Crónica / Los restos andariegos de Simón Rodríguez

Generalmente el lector desconoce el cometido obsesivo de la tarea de un autor, sobre todo cuando el planteamiento de la obra demanda esclarecer oscuras circunstancias históricas. Consciente en su propósito, el escritor asume una honestidad inquebrantable, a pesar de la verdad aflorada devenir insólita, dolorosa.
Una vez terminada la lectura de Los restos del cholo Facundo, Premio Stefania Mosca de Crónica 2018, de Fundarte, uno de los primeros rasgos estructurales a considerar del libro es la capacidad de su autor, Nélson Chávez Herrera, al establecer la trama de unos sucesos donde convergen las fuentes históricas, el periodismo investigativo y los recursos narrativos, sin ninguno asumir una preeminencia sobre el otro, en aras de conservar la armonía de engastar los géneros en la dúctil prolijidad de la palabra.
La narración, inserta en un discurso ondulante, apasionado, ágil, introduce al lector en una especie de viaje de aventuras hacia parajes desconocidos, en busca de los manuscritos y las ediciones príncipe surgidas de la mente y manos del deslumbrante Simón Rodríguez —entre estos, los elusivos opúsculos de Crítica de las Providencias del Gobierno. El viaje tras las huellas del Maestro nos reserva insospechadas sorpresas. El perspicaz cronista Coromoto Montilla, un aporte de la ficción, mientras cumple sus menesteres, semejante a un detective, siente crecer en su ánimo el deseo de continuar pronto hacia Amotape, el pueblo peruano donde la tierra ofreció descanso mortuorio al cuerpo trashumante del sabio maestro del Libertador Simón Bolívar.
Un día providencial, inmerso en la incesante revisión de textos, en la biblioteca de la Sociedad de Fundadores de la Independencia, en Lima, el indoblegable investigador recibe el impacto de un inesperado descubrimiento: ahora tiene en sus manos un documento desconocido hasta ese instante para él. Se trata de Maestro del Libertador del escritor venezolano Ignacio Vetancour Aristeguieta, comisionado en 1920 para repatriar desde el Perú a Venezuela los restos de José Trinidad Morán y Simón Rodríguez. Las revelaciones del mencionado texto, referentes a la repatriación de la osamenta del andariego maestro, resultan inevitablemente inquietantes.
El giro sorpresivo de la pesquisa condensa el intenso deseo de viajar pronto a Amotape, donde Simón Rodríguez consumió sus últimos pasos. Apenas arriba a su destino, empecinado en continuar desentrañando misterios, Coromoto Montilla queda envuelto en un paisaje asombroso, desconcertante, no emanado de una narración de Manuel Scorza ni de José María Arguedas, sino de la exquisita sencillez de algún cuento de Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo y
El llano en llamas, dos volúmenes imprescindibles de la mejor narrativa latinoamericana.
La visión amotapeña no escapa de los fantásticos sortilegios del cuentista mexicano. A través de las imágenes de Los restos del cholo Facundo, el panorama expuesto recuerda el ambiente de Comala. Todo el pueblo, desde un puente, el liceo, la Plaza Mayor, hasta una “animita de carretera”, contienen las huellas del ilustre maestro de América. Todavía su presencia transita a diario las calles del poblado, sumergida en los delgados límites del realismo mágico y lo real maravilloso. Hasta ese lugar feérico, un día, cansado de camino, llegó Simón Rodríguez después de una dolorosa travesía, arrastrando consigo su apreciada carga de papeles y libros atesorados.
Mientras postula los inobjetables aportes históricos, el escritor perfila, al mismo tiempo, un lenguaje de nuevas resonancias, una manera de buscar las similares voces atávicas de la denuncia. La cadencia de las palabras progresa traslúcida, despojada de ampulosidades, avanza adecuada al preciso decir de las mejores crónicas escritas, antes y ahora, en Latinoamérica. Cuando la prosa reclama un toque poético, según Amado Alonso, la poesía no tarda en aportar su lirismo. La regulación del ritmo estético conforma una consonancia ancilar de regulados movimientos orgánicos entre las partes de la obra. En el corpus de este texto el lenguaje libera su propio sentido, sustanciado en una aparente levedad donde, a veces, la nitidez de una breve frase añade un detalle significativo. Señales procedentes de las concisiones semánticas de Jorge Luis Borges, sin ocultamientos.
Algunas páginas difuminan sensatas referencias literarias: Ernesto Sábato confirma la favorable obsesión fanática del creador. Unas líneas ofrecen una mención candorosa al poeta Miguel James. Luego, topamos la lucidez caribeña de José Lezama Lima. El sabor de una mezcla de pisco y Cinzano manifiesta la figura de Julio Ramón Ribeyro. Antes, percibimos la ciudad de Lima en una visión crítica de Sebastián Salazar Bondi. En un cómplice regocijo titila un guiño al literario falsificador Rafael Bolívar Coronado. Un gesto oportuno señala a José Carlos Mariátegui. La inclusión del maestro Mariano Picón Salas no resulta afortunada, más contestataria es la actitud del historiador Rafael Ramón Castellanos. País portátil mediante, Adriano González León arroja una muestra de su sarcasmo trujillano. Esta sutil celebración creativa boga encantadora en favor de la literatura.
Tan pronto acaba de leerse Los restos del cholo Facundo, el súbito sacudimiento de la última frase concita los deseos de hacer resonar intensos sonajeros colectivos, reclamando una enmienda histórica.
Sin ambages, es razonable reiterarlo: a través de estas páginas la crónica surge renovada, investida de una forma distinta de registrarla, casi cinematográfica, similar —podríamos decir— al flujo crescendo de El país de la canela de William Ospina o Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez. ¿Crónica? ¿Ensayo narrativo? ¿Novela corta? En consecuencia, además de su inusitada proposición, la diegética de este libro plasma, también, una lúcida polivalencia de las formas estructurales del relato.

Épale CCS / Julián Márquez