ÉPALE257-CONNY MÉNDEZ

COMPOSITORA Y GUITARRISTA, ESCRITORA, CARICATURISTA, VIAJERA, ACTRIZ, PINTORA; TIPA LIBERALOIDE EN UNA VENEZUELA RECATADA Y FUNDADORA DE UNA ESPECIE DE CLAN INTERNACIONAL DE LA METAFÍSICA, DICEN QUE FUE QUIEN INTRODUJO AL PAÍS EL CONCEPTO “ESPÍRITU DE LA NAVIDAD”. IGUÁLENLA PUES, ÉCHENLE PIERNAS

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Difícilmente va a encontrar usted a una mujer venezolana más admirada y al mismo tiempo incomprendida en el siglo pasado. Junto con las lisonjas le llovían regaños y reprensiones de cierto sector conservador. Hubo una vez una Venezuela que se sonrojaba y se llevaba las manos a la bocota abierta al escuchar piezas como “La negrita Marisol”, en una de cuyas estrofas se informa:

La negrita Marisol usa alpargata encapellada

usa túnica y furtán y más abajo no usa nada.

La negrita Marisol hace conquistas a su modo:

si se inclina hacia adelante la negra lo enseña todo.

La canción fue compuesta por Conny Méndez en los años 30, así que, en efecto, tenía su mérito y requería su audacia el hablar en esos términos de un asunto tan delicado como eso de andar mostrando el culo así tan boleta.

Antes que salga alguna corriente voluntarista a proponer levantarle una estatua a esta presunta precursora del feminismo en Venezuela, haga el favor de escuchar o leer lo que dice la estrofa anterior a esa:

La negrita Marisol a veces está muy disgustada

porque los chicos del barrio la tienen muy fastidiada.

La negrita Marisol viste de blanco almidonao

y le gritan que si es mosca que entre la leche se ha ahogao.

Así que su discurso pendulaba entre la liberación femenina y el racismo. En vez de condenarla, uno más bien quisiera agradecerle que esa cancioncita sea la crónica de lo que éramos como sociedad: ella no echa ese cuento porque se le ocurrió en sus aposentos de Nueva York (la caraja estudió allá desde los 8 años de edad, más o menos desde 1906 hasta 1920), sino porque una simple observación al entorno la hizo detectar ese tipo de fenómenos. Ahora, por qué en vez de denunciarlo se dedicó a narrarlo con tonito burlón, es un cuento aparte.

De Conny (nombre real: Juana María de la Concepción Méndez; demasiado criollo, chapucero y monjil como para andar por Niuyork diciendo que se llamaba así) se ha dicho que era una venezolana “adelantada a su tiempo”, es decir, que conocía, hacía y decía vainas que ninguna sifrina, matrona o sirvienta de esta aldea que era la Venezuela de Gómez (y la de López Contreras, y la de Medina, y la de Gallegos y Pérez Jiménez) se atrevía a hacer. Estudió cosas que un latinoamericano normal no puede ni siquiera pronunciar sin dislocarse la mandíbula o tasajearse la lengua con los dientes: ella cursó estudios de Artes Plásticas en el Art Student’s y luego Music en el New School of Music, of course en New York City. This is a pencil.

Pero la hazaña social de la que ella se ufanaba con más escándalo y orgullo era eso de la fumadera en público. En los años 20 del siglo pasado la manía de fumar cigarrillos estaba reservada a los hombres, y las muchachas que se atrevían a intentar ese oscuro crimen lo hacían a escondidas por allá en una hacienda, cuarto hermético o sótano del coñísimo, fuera de la vista de la gente de bien. ¿Conny? No, ella no, no sea marico nadie: ella llegó a la esplendorosa edad de los veintipiquito a Caracas y se ponía los domingos en plena Plaza Bolívar, delante de todo ese rebaño de brujas y patiquines que se hacía llamar “la sociedad caraqueña”, a echar humo al lado de la estatua ecuestre del Libertador, y eso equivalía, según los cánones religiosos y éticos del momento, a proclamar a través de una de esas cornetas gigantes que usan los malvivientes que van a la playa a atormenar la fauna marina de todo el Caribe con su reguetón, a gritarle en la cara a todo el mundo: “Mira becerro, yo sí soy puta, ¿tienes algún problema con eso?”. Punto a favor de la memoria de esta loca maravillosa. ¿Están viendo?, uno viene aquí a escribir en contra de una sifrina y la bicha termina cayéndole bien.

SUS RETRATOS Y OTRAS OBRAS PICTÓRICAS SE VENDÍAN CON ALGUNA FRUICIÓN, Y SU PARTICIPACIÓN EN OBRAS DE TEATRO SE COMENTABAN CON ADMIRACIÓN EN LOS CÍRCULOS CULTUROSOS. CONNY ERA DE ESAS PERSONAS A LAS QUE LE SALE BIEN TODO LO QUE EMPRENDEN

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Por cierto, años después escribió un libro que tituló Memorias de una loca, en honor a la impresión que causaba en sus contemporáneos. Ese libro de anécdotas fue su primer best seller.

En los años 20, además, comenzó a publicar artículos y caricaturas en revistas y periódicos venezolanos reconocidos. Por supuesto que nadie iba a negarle un espacio a una muchacha que, además de traer aureola neoyorkina y ser de familia influyente, escribía sabroso y de paso estaba buenísima, pero sin duda que ese privilegio lo tenían muy pocos personajes, varones o de cualquier otro género, en aquella Caracas medio infantil.

Conny pudo haberse dedicado solo a la composición y ya eso le hubiera asegurado la entrada a destacadas gavetas en la memoria de los venezolanos. Ella es autora, entre otras canciones (aparte de “La negrita Marisol”), de varias piezas dignas de ser escuchadas: zámpense en Youtube y busquen “Venezuela habla cantando” y “Chucho y Ceferina” (esta última, versionada por Lilia Vera, es una joya, una pequeña obra maestra). Compositora de primera, guitarrista de segunda y cantante de tercera, salió fuera de Venezuela a interpretar sus canciones y le fue bastante bien.

Con otra de sus piezas, “Soy venezolana”, pasa algo revelador. Picada porque en su Caracas natal no dejaban de considerarla estadounidense (y eso que nunca se le llegó a pegar la modulación ni “el tonow ese mediow gringow que sí se le pegow a Eva Gowlinger”, justo es decirlow), compuso esa letra en la que desafiaba a todos los venezolanos a ver quién era más venezolano que ella. El argumento único de la pieza es: marico, yo a la hora de nacer traté de que la cosa ocurriera en la Catedral, pero me la pusieron difícil y terminé naciendo en la esquina de El Conde (ahí mismo pues, media cuadra al oeste del bar La Indiecita). Parece que para Conny tus niveles de venezolanidad se medían por la cantidad de metros desde la Plaza Bolívar hasta tu lugar de nacimiento. Busquen la canción, es bastante curiosa. Y mala.

Sus retratos y otras obras pictóricas se vendían con alguna fruición, y su participación en obras de teatro se comentaban con admiración en los círculos culturosos. Conny era de esas personas a las que le sale bien todo lo que emprenden. Hacia 1945 Europa estaba transitando por el percance de la Segunda Guerra Mundial y Conny transitaba sus cuarenta y tantos años de edad, cuando le ocurrió algo que le cambió la vida (a ella y a un gentío en Latinoamérica, y esto es en serio). Resulta que ella estaba en Estados Unidos y le tocó viajar en un tanquero norteamericano para Venezuela, y a mitad del viaje los agarró una tormenta o huracán. Como el capitán del barco estaba muy ocupado no tuvo tiempo de salir a explicarles a los pasajeros si tanto jamaqueo se debía a un fenómeno natural o a un bombardeo alemán o japonés, así que la destrucción del sistema nervioso de todo el mundo en esa embarcación era normal. Conny viajaba con su hijo, Donald, y maldita sea la norma ética que no lo deja a uno hacer un chiste homofóbico con el nombre del muchacho y el pato de Walt Disney.

En ese tanquero viajaba también una doña, esposa de Henri Pittier, el célebre botánico, para más señas. En mitad del vaporón y el pánico vienen y se encuentran esas dos mujeres, y ahí sí se jodió todo. Cuando uno se encuentra en un trance extremo, con el terror de la muerte gobernando el estado de ánimo, queda despojado de toda defensa sicológica, y nada parece hacerle más falta que una ayuda espiritual. Menos mal que no la agarró en ese momento algún cuáquero, evangélico o fascista, mi hermano; aquella mujer que la tormenta convirtió en su compañera de tormento se puso a hablarle de una disciplina llamada Metafísica. El huracán cesó y los pasajeros pudieron tocar tierra firme, pero el huracán interior de Conny Méndez continuó.

La segunda mitad de su vida se la entregó a la enseñanza de algunos arcanos o claves de la disciplina, de la que fundó una hermandad. Desde entonces y hasta nuestros días, Conny Méndez es conocida en todo el hemisferio occidental como la autora y sacerdotisa de algunas piezas fundamentales: El librito azul, Metafísica 4 en 1, El maravilloso número 7, ¿Quién es y quién fue el Conde de Saint Germain? Es imposible pasar por uno de esos libreros callejeros y no encontrarse con alguno de estos libros. Asómese y búsquelos; casi todos tienen la portada morada.

Murió a los 81 años, en noviembre de 1979.

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