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POR CARLOS COVA/@CARLOSCOBERO/FOTOGRAFÍAS JONATHAN MENDOZA

Ha comentado Fernando Savater en un ensayo sobre Shakespeare que uno de los insultos más curiosos de la época isabelina resultaba la proposición “vil jugador de pelota”, que aplicada a ciertos súbditos ingleses, quería acusar sus maneras toscas y rudimentarias. En otro contexto, para denunciar la primitiva costumbre de quien se reúne a comer carne al aire libre gustábamos emplear el término “vil comedor de parrilla”, aplicable a aquellos que la imponían como invariable rito de fin de semana. La ocurrencia no pretendía más que tomar el pelo a los “generalizadores” que suelen aflorar en las discusiones de sobremesa durante, por ejemplo, una parrillada.

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En medio de tales argumentaciones, los venezolanos resultamos una cosa u otra, menos unos “pertinaces devoradores de arepas” que unos “embelesados consumidores de cachapas”, no tanto unos “aletargados saboreadores de pollo en brasa” como unos “viles comedores de parrilla”. De esta dinámica se extraería entonces una nueva generalización: la de que somos unos “insignes habladores de güevonadas”. El hecho indiscutible es que asar carne a fuego directo constituye una sólida institución de la cultura venezolana y no son pocos los establecimientos especializados en esta propuesta culinaria, habiéndolos en nuestra ciudad de todas las categorías.

El target de Copacabana correspondería, por sus precios, al grupo de los de mayor jerarquía y en tal recuerdo permanecía en la mente de este pichón redactor desde hace unos tres años, tiempo en que la primera redacción de Épale CCS armonizó con sus coordenadas, entre las esquinas de Reducto y Miranda, en la avenida Lecuna. Desde entonces no habíamos vuelto por sus predios a degustar sus buenas ensaladas (César o Aguacate con Palmito), sus abrebocas (Queso Telita o Tostones con Guacamole) o sus diferentes carnes al grill. En esta oportunidad no hubo suerte, si de tal se trata en el caso de un comercio de estas características.


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Jonathan no movió un músculo de la cara. ¿Su aceptación del envite resultaba acaso obvia? Una vez servido el condumio, el culto de embestida, que nos hermana con los depredadores más fieros, es de minucioso cumplimiento. Mientras los bordes del plato se guarnecieron de la respectiva franja verdirroja (guasacaca y picante), los tenedores se abocaron a pinchar. Ha de fallar la hipótesis, a veces, en el momento de hincar un felino sus fauces en el antílope de turno, presupuesto a darse festín. La carne pasa de estar deliciosa en el primer bocado, a estarlo un poco menos en el segundo, a encontrarla grasosa en el tercero, a tener mal sabor en el cuarto, a resignarnos en el quinto.
No hay peor pecado que el de la carne. Lo sabemos por viejos y por diablos. Y por carnívoros.

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