alrededor una fuerza de atracción irresistible.

El día pintaba de maravilla: la gente era gentil conmigo, el clima estaba soleado pero fresco. Andaba con mis pantalones de superheroína, el pelo limpio y brillante como un manto de miel. El único problema era las botas, esas botas de mierda.

Me miraba la punta de las botas y me decía a mí misma: “Estas bichas te van a traicionar alguna vez”. Unas botas chimbas, compradas de segunda mano, sin uso evidente y provenientes de una de esas cadenas de tiendas donde venden millones de zapatos mediocres, todos caros, falsos, feos y malos. Con ellas salí del sitio donde estaba y me dispuse a comprar algunas cosas: telas, hilos, insumos para coser los sueños y la vida y todo eso. El aguacero me agarró lejos, tanto del trabajo como de mi casa.

Sorteando la lluvia encontré unas cajas de cartón, segundo error de la tarde (el primero fue las botas). Una estrella no debe montarse una caja de cartón en la cabeza ni para protegerse el pelo. Una hace eso y tres ángeles guardianes ponen su cargo a la orden. No. Una debe mantenerse glamurosa y quedarse resguardada en su tienda preferida, viendo cosas mil veces hasta que escampe. Yo, en cambio, pensé: “¡No soy de azúcar!”, y me adentré, caja montá en el coco, en el aguacero.

Lo siguiente que pasó fue que la lluvia arreció. A las dos cuadras de bolondronas de agua estallándome en el techo de cartón decidí bajar a resguardarme en mi casita, aunque para ello tuviera que chapotear con mis botas horrorosas en un brioso caudal de agua marrón con burusitas de mugre. Entonces, noté algo que me hizo sentir ingrata: las botas de la vergüenza —que era lo que sentía nomás tenerlas puestas— me habían hecho el favor de mantener mis pies secos a pesar del aguacero. ¡Qué fino!, merecían unas disculpas: “Disculpen, botas”.

No había dejado de pensar en esto cuando, pasando la esquina de Castán, justo frente a un charcote nauseabundo de agua que olía a huevo viejo sancochado, la suela de mierda de una bota de mierda se resbaló en una rampita de cemento liso y me puso a trastabillar. Reaccioné rápido: lancé la pierna izquierda hacia un punto de apoyo que evitara la caída, pero el agua de huevo sancochado no me dejó ver el hueco por donde se me fue la mitad del pie, propiciando una caída aparatosa, de platanazo lateral izquierdo chupulún, con contusión de rodilla, cadera y codo y un cabezazo amortiguado por la caja de cartón/casco, que se hundió en los 25 cm de profundidad que tenía el charco y comenzó a nadar río abajo apenas me levanté a alcanzar mis lentes, que navegaban a brazo y medio de distancia.

La dignidad se fue torrente abajo sin dejarse alcanzar. Seguí camino hacia mi casa, destilando agua puerca y con las botas bien puestas y amarradas.

ÉPALE 249

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