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UN RECUENTO DE LAS SERIES QUE MARCARON NUESTRA INFANCIA Y FORJARON LO QUE DE MEJOR, Y QUIZÁ TAMBIÉN DE PEOR, FUE QUEDANDO DE NOSOTROS

POR CARLOS COVA

No puedo recordar la primera vez que vi televisión. Hablo de un tiempo en que, disuelta su novedosa efervescencia, el aparato de TV se encuentra ya instalado en casa, arrogándose la atención de cuantos habitan en ella. Cuenta incluso el artilugio con su propia habitación, y su encendido se reserva para el momento culminante del día, cuando los residentes comparecemos ante él con disciplina ritual. Su influjo sobre nosotros, los niños, supera al que ejercen mis padres, imbuidos ellos también por la portentosa señal.

A esos primeros contactos debo una imagen primigenia: con 4 años de edad golpeo y hago un escándalo sobre mi silla de comer. Martirizo a mi madre y a mis hermanos con el bullicio. Todo es una farsa para una hipotética cámara de televisión que nos graba durante la emisión en directo de un programa que narra mi vida. Desde entonces, y al igual que la del personaje principal de Sigue soñando (1990), mi “educación sentimental” estará apuntalada por lo que veré los siguientes diez años a través de la televisión enlatada. Serán las series de ficción las que se impondrán en ese imaginario, por encima de las fantasías animadas, o “comiquitas”, tenidas por mí como entretenimiento más anárquico.

El mundo que se muestra a través de esa ventana catódica durante el período señalado pasará del blanco y negro al color sin solución de continuidad, gracias a emisiones dislocadas del eje temporal, sostenidas por su éxito más allá de lo posible. Hablará en tono dramático y con desatado humor. Nos proveerá de códigos culturales ajenos que replicaremos en nuestra cotidianidad y, luego, haremos nuestros.

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TELEVISIÓN EN SERIE

ÉPALE279-CRÓNICA TV 2Así que, en el origen, seré con mis hermanos un soldado ninja embistiendo “banderas-negra” gracias a Agente Fantasma (1964), cuyas formas de combate parecían copiar las de nuestros juegos domésticos. Phantar (Fanta para nosotros, como el popular refresco de la época), líder de la tropa, reunía las cualidades del héroe más exótico que podía cabernos en la cabeza hasta la aparición de Kwai Chan Caine (Kung Fu, 1972). A este último lo tanteaba a través de los ojos de mi padre, quien seguía la serie con inédito embeleso. La relación amor-odio que teníamos con mi progenitor se sosegaba a través de esta experiencia compartida, lo que permitía a veces una comunicación imposible por otra vía. Mirábamos, por ejemplo, Buscando novia a papá (1969), siempre en ausencia de mi madre, con una complicidad de género que afloraba ya entre nosotros. Con mi padre nos haremos asiduos de tres series ambientadas en el “salvaje oeste” norteamericano. Las tramas de Bonanza (1956), Valle de pasiones (1965) y El gran chaparral (1967) desarrollaban sagas familiares que tenían poco de western y mucho de melodrama, anticipándose al género televisivo que estallará en la década siguiente: la telenovela.

PHANTAR, LÍDER DE LA TROPA, REUNÍA LAS CUALIDADES DEL HÉROE MÁS EXÓTICO QUE PODÍA CABERNOS EN LA CABEZA

Muy cerca de este último, el drama de la familia Ingalls nos contagiará de melancolía desde La pequeña casa de la pradera (1974). Emitida por Venezolana de Televisión en horario dominical, su atractivo se cebaba en la frescura que las tres hermanas conferían a la historia. Melissa Sue Anderson es el nombre de la hermana mayor en la vida real. Perdido de amor le seguiré la pista hasta otra serie que se convertirá en mi favorita de todos los tiempos, La edad del jean (1977), en la cual su protagonista me calcaba en el atolondramiento preadolescente y en el enamoramiento no correspondido por la Anderson. Cuando en la cuarta temporada los productores del show de los Ingalls le hagan perder la vista a Melissa Sue, quién sabe si a causa de tanta arrogancia, la serie dejará de interesarme.

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LA COMEDIA ENLATADA

Pero no todo era drama y aflicción en esos tiempos. De hecho, lo que yo había proyectado en aquella precoz actuación en la cocina de mi casa aspiraba a ser parte de una comedia de situaciones, como tantas que se emitían entonces y a las que debían ser aficionados mis padres. Reproducía por reflejo gags tomados quizá de Yo quiero a Lucy (1951), Los Beverly ricos (1961) o La isla de Gilligan (1964), vistos desde la cuna en algunas de sus infinitas reposiciones.

POR ESA ÉPOCA SE CRUZARÁN EN EL ESPACIO CATÓDICO DOS SERIES “NEGRAS” QUE FUNDARÁN DOS MANERAS DE HACER HUMOR EN PANTALLA

Por esa época se cruzarán en el espacio catódico dos series “negras”, de trama y concepto similar, que fundarán dos maneras de hacer humor en pantalla y que, en cierto modo, escindirán la historia de la comedia televisiva. Las legiones de fanáticos que desde entonces han sido se dividirán entre quienes gustarán de la ocurrencia barroca de Los locos Addams (1964) y quienes preferiremos el humor diáfano y fácil de La familia Monster (1964). Una dicotomía que, curiosamente, se irradiará a la línea de programación de los canales que las emiten y cuyas señales se constituirán las más importantes del país por un largo tiempo. A la vieja Radio Caracas Televisión la asociaremos con el garbo afectado de un Homero Addams (John Astin), en cambio la imagen de Venevisión adoptará la solvente naturalidad de un Herman Munster (Fred Gwynne). Del canal de Quinta Crespo destacaré aquellas series que, pese a esa impronta artificiosa, seguiré con más curiosidad que deleite: Mi marciano favorito (1963), Mi muñequita viviente (1964), Mi bella genio (1965) y La novicia voladora (1967).

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ÉPALE279-CRÓNICA TV 5Ninguna de estas últimas alcanzará el nivel del Superagente 86 (1965), transmitida por Venevisión, una filigrana hilarante del comediógrafo Mel Brooks dibujada en clave de parodia, el recurso más manido del género pero también el que con más frecuencia tiende a fracasar. Paródicos fueron casi todos los programas de comicidad en vivo transmitidos durante ese período, algunos de factura nacional, que reiterarían esta percepción. Desde el mismo canal de La Colina surgirá Tres son multitud (1977) para ayudarnos a perder la inocencia. Su aparición en pantalla debía haber sorteado la pereza de los censores dada su incontenible lubricidad. En casa recuerdo haber visto dudar a mis liberales padres, unos segundos al menos, a la hora de los respectivos permisos. Para definirla bastará referir que el ardid más perturbador de la serie tenía que ver con los tres jóvenes y sensuales ÉPALE279-CRÓNICA TV 5-1protagonistas y la palabra “trío”. En el título no dejarían pasar la insinuación.ÉPALE279-CRÓNICA TV 6

ÉPALE279-CRÓNICA TV 6-1POLICÍAS Y LADRONES

Nos ayudaba a crecer rápido esa televisión, sin duda. Ya antes de la adolescencia seremos expertos también en temas policiales, un nicho distintivo de la programación de todos los tiempos que en los 70 tendrá particular auge, como lo muestra este haz de detectives, privados o públicos, que nos harán comprender el valor de la mente deductiva antes de tener que aplicarla en ÉPALE279-CRÓNICA TV 7la vida real: Mannix (1967), McCloud (1970), Columbo (1971), Cannon (1971), McMillan y esposa (1971), Banacek (1972), Kojak (1973), Baretta (1975) y Starsky & Hutch (1975). Estos últimos serán mis favoritos, aventajando a sus colegas no solo en su apostura sino también en su incorrección política. Había no poca malicia en el descubrimiento de que la ley había que hacerla cumplir a como diera lugar, así fuera trasgrediéndola levemente en el camino. En esto irá uno, o dos, pasos más allá la pareja conformada por Bodie y Doyle en Los profesionales (1977), serie en la que la incesante acción venía salpicada con chispas de humor inglés. En casa gustábamos encarnar a uno u otro tándem, rotándonos, con algo de fastidio, las caracterizaciones entre los tres hijos varones. Con S.W.A.T. (1975) no habrá ese problema, dadas las cinco plazas a interpretar que el escuadrón ofrecía. Este grupo de élite ÉPALE279-CRÓNICA TV 7-1era además el non plus ultra porque, como rezaba el eslogan publicitario, “cuando la gente está en problemas llama a la policía, y cuando la policía está en problemas llama a S.W.A.T.”.

ÉPALE279-TELEVISORDesde el presente, me sorprenderá verificar la importancia que un par de series deleznables como El hombre nuclear (1973) y La mujer biónica (1976) alcanzarán en la cultura popular, recordando veladas dominicales organizadas por mis padres con sus amigos para mirar las “hazañas” de Steve Austin en prime time, los seis millones de dólares peor invertidos por el gobierno norteamericano en su historia.

LOS AÑOS MARAVILLOSOS

No dejan de ser aquellos días felices, sin embargo, como los que reivindica la serie del mismo nombre (Días felices, 1974). Su tono nostálgico acabará por contagiárseme sin haber vivido yo, o quizá por la misma razón, los años maravillosos del rock and roll. Vendría después la afectada corrección de un par de series: Familia (1976) y Ocho son suficientes (1977). Su interés, para mí, se debía a que ambas retrataban con aparente objetividad a la clase media norteamericana, a esas alturas convertida en una caricatura por el propio medio televisivo. Quedaba en el aire la percepción de un cierto patetismo que, una década después, justificará el estallido de dos sátiras acerbas pero innovadoras y revolucionarias: Matrimonio con hijos (1986) y Los Simpson (1989).

Habrá que anotar, también, la impronta que un par de ejercicios evasivos reclama dentro de nuestra memoria. El bote del amor (1977) y La Isla de la Fantasía (1977) tendrán como gancho la presentación en cada episodio de una batería renovada de tramas y personajes (algunos encarnados por figuras casi olvidadas de las pantallas grande y chica), que supondrá un homenaje que la televisión norteamericana se debía a sí misma.

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ÉPALE279-CRÓNICA TV 9Finalmente, Alma máter (1978) hizo que me convirtiera en un mejor estudiante. No hubo antes ni después terapia más motivadora que la que el seguimiento de esa serie produjo en mis hábitos de estudio. Fui el discípulo más aplicado del salón, al menos por ese entonces, para parecerme al personaje protagónico (James Hart). Copié su aparente insaciabilidad de conocimientos. Viví obsesionado con la idea de ingresar a la universidad. Cambié el estilo de mi letra y leí muchas veces, casi hasta memorizarlo, un capítulo de la Enciclopedia Quillet que se explayaba en un sistema de aprendizaje autodidacta.

Ahora mismo, no estoy seguro de no deberle bastante de este recuento nostálgico a la necesidad de revivir el entusiasmo por aquellos años en que la televisión fue la gran tutora de mi vida.

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