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HACE UNOS DÍAS SE REUNIERON TRES COMUNICADORES PARA HABLAR SOBRE LA VIGENCIA O NO DE INFORMAR CON TÍTULO DE COMUNICADOR. FUE EN UN FORO DEL MINCI, DONDE LOS PERIODISTAS OFICIALES Y OFICIOSOS NOS JURUNGAMOS EL OMBLIGO, SIN TRAUMA

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO ⁄ FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

Siempre, lo mejor sucede detrás de las cámaras, fuera de las grabaciones y es de las cosas que uno lamenta no poder transmitir con la precisión necesaria y el espacio suficiente para que el lector se haga una idea más exacta de los hechos que se narran, sus intríngulis y las subjetividades con las que uno pretende informar.

Por ejemplo: entre lo mejor está la cara de pájaro loco de Luigino Bracci en el medio de la sala Jesús Romero Anselmi del Ministerio de Comunicación e Información (Minci), despeinado y con esos lentes culo de botella que anticipan su acuciosidad de periodista sin carnet, fajado como ratón de biblioteca entre las estanterías digitales donde es el rey. Los periodistas de la vieja guardia atrincherados, como celosos custodios, alrededor del único termo de café gratis a varios kilómetros a la redonda. Diógenes Carrillo, un incunable de la comunicación, arreando a un grupo hacia una cruzada personal por el rescate del gremio periodístico. Mario Silva llegando como un tótem gigante, pretensioso y sonreído mientras una corte de fanáticos lo atenazaban en círculo y no lo dejaban avanzar. La directora de Épale CCS, Mercedes Chacín, tempranera, repartiendo la imbatible edición aniversario de la revista y maldiciendo su suerte por tener que exhibirse públicamente sobre una tarima y frente a las cámaras para intervenir en el foro “Informar: graduados o no, debemos hacerlo bien”, para el que preparó una “mocho de ponencia”, a confesión de parte.

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Si los separan los títulos, los une el abrazo

El encuentro, organizado por la Fundación Premio Nacional de Periodismo, se dispuso discutir el último viernes de septiembre un viejo dilema, que por años ha desatado pasiones, ha generado agrias disputas y ha pretendido separar a los comunicadores graduados en la academia de los que informan espontáneamente desde el quehacer popular. Hasta que llegó Chávez y, de un solo guamazo, zanjó las discusiones con la práctica, y no solo dijo que todo el mundo tenía derecho a hacerlo sino que se convirtió en el más portentoso comunicador del país de todos los tiempos.

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Cristina González recordó a los pioneros del gremio

LA MEMORIOSA

La profesora Cristina González, primera ponente, fue exquisita en el despliegue de su memoria y recordó a la vieja militancia que le dio forma a las primeras congregaciones de comunicadores, desde los días de la Asociación Venezolana de Periodistas (AVP). No por aquello de “recordar es vivir” —que es un axioma que no practica— sino porque es necesario honrar a las míticas figuras de Gilberto Alcalá, Eduardo Orozco y el mismísimo Eleazar Díaz Rangel, quienes contribuyeron en la lucha por “agremiarse” y “protegerse” frente a los poderes despóticos, tanto de políticos como de los propios dueños de medios. Hasta hoy, en que “el CNP (Colegio Nacional de Periodistas) no sirve para nada y el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP) está plegado a los empresarios y dueños de los medios”.

“¿SE VALE COMUNICAR EN VENEZUELA CON CARNET O NO, COLEGIADO O NO, FRENTE A ESE UNIVERSO DE LO REALMARAVILLOSO DE UN PAÍS DONDE PASA DE TODO TODOS LOS DÍAS?” (CRISTINA GONZÁLEZ)

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Se preguntó, retóricamente, si en un mundo que observa cómo el multimillonario excéntrico Elon Musk anuncia un plan para colonizar Marte, tiene sentido ponerse a discutir si “¿se vale comunicar en Venezuela con carnet o no, colegiado o no, frente a ese universo de lo real-maravilloso de un país donde pasa de todo todos los días?”.

Contó una anécdota que para las nuevas generaciones ha de sonar ficticia: la vez en que arribaron unos artefactos diabólicos a las salas de redacción, llamados computadoras, que el gremio se negó a utilizar durante diez años debido a que desplazaban a la mano de obra, hasta que ella y otras muchachas de su generación lograron convencer al Colegio durante una convención de que ya era hora “de comerse ese chocolate”.

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Diógenes Carrillo anunció una cruzada

“En su momento era un valor agremiar a los periodistas. Hoy eso ha cambiado; pero, tanto ayer como hoy, lo importante es buscar la verdad”.

De regreso de todo —a sus más de 70 años, experimentada y rebelde pertinaz—, la docente, productora y conductora de radio concluyó, sin estorbo: “Vamos mal, nos toca enderezar lo que tenemos y enderezarlo amorosamente, como Chávez nos enseñó”.

LA TÍMIDA

Mercedes Chacín había llegado tempranito a sabiendas de que, como buen tímido, es mejor hacerse un pronto panorama del escenario a enfrentar, socializar con los presentes para ir entrando en calor y repartir revistas (Épale CCS, edición 5to aniversario) para que, de una vez, le agarren cariño a uno. La fórmula, practicada mil veces por quien escribe, tampoco sirvió demasiado porque la periodista, exviceministra y profesora universitaria se lanzó como una carretilla a leer su exposición, que frenó estrepitosamente al quebrarse en mil pedazos su voz, hasta casi el llanto, cuando recordó en sus palabras a nuestra compañera de labores y amiga Yanira Albornoz, fallecida una semana antes, a quien mencionó como un ejemplo del periodismo hecho en el marco del compromiso patriótico y la eficiencia.

“PERO FALTA MIRARNOS A NOSOTROS MISMOS EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN PÚBLICOS, COMUNITARIOS Y ALTERNATIVOS. TENEMOS QUE ESTUDIARNOS Y DETERMINAR QUÉ ESTAMOS HACIENDO MAL Y QUÉ ESTAMOS HACIENDO BIEN”

(MERCEDES CHACÍN)

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Al viejo dilema entre la comunicación agremiada frente a la comunicación popular lo encaró un hecho histórico: aquel 11 de abril de 2002, cuando se produjo un terremoto que dejó desnudos a las y los periodistas venezolanos, y la descripción de lo que estaba pasando en Venezuela no salió de las voces de la academia ni de los expertos sino que “la verdad salió de radio bemba, de los pata en el suelo, de la voz de una emisora comunitaria, de la voz de una hija que unió a millones de voces, de un papel arrugado en una película llamada Turiamo…”.

No fue, ni de cerca, una “mocho de ponencia” sino una valiente y aguda abstracción sobre lo que está pasando en el periodismo venezolano a lo interno de la Revolución. Chacín pidió un monitoreo de los medios públicos, dicho con sus puntos y sus comas en las entrañas del monstruo que controla el aparataje comunicacional del Estado.

“En los últimos años hemos diseccionado, analizado y escudriñado a los medios de comunicación privados, y a través de su monitoreo hemos obtenido, año tras año, los resultados que revelan su parcialidad informativa. Pero falta mirarnos a nosotros mismos en los medios de comunicación públicos, comunitarios y alternativos. Tenemos que estudiarnos y determinar qué estamos haciendo mal y qué estamos haciendo bien, qué hay que hacer para tener más espectadores, radioescuchas o lectores; qué hay que decirles a nuestros jóvenes para que sientan su necesidad de futuro dentro de nuestra patria, qué hay que hacer para ganar esta guerra de cuarta generación”.

Lo decía teniendo al frente, en primera fila, a un grupo de representantes del Minci y operadores mediáticos del ámbito oficial, a quienes les enumeró algunos ejemplos: “¿Cómo se puede ser eficiente, hacer el mejor tiro de cámara, si se está más pendiente del teléfono? ¿Cómo es que, después de ciento y pico de programas, aún en Con el mazo dando, cuando Diosdado pasa lista, la cámara poncha a la persona cuando ya se está sentando y lo que se le ve es el cogote?…”, y por ahí se fue.

EL SABROSÓN

Llegó desafiante, pero teniendo con qué: Mario Silva no solo ha sido conductor durante 14 años (con una sorpresiva interrupción) de uno de los programas consentidos de la televisión chavista, donde tenía como colaborador ocasional al mismísimo Hugo Chávez; de paso, es constituyente. Saludó desde su inmensidad de casi dos metros a un petrificado Luigino, a quien sindicó, junto a él, entre los “comunicadores irreverentes” que están operando sin título, hurgando, incomodando y ganándose más de un problema por eso.

“Qué importa si me dan el título o no: lo importante es la lucha”, colocó en el tapete para dejar clara su indiferencia ante el dilema gremial: “Hago mi trabajo y punto”.

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Mario Silva hace años que dejó de soñar con tener título y carnet

Mario se caracteriza por su deslenguada elocuencia: “La grosería es un arte que va dirigido al corazón del señor que está en el barrio” y, acto seguido, con cordial arrogancia, recordó cuando en los propios pasillos de Venezolana de Televisión (VTV) lo bautizaron como el “bachiller marginal”.

También sirvió la ocasión y el aforo para soltar varias infidencias, públicas y privadas: sus dos hijos menores están en Miami, emigrados, como muchos otros jóvenes que han salido recientemente del país. “Lo único que les pedí fue que me mandaran una foto de las pocetas que van a limpiar”. Lo que generó, primero, desconcierto; y, luego, una risotada colectiva. Le dijo a una caterva de periodistas licenciados en las distintas escuelas de comunicación social del país que “los medios alternativos son los que están trabajando, pero ellos también necesitan su CLAP”. Y sobre su faceta constituyente largó que hay mucha gente allá adentro hablando con un discurso profundamente de derecha. “Soy constituyente, no soy economista, y vienen y me meten en la comisión de economía”.

Media hora después tuvo que ser regañado por la periodista Tatiana Villegas, moderadora de la jornada, porque no dejaba continuar el foro mientras se hacía fotos grupales con parte de la gradería que, de paso, le entregaba papelitos doblados.

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