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Chela, Elide, Luigi, Doménico, la reina del yogur, Zulay y Elvia. Faltó Gerardo, el parquero

 

POR GUSTAVO MÉRIDA  @GUSMERIDA1 / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

Empezar por el postre se justifica cuando el postre, o mejor dicho, cuando la creadora del postre, Patrizia Soffiaturo, se empeña en llamarle de un modo equívoco y este postre es una cosa que va más allá del bien y del mal. Hablamos de la inigualable torta de yogur. Resulta que no sabe a yogur, pero tiene. Fue imposible que me dijera la receta, pero el resultado tiene aquella cualidad que espero haya sentido alguna vez en su vida: uno agarra la cucharita, separa un trozo, lo muerde, siente algo similar a un orgasmo, traga, agarra la cucharita otra vez, repite los pasos y así hasta que se termina. No hay manera de parar. Es una mezcla perfecta de secretos que, en honor a la verdad, debería llamarse “Da Patrizia”. Pero ella insiste, terca y sonriente, en su fijación con el secreto del yogur.
Estamos en la calle Los Abogados, en Los Chaguaramos. Es muy cerca del puente San Pedro. Una quinta impecable, blanca, en la que uno se siente bien desde la entrada. Fundado en 1948, en abril, el papá de Patrizia, el señor Doménico, le compró al señor Nino (en Italia, diminutivo de Virgilio) el restaurant luego de trabajar con él algunos años, por allá por 1975. ¿Y la mamá? Ah, la señora Elisabetta di Costantino partió hace dos años. Patrizia y Luigi, su hermano (pelean cada dos minutos, duran diez segundos molestos y se vuelven a amar) la recordaron con cariño. “Mi mamá no dejaba a nadie sin comer”, dice Luigi. “Y bajaba y formaba unos líos cuando no lo estábamos haciendo bien”, agrega Patrizia.

IMG_9439_1La tristeza natural por el recuerdo de un ser querido se esfuma en el plato humeante de minestrone. No, no, no y no. Esto no parece real. Olviden el postre (nunca lo hagan), olviden los problemas, saboreen la pasión. En esos granos hay cariño, sin duda. “A veces viene gente del interior, que estudió en la (Universidad) Central, traen a sus hijos, se sientan, prueban el minestrone y cierran los ojos”, dice Luigi. “Por aquí pasaron todos los ministros que estudiaron en la Universidad. Al principio teníamos un cuaderno y cuando les depositaban, nos pagaban”, rememora la reina de la torta de yogur. “Todo esto estaba lleno de residencias estudiantiles”. Probar el minestrone es recordar la infancia: sabe a abuela, a cariño, al escondite, a la ere. También probé un poco de sopa de rabo, cortesía de la casa: sencilla y hecha sin flojera.
El mediodía pasó de prisa. A las 12 y 57 pm se presenta el bullicio perfecto, el que contagia (sin griterías, sin aspavientos) y que nos alojó en el lugar exacto para entender de qué va el negocio de la restauración: un grupo de gente, unido por esa satisfacción extraña que da atender a los demás como quiere uno ser atendido y al mismo tiempo ser tu propio jefe y al mismo tiempo entender que los demás, en ese momento, solo quieren que tú les des comidas y bebidas para seguir la jornada. Todo eso en un buen ambiente, limpio, seguro, rápido; con comida sabrosa, de raciones justas y bien presentadas. Da Nino tiene su propia vajilla y los baños limpios, con jabón y papel.

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“Chávez comía en aquella mesa”. Volteo de prisa. “Y venía mucho”. Una mesa solitaria en la esquina. “Cuando era capitán”, continúa Patrizia. Ella sale, mientras esperamos que se desocupe una mesa que tenía una luz especial, como de escena de película de amor en el desenlace. El jefe es el señor Doménico. “Más nadie hace la torta de yogur”, dice, orgulloso de su hija. La señora Elvia, quien nos atendió, tiene 30 años trabajando con los Soffiaturo. Es de Ecuador: “Formé mi familia, mi hogar aquí; es difícil regresarse”. Ella llegó hace 39 años y vive en San Agustín del Norte. “¿Con qué lo quieres?”, le pregunta Elvia a una comensal, refiriéndose a un asado: “Hay arroz, tajadas, papas al horno, vegetales, acelgas, remolachas”.

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Trabajan de lunes a viernes de 12 del mediodía a 3 de la tarde y no aceptan cheques ni tarjetas de crédito ni cesta tickets. Por 2.500 bolívares se come un menú que incluye primer y segundo platos, sin bebidas ni postre. Solo el primer plato, 1.100 y 1.600 si es solo el segundo. Después del minestrone y un poco de la sopa de rabo, me atreví con unos polppetones que en realidad era un polpetón y no puedo pelar esa rima entre mi minestrone y el polpetón, depende cómo usted lo lea. “A mí me llevó a diciembre”, me dice Enrique, el fotógrafo, “por las alcaparras y las aceitunas”. Un polppetone es un pastel de carne. Pensando que había ganado su confianza, me levanté de la mesa, me acerqué a Patrizia y a Luigi y les enseñé el grabador. “Díganme qué lleva el polppetone, por favor”. Se miraron, me miraron, rieron y siguieron trabajando. Se rieron a carcajadas por la pretensión de una receta secreta. El picante es perfecto y lo hace el señor Doménico. También tienen que probarlo.

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