POR FREDDY FERNÁNDEZ @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE 240 FILO Y BORDE

Julian Assange, principal figura de WikiLeaks, propuso que Venezuela adoptara la Constitución del Reino de Arabia Saudita para acabar así con las críticas de Estados Unidos. En la misma lógica podríamos optar por la de Honduras con sus “artículos pétreos”, los que no solo son inmodificables, sino que discutirlos es un delito. Sobre muchas constituciones Estados Unidos no tiene reparo, como la que dejó redactada Pinochet. De hecho, jamás criticó la Constitución que imponía el régimen del apartheid en Suráfrica.

Ahora bien, las constituciones son, en casi todos los casos, una suerte de libro sagrado. Valiosas, veneradas y supuestamente respetadas por todos y, sin embargo, desconocidas. Están en un templo al cual solo acceden los iniciados, los únicos que conocen el código que descifra su mandato. La discusión popular sobre ellas es casi un tabú. Sin conocerlas, se perciben como justas, eficientes e inmejorables. El mal no reside en ellas, sino en las personas que no las cumplen.

La utilidad práctica de este hecho es inestimable. Las élites que controlan el poder hacen parecer que son ellas las únicas que saben interpretar la ley y usarla. Su interpretación es inapelable. Fuera de ella queda el pecado más grave, lo inconstitucional. Así uno entiende por qué la propaganda de la derecha venezolana, durante la jornada de violencia recientemente derrotada, decía en el ámbito internacional que el presidente Maduro estaba actuando inconstitucionalmente.

Roberto Malaver me contó una vez una anécdota de su pueblo, en la que el jefe civil pone preso a su compadre y le dice, mostrando en sus manos el libro, que no puede actuar de otra manera porque así lo establece el Código Civil. El detenido justificará después que no fue su compadre quien lo detuvo sino “el librito ese”. Es el mismo cuento, a espaldas de los pueblos, con el que justifican los golpes de Estado en Paraguay, Honduras y Brasil. Para la prensa, y para la comprensión general, queda como si el hecho lo hubiera ejecutado la propia Constitución y no las mafias que se apropian de la interpretación del texto.

En Venezuela es casi imposible que una maniobra así resulte. La Constitución no es materia de iniciados. Es una construcción popular y popular es su conocimiento y manejo. Sabemos que el poder reside en nosotros, que su expresión máxima es el Poder Constituyente y que la Constitución es perfectible.

En esta oportunidad de revisar su texto, vividas las experiencias de una Asamblea Nacional dedicada a acabar con la Constitución y a promover una invasión extranjera, sería justo procurar ejercicios más directos de poder popular. Tener menos presencia de aparatos políticos en su seno y esforzarse para que haya más pueblo.

 

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