ÉPALE252-EDUARDO ROTHE-PROFESOR LUPA

A 100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA, MUCHAS COSAS HAN CAMBIADO EN LAS GÉLIDAS ESTEPAS QUE ARROJARON UN CAMBIO TRASCENDENTAL Y MODÉLICO PARA LA HUMANIDAD. EDUARDO ROTHE, EL MEDIÁTICO PROFESOR LUPA, PERSIGUIENDO A JOHN REED EN SU CRÓNICA SOBRE AQUELLA GESTA, NOS LLEVA DE LA MANO A CONOCER LAS DISTANCIAS ENTRE EL PRESENTE Y EL PASADO, Y SUS INQUIETANTES SEMEJANZAS

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍA ENRIQUE HERNÁNDEZ

“Ahhh, Huga Chave”, le endosaban los rusos cuando revelaba su nacionalidad. El periodista Eduardo Rothe, “Profesor Lupa”, puede pasar perfectamente por un Mijaíl Bakunin o, incluso, un Carlos Marx mediático y tropical.

Rúkleman Soto, periodista, activista de los medios comunitarios y alternativos y amigo común, presenta a Lupa así: “Es periodista, marino, pescador y museólogo, vivió su infancia en varios países de la Patria Grande. Testigo ocular en Guatemala (1954), Vietnam (1966), París (1968), Portugal (1974) y otros eventos. Desde 2002 da la batalla mediática por el Poder Popular y el Gobierno Bolivariano en alcaldía de Libertador, en Minci, Radio Nacional, YVKE y Telesur. Nació el 1° de mayo de 1945”.

Hace unas semanas pasó 15 días entre San Petersburgo (antes Petrogrado), Kronstadt y Moscú con un equipo de Telesur preparando un documental a propósito de los 100 años de la Revolución Rusa, siguiendo las huellas del periodista norteamericano John Reed durante el periplo que dio origen a un libro clásico de las ciencias políticas, la Historia y la crónica: Diez días que sacudieron al mundo.

Lo que menos le extrañó a Lupa fue que la gente del pueblo reconociera a su paisano con ese cariño entrañable y acento aporreado. Más sorprendente, cuenta, fue que prácticamente no vio policías ni despliegues de seguridad ni un arma por todas aquellas estepas gélidas e interminables en las tierras de la inescrutable KGB. En Moscú, estando alojado en un hotel donde al parecer también se hospedaba el presidente de la independentista Chechenia, nunca le pidieron ni un carnet.

Moscú es gris, infinito y triste. En cambio, San Petersburgo es cosmopolita, una ciudad más europea, hecha para competir con las grandes capitales y donde no se siente el peso de la Historia. En Moscú se conmovió por los ojos cansados de las viejas matronas que han vivido las penurias en sus carnes. En San Petersburgo presenció más BMW, Ferrari y rascacielos que los que había contado en toda su vida. Las muchachas son espigadas modelos de aspecto frívolo que exhiben con opulencia los desvaríos del capitalismo más salvaje.

Pero entre las dos ciudades se escenificaron los acontecimientos que cambiaron el rumbo de la humanidad hace exactamente 100 años. Fue, como aprecia Rothe, la primera vez en la Historia que un levantamiento popular alcanzaba a reivindicar en los hechos las esperanzas de los desposeídos, cuando el proletariado (campesinos, trabajadores, soldados) en realidad “tomaron el cielo por asalto”, y allí se quedaron.

“Es un quiebre en la historia del mundo, tan importante como la Revolución Francesa: en 10.000 años de sociedad de clases la mayoría que trabajaba se sublevaba. Se sublevaban los esclavos, los campesinos de Europa con la llegada del milenio, la Comuna de París, que luego fue reprimida. Todas las revueltas fueron aniquiladas. Hasta las revoluciones burguesas, donde participaban los trabajadores, terminaron reprimiendo a los trabajadores. Así que nunca jamás habían llegado realmente al poder. De repente en un país como Rusia, el más grande del mundo, llegan y se instalan. Pero no solo representaron la esperanza de todos los movimientos sociales del mundo, que quisieron imitarla, a la vez surge el fascismo para enfrentarla. Culturalmente, de paso, es un coñazo en la Historia, con el constructivismo, el cine, la arquitectura, la poesía”.

HISTORIA MÍNIMA

No nos vayamos muy lejos, no pretendemos redactar un tratado. El portal de internet http://www.sobrehistoria.com dice que el término Revolución Rusa corresponde “al conjunto de acontecimientos sucedidos entre febrero y octubre de 1917 y que llevaron al derrocamiento del régimen zarista y la instauración del primer gobierno socialista del mundo. La Revolución Rusa tuvo dos etapas. Una primera revolución en la que el gobierno zarista es derrocado y se impone un gobierno provisional, y una segunda revolución en la que se elimina este gobierno provisional para establecer un gobierno comunista”.

Muchas razones explican y justifican esta explosión social: el pueblo vivía bajo un régimen aún semifeudal, cuando en el resto de Europa se apreciaban las transformaciones sociales y económicas como consecuencia de la Revolución Industrial. La pobreza era extrema, los campesinos y trabajadores iletrados eran utilizados como carne de cañón en las sucesivas guerras, incluyendo la Gran Guerra (I Guerra Mundial, de 1914 a 1918), cuyas consecuencias fueron devastadoras. Todo ello contrastaba con la riqueza de una pequeña burguesía interna y una extranjera aliada de la monarquía autocrática y represiva que encabezaba el zar Nicolás II.

Vladimir Acosta, en un foro reciente, ventiló un antecedente significativo: en 1861 se elimina el vasallaje entre los campesinos, lo que impulsa la venta de tierras por precios astronómicos que permitió la industrialización de Petrogrado y Moscú y, con ello, la creación de un proletariado incipiente pero combativo.

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DIEZ DÍAS ALLÁ… Y ACÁ

John Reed fue un periodista y activista comunista que cubriendo la I Guerra Mundial fue a dar a San Petersburgo en 1917 durante las jornadas de octubre-noviembre, en la que tuvo lugar el II Congreso de los Soviets de Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia, y las semanas posteriores en que se escenificó la Revolución. Elaboró para la posteridad una serie de crónicas que acopió en un libro, Diez días que sacudieron al mundo, que publicó en 1919 y rápidamente se convirtió en un clásico.

Entre otras muchas semejanzas espeluznantes, varios pasajes del libro de Reed nos hielan la piel por su cercanía: “El 15 de octubre me entrevisté con el gran capitalista Stepan Gueorguievitch Lianosov, el ‘Rockefeller’ ruso, kadete por sus opiniones políticas. ‘La Revolución —me dijo— es una enfermedad. Más pronto o más tarde, tendrán que intervenir las potencias extranjeras, como se interviene a un niño enfermo para curarlo o ayudarlo a caminar. Evidentemente, no será este el mejor remedio quizás, pero hay que comprender que las naciones no pueden permanecer indiferentes ante el peligro bolchevique y la propagación de ideas tan contagiosas (…) acaso el hambre y la derrota devuelvan al pueblo ruso la razón…”.

Para el militante comunista Carlos Suárez, varias veces detenido en Argentina por su activismo a mediados del siglo pasado y actualmente profesor de la Universidad Militar Bolivariana de Venezuela, “para la guerra mediática y el ejercicio del periodismo, esta obra da información para la reflexión, con momentos que tienen significado y significante para la Revolución Bolivariana”.

Cita del libro de Reed, para enfatizar algunas afinidades: “Las clases poseedoras querían una revolución política que se limitase a despojar del poder al zar y entregárselo a ellas (…) en cambio las masas populares deseaban una auténtica democracia obrera y campesina”.

Rothe, en el documental de Telesur, hace de narrador y actor, personificando a un viejo bolchevique que pasa de una serie de momentos actuales al pasado en flashback, dialogando con Lenin y otras figuras emblemáticas de la Revolución. Parte del recorrido, nos contó, tuvo que hacerlo en silla de ruedas, en primer lugar por la enormidad de las distancias, luego por las dolencias de su columna aventurera, acostumbrada a trajinar en avión, navegar en barco, recorrer caminos a lo largo del mundo y quién sabe qué otra peripecia de su vida bohemia y trashumante.

Tal ha sido su vocación errante y su curiosidad por la épica soviética, que en 1964, recorriendo Estados Unidos para indagar sobre la lucha de los derechos civiles de los negros, se topó nada menos que con

Aleksandr Kérenski, último primer ministro del Gobierno provisional instaurado tras la Revolución de Febrero, quien daba clases en una universidad de California y con quien tuvo tiempo de desentrañar algunos hitos de los acontecimientos de 1917.

Hace un paréntesis como un acto de justicia: “Las que empezaron la Revolución Rusa fueron las mujeres, en 1917. Porque en el Día de la Mujer salieron las radicales, mencheviques, bolcheviques, anarquistas a protestar por sus condiciones de vida. Las mujeres que estaban en las colas del pan (ojo al dato) también salieron a protestar. Paralelamente, 30.000 obreros de la fábrica de Putilov, en Petrogrado, despedidos por los capitalistas extranjeros, se sumaron a las manifestaciones, y se prende ese peo”.

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PUTIN: CLASE APARTE 

Para Rothe, como para casi todo el mundo, Vladimir Putin no solo destaca por su mano dura para gobernar, sino por su sagacidad. Se ha convertido para los rusos

—poco dados al culto a la personalidad— en un funcionario eficiente que garantiza el orden. A los rusos les aterra el caos. Se trata de un gigante de 17 millones de kilómetros y 146 millones de habitantes. “Putin parece que no quiere comprometer a todo el Estado ruso con la celebración de una revolución social comunista, pero tampoco puede dejar eso así. El muy vivo lo que dice es que como eso pasó en San Petersburgo, destinó esos reales y esas fiestas para allá. No creo que vaya a haber un desfile en la Plaza Roja de Moscú con los tanques y esas cosas”.

Viajar a Rusia fue para Rothe un sueño realizado. Recuerda sus lecturas, desde la infancia, de Tolstói, Dostoievski, Gorki. Contrastando las realidades del mundo, es capaz de concluir que las condiciones sociales de la humanidad están peor que antes. “No solo en la periferia del capital sino dentro del mismo sistema. En Estados Unidos los pelabolas de derecha y de izquierda están reaccionando contra los partidos tradicionales”.

Explica Lupa que las guerras, revoluciones, transformaciones las hace la gente que trabaja. “Para rehacer una nación —dice— hacen falta los trabajadores”.

Aún recuerda, con estremecimiento, la consigna que escuchó en el año 2003 de una humilde mujer: “‘Con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo…’, y allí no había misiones ni CLAP, nada de eso, nada más la esperanza y la dignidad”.

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