TRAS EL DISCURSO POR RODOLFO CASTILLO/RODOCASTILLO81@HOTMAIL.COM

resureccionLa resurrección de Cristo (EEUU, 2016), obviamente, es un filme de temporada sobre la vida de Jesús, que en su afán de tener algo nuevo que decir, se precipita hacia el más convencional de los lugares comunes: lavar la cara de una institución y de un imperio. Lo novedoso del filme, tomando en cuenta la temática a tratar, viene dado por la investigación ulterior —a manos de un centurión romano y ateo, cuya redención es más que previsible— al acontecimiento denominado como la piedra removida: la resurrección, tras tres jornadas, de Jesús de Nazaret: el mismo es narrado cinematográficamente en modo thriller.

Considerando lo álgido y espinoso del tema, la búsqueda de un cuerpo que suponen profanado por sus seguidores para dar rienda suelta a la profecía que reza la ascensión de Jesús, provee de verosimilitud histórica al filme, veracidad demandada de forma recurrente por los conocedores, e incluso por los neófitos, del tema bíblico. Otro aspecto que sustenta su acierto histórico es una figura de Cristo más étnicamente correcta (considerando los peculiares rasgos de los habitantes de la región), más “amulatado” (aprovechando el sintagma de moda). Sin embargo, más allá de estas artificiosas vereditas, La resurrección de Cristo no deja de cumplir el rol que desde siempre ha representado el cine bíblico, que no es otro que ganar prosélitos a la causa del cristianismo, vale decir, un cine occidental hegemónico dando un espaldarazo a su religión predominante.

El personaje principal, el centurión Clavius, es fiel representación del poder imperial, concretamente de su élite militar. Es apenas lógico que encontrarse cara a cara con el hijo de Dios luego de haberlo matado produzca una profunda conmoción en cualquier persona. Un despiadado militar, autor de las atrocidades que trae consigo la guerra, puede llegar a ser absuelto por el solo hecho de ver a Criso resucitado y, producto de ese encuentro, experimentar un proceso de redención, sincero o no. Esta candorosa situación nos hace pensar en John Kelly, jefe del comando Sur estadounidense, rezando por Venezuela; o en asesinos perdonándose a sí mismos; o de sacerdotes pedófilos haciendo acto de contrición.

ÉPALE 171

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