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UN TIRÓN DEL CINE DE RUMBERAS LO SUPUSIERON LOS ESPECTÁCULOS EN VIVO DONDE VEDETTES DE DESCONOCIDO ORIGEN PERO ESTRIDENTES REMOQUETES ENARDECÍAN AL PÚBLICO CARAQUEÑO

POR FRANCISCO AGUANA / FOTOGRAFÍAS ARCHIVO

LAS RUMBERAS EN EL CINE

Cecilio Francisco Mendive, “Kiko”, tenía 81 años cuando murió en la indigencia: su gran familia RCTV lo dejó cesante después que le trabajara, a esa empresa, por más de 50 años. Solo y en una cama del Hospital Universitario de Caracas, entre espasmos y desvaríos tuvo tiempo para recordar la época de esplendor de la música cubana de la cual él fue uno de sus más destacados exponentes como cantante, bailarín, actor y compositor en las películas mexicanas más famosas, donde introdujo, junto a su archirrival, Pérez Prado, el ritmo del mambo. Llegó a Caracas por primera vez en  octubre de 1948, debutando en el Teatro Catia.  Ese año parece que todos los músicos y los más famosos cantantes cubanos y mexicanos se hubieran puesto de acuerdo para venir al país a ocupar los teatros, cabarets y las emisoras de radio. Ese mes de octubre llegaron Toña la Negra, treinta rumberas, y las Mulatas de Fuego, agrupación en la que cantaba Celia Cruz.

MOLDEANDO LAS CURVAS

A partir del final de la tercera década del 20 comenzó a presentarse, en Caracas, un tipo de espectáculo centrado en la figura de un cantante o una vedette —cantante y bailarina— o una artista del deshabillè, dejando atrás el teatro de revistas con sus músicos, magos, bailarines, ventrílocuos y enanos. En 1935 se presentó la ópera cómica de París y a partir de 1938 comenzaron a llegar las vedettes cubanas con sus orquestas y bailarines como Camelia y sus rubias platinadas”, las Sepias cubanas, las Hermanas Dolly, Blanquita Amaro y una larga lista. Luego la radio, el cine y el disco pusieron de moda la música mexicana y cubana y las rumberas y en la ciudad germinaron las primeras orquestas bailables, incluso con la participación de músicos extranjeros. Había tanta música bailable cubana que el gobierno prohibió, ese año 48, más de cien guarachas por tener letras inmorales.

Todo este movimiento preparó el ambiente para el otro movimiento: el de las caderas. Llegaron entonces las rumberas a ocupar no solo las pantallas de los teatros sino sus escenarios.  Las había de tres tipos: las “jefas”, las duras y famosas (porque grababan discos y protagonizaban películas de rumbera) y cabareteras. En segunda línea estaban las bregadoras las que no tenían pantalla pero se promocionaban de forma elemental y usaban radiobemba y llenaban, de esta forma, teatros y cabarets. A estas las llamaban “exóticas” o “frívolas” y agregaban a sus nombres apodos extravagantes que destacaban sus habilidades artísticas o su “talento” corporal, presentándose en las funciones llamadas follies, burlesque o varietés que se realizaban en los teatros especializados en ese tipo de espectáculos: como el Caracas (el segundo) y el Montecarlo, al que luego se sumaron el Continental, el Metropolitan y el Urdaneta: pioneros del cine porno en la ciudad y en donde se realizaban festivales de ese género con cierta frecuencia. Por último estaban las rumberas free-lance que acompañaban a los cantantes como Mendive, Daniel Santos o Pérez Prado, que se presentó en febrero del 51 en los teatros de Catia; o Aldemaro Romero, quien incursionaría en predios del mambo con los Titos: Puente y Rodríguez. A estas bailarinas se les llegó a llamar mambolettes.

a “Emperatriz de las Frívolas” no dejaría indiferente a nadie en el Ayacucho

La “Emperatriz de las Frívolas” no dejaría indiferente a nadie en el Ayacucho

¡A MOVÉ ESE CULO!

Las funciones en los teatros en los que actuaban las rumberas eran las “intermediarias” o “noches” y tenían un prolegómeno que impacientaba al público que debía esperar la proyección de las propagandas, el noticiero nacional, la revista internacional y la película para poder ver el show de la rumbera, que era lo único que le interesaba. Por esta causa ya habían ocurrido algunos incidentes que causaron destrozos en varios teatros. Incidentes que comenzaban en el balcón o gallinero: territorio de la irreverencia, el desenfado y la informalidad que se expresaba con mordacidad y corrosiva acidez verbal y gestual. Desde allí comenzaba primero una discreta silbatina, por el retraso aludido, que era un alerta para los manejadores de los teatros, los cuales, ipso facto, apagaban el proyector. Aparecía, entonces, el presentador que casi siempre era el cómico Roberto Hernández, Chuchín Marcano o “el Gran Heliopo (o el “Negrito” o “la Guasacaca del Humor”). Dos o tres chistes picantes y, presionado por la carraspera general del público, el presentador, con la fanfarria de la orquesta anunciaba: … y con ustedes fulanita de tal: “la Diosa Salvaje”, “la Pollita de las Antillas”, “la Aristócrata del Deshabillè” etc., etc. Quién sabe por qué atavismo jungiano la contrafigura de la frívola era un negro fornido o uno tetón y barrigón, vestido con un chalequito, sin camisa y con pantalones bombachos; y con un sombrero de cazador utilizado en las películas de Tarzán. Y, si no, entonces el rival de la vedette era un gorila: también negro, por supuesto. Salían las bailarinas y se oían silbidos y piropos procaces; entraban los bailarines con su ropa ceñida y se escuchaba “¡esos maricos!, ¡pásamelos!”. La frívola y su perseguidor dialogaban cantando las canciones prohibidas: “Lo tengo parao” decía él. “Tócame la bandurria”, le respondía ella. Él cantaba: “Por una cosa, una cosita”, y ella gemía: “¡Nada, nada, con Pepe no siento nada… uuumm!”. Si la exótica cantaba la popular ¡dame cocaleca, dame cocaleca!, la barra brava coreaba ¡dale por la… dale por la…! Al fin el “cazador” da con su presa, atrapa a la rumbera por el cuello mientras ella emitíedébiles gemidos: “¡ay, papi, ay, mira que me haces daño, papi, nooo!”. La orquesta se desata entonces con un guaguancó infernal y el gallinero se alborota y lleno de lujuria grita: “¡Pééégatelaaa!, ¡cóóógetelaaa!, dale pues…”. El colectivo se transformaba, entonces, en monstruo concupiscente, en sátiro colectivo y ante eso el primero en correr era el temido “cazador” moviendo su gelatinosa lipa; las bailarinas huían y los balilarines saltaban como venados; los percusionistas tapaban sus cabezas con sus instrumentos y de la vedette solo quedaba parte de su avícola vestuario. El público bramaba como toro en celo, con los ojos desorbitados y pidiendo “¡cuchara!” mientas destrozaba las  butacas. Entraba luego la policía de espectáculos y a punta de rolazos y coñazos confiscaba la función. Parte del público se iba a sosegar su desespero en los numerosos burdeles cercanos al teatro.

QUIÉN SABE POR QUÉ ATAVISMO JUNGIANO LA CONTRAFIGURA DE LA FRÍVOLA ERA UN NEGRO FORNIDO O UNO TETÓN Y BARRIGÓN

José Ignacio Cabrujas narra una anécdota similar a esta cuando, en 1954, él y su cuerdita,  que consumía sus mocedades en la plaza Pérez Bonalde, todos de Catia y entre los que se encontraba gente como César Bolívar, Abigaíl Rojas, Jacobo Borges, Oswaldo Trejo, Emilio Santana y hasta Oscar Guaramato (que no era un muchacho, ni era de Catia, pero que frecuentaba la plaza) fueron a ver a Leonor Montes, “la Salvaje Blanca”, al Teatro España y esta, “en un arranque de irreverencia y libertad” —palabras de Cabrujas— se quitó los pequeños adminículos que le tababan los senos y el sexo y el público enloquecido de lujuria destruyó el teatro.

Y YA PARA QUÉ

Kiko Mendive murió en su cama: los espasmos resultaron remembranzas corporales de un rumbero y sus desvaríos, diálogos con sus compañeras con las que compartió tarima y pantalla. Su gran familia RCTV armó una rumba de lágrimas antes de su cierre definitivo. Y él se fue al cielo con una yuca en la mano de las que recogía en los desperdicios del Mercado de Quinta Crespo, convertida en una charrasca. Iba al frente de una comparsa habanera cantando “Simpatía por King Kong” y pensando en convertir en rumberas a las once mil vírgenes de Apolinaire. En 1955 el gobierno prohibió el deshabillè que reapareció luego, en 1964, en el Teatro Venezuela  como striptease y, más adelante como regalo de bodas. En la década del 60 la censura sube una letra en el escalafón de la moralidad, la D, para permitir la proyección de películas con sexo explícito que marcaron la decadencia y desaparición de los teatros populares para convertirlos —en su mayoría— en iglesias cristianas. En los años 80 y siguientes hubo un intento por revivir a la rumbera con Iris Chacón, Yuyito, Fedra López y hasta con un esperpento arqueológico llamado “la Tigresa de Oriente” pero sin la gracia, el glamour y la magia de las auténticas rumberas que paralizaron sus caderas para convertirse en curiosidades en blanco y negro.

Pérez Prado arrebató, amparado en un mejor mercadeo, la gloria que el mambo le negó a Kiko Mendive

Pérez arrebató, amparado en un mejor mercadeo, la gloria que el mambo le negó a Kiko Mendive

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