ÉPALE313-MITOS

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

A un costado de la avenida Fuerzas Armadas, diagonal a la terminal de transporte suburbano, se despliega silencioso un pasillo para la economía popular, custodiado casi siempre por un enjambre de motos y de repente un par de guardias nacionales redondeando la quincena. Es un corredor ágil, colorido, donde te ofrecen desde zapatos de imitación hasta tamales multiétnicos, que el martes 22 de enero amaneció igual que siempre.No por casualidad, alguien temió que ese día, cuando reabriera sus puertas como todo el tejido comercial del Mercado Bolivariano de La Hoyada, en pleno centro de Caracas, sucumbiera ante el arrebato de las turbas excitadas por la sed de venganza, quemando los diminutos quioscos de mercadería y sacrificando entre las hogueras a sus pequeños moradores, de acento y fisonomía indiana, al grito de “muerte al cotorro”.

El fin de semana anterior conmovieron a Ecuador, Venezuela y medio mundo, las escenas virales del asesinato de una mujer embarazada a manos de su joven pareja venezolana, en el remoto paraje de Ibarra, al norte de Ecuador. A raíz del hecho surgieron por combustión espontánea violentos brotes de agresividad contra los venezolanos en ese país vindicado en la historia por el caraqueñísimo Simón Bolívar, y encajado en la vida republicana gracias al cumanés Antonio José de Sucre hace 200 años. Hasta que se incendió la pradera cuando su presidente, Lenín Moreno, señaló en tono xenófobo la nacionalidad y no la circunstancia del feminicidio, como el origen de tan terrible crimen.2.515 kilómetros al norte, nadie agitó las banderas en tentativa de desagravio, y si bien más de un mártir de Facebook anunció una razia étnica —como se la ofrecen a los chavistas en pie de lucha—, entre los pasillos del mercado de los “cotorros” (remoquete que reciben ecuatorianos, bolivianos y peruanos entre nosotros) lo que reinó fue el compadrazgo habitual de la señora que busca rebajas del precio de un blue jeans stretch y recibe, gracias a la hermandad grancolombiana, un descuento del 2,5%.

Nuestra fraternidad es tan visceral, que en Venezuela no es retórico hablar de cosmopolitismo: ecuatorianos y peruanos nos han chanceado con sus baratijas de pacotilla, los colombianos nos transan narcotizándonos con su vallenato, el portugués nos clava una ración de queso con su lengua ininteligible, el italiano nos obligó a habitar sus edificios de estilo rococó, los argentinos dirigieron nuestros periódicos, los apellidos vascos resuenan en casi todas las profesiones, los judíos son nuestros médicos en San Bernardino y en cualquier clínica privada, el gallego defenestró a nuestra nutritiva arepa y nos metió de contrabando el pan, y hasta García Márquez juró que si no fuera por su virulenta pasión costeña, habría hecho de esta su caótica aldea macondiana.

No es narcicismo patriótico advertir que estamos hechos de un material distinto. Puede que sea la raza cósmica de Vasconcelos, o simplemente esa pasión infantil y acelerada que ha movido nuestras más extravagantes cruzadas a lo largo de doscientos años de vida loca, danzando sobre la cuerda floja, atenazándonos a esperanzas vanas, amando con desenfreno por una naturaleza quizás inexplicable lo que nos hace terriblemente buenos.

ÉPALE 313

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