ÉPALE255-DANILO ANDERSON

EN ÁNDERSON ES FÁCIL DETECTAR LA MATERIA DE LA QUE ESTÁN HECHOS LOS VALIENTES, UN INGREDIENTE QUE PONE EN ALERTA A AMOS Y SEÑORES. EL RECELO SUELE SER SUFICIENTE PARA ACTIVAR LA EMBOSCADA CON LA QUE ARRANCAN DE RAÍZ TODA POSIBILIDAD DE HEROÍSMO

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Un día del año 2003 Venezuela presenció por televisión algo que ni remotamente se hubiera imaginado que vería jamás: el hombre poderoso por antonomasia, la personificación del éxito capitalista, el mito o leyenda ante la cual todo aquel se postraba y se prosternaba, porque de él se decía que era el modelo a seguir, el más alto ejemplo ciudadano, el pipe pelao de la venezolanidad, el culito de la empanada: el señor empresario Gustavo Cisneros, el más millonario y empresarial de todos los empresarios, fue citado a la Fiscalía General de la República, como cualquier otro ciudadano (como si fuera de carne y hueso, pues, y no un fulgor o un concepto). Al salir de allí fue abordado por un montón de periodistas; algunos para derretirse en presencia de sus perjúmenes, mujer, y otros para preguntarle lo que ya le habían preguntado allá adentro: ¿usted qué pitos ha tocado en las últimas conspiraciones, golpes y sabotajes contra el Gobierno venezolano?

Era para no creerse: en la Venezuela revolucionaria alguien se había atrevido, por fin, a meterse con el santo y con la limosna del capital, a rebajarlo a su exacta y mortal dimensión de bicho humano como cualquiera, y lo había expuesto ante el ojo atento de la población como lo que era, exactamente: un conspirador con mucho poder y mucha plata, pero no tanto de esto ni de aquello como para salirle corriendo a alguien que se estaba tomando en serio las atribuciones del Poder Moral. Porque no era el Fiscal General quien lo estaba convocando, sino un muchacho, fiscal de Ambiente para más señas, un Danilo Ánderson.

No contábamos los venezolanos entonces con el ímpetu revirón y altivo de Danilo, y tampoco con cierta trampa oculta en lo recóndito del símbolo primigenio de la comunicación de la especie, que son las palabras dichas y pensadas en la alborada de los idiomas. Todos nos creíamos que los señores empresarios (y sobre todo este empresario) eran entidades todopoderosas e intocables, pero sucede que el concepto, el espíritu, el ADN del término empresario contiene algo que lo condena: la etimología dice que esa palabra está compuesta por el prefijo em (en: penetración), prehendere (atrapar) y ario (que denota pertenencia). Empresario: tipo que se te zampa (te penetra, weón), captura lo que tienes y lo hace suyo. Solo que la palabra “preso” (del latín presus) transcurre dentro de ella como una hermana siamesa, parásito incómodo, bacteria o germen de su destrucción: no tiene nada de extraño que un empresario pueda y deba ir preso, porque en la naturaleza de su oficio se encuentra implícita una sentencia.

El lenguaje popular resumió muy fácil todo ese rollo en la expresión “el que a hierro mata no puede morir a sombrerazos”, pero con un coñastre como Cisneros provoca ponerse antipático y seudoerudito: los ricos, sus sirvientes y demás comemierdas preferirían que fuéramos siempre básicos y superficiales.

EL QUE ESTORBA

Danilo Ánderson sabía de las artes de volverse incómodo para el poder. Militante de causas y grupos de esos que llamaban “extremistas” en la UCV, en su salto a la arena profesional del Derecho se transfiguró en un señor abogado de correctísimo vestir, pero conservó del comecandelismo la esencia antipoder. Sabía quién era el enemigo de clase y contra ese enemigo cargó hasta donde pudo, y probablemente hasta más allá de donde debía. Aquí la palabra “deber” choca con ese asunto misterioso que es la ética: hay gente que cumple con su deber hasta más allá de los riesgos de muerte, y entonces uno no sabe si exigirle a la gente valiosa que se inmole o que se cuide para que nos ayude a guerrear otro rato más en esta pelea contra la ignominia.

En sus tiempos de cuentacuentos, allá en la UCV, Danilo solía cerrar sus performances para niños con una corta historia que provocaba la hilaridad de estos y (para qué negarlo) los reclamos de sus camaradas, que solían recomendarle: “Coño, mijo, a ver si cambias el repertorio”.

Dice el cuento: había una vez un enano verde que vivía en una casa verde, tenía unos hijos verdes, una esposa verde, un carro verde; el barrio donde vivía era verde, se bañaba en un río verde, sus vecinos eran verdes, sus sueños eran verdes, las cosas que comía eran verdes y por lo tanto lo que orinaba y defecaba era verde; su cielo era verde, sus palabras eran verdes. Un día iba caminando por un camino verde y se le atravesó un enano rojo. El enano verde montó en cólera y empezó a descargarse al intruso: “¿Qué haces tú en mi mundo, enano rojo? ¿No te das cuenta de que aquí todo es verde, que mis hijos, amigos, sueños y hasta el aire son verdes? Lárgate de aquí, enano rojo, tú eres un estorbo en mi mundo verde”. El enano rojo le respondió: “Está bien, disculpa, no te molestes, es que me equivoqué de cuento”.

ASÓMESE A LOS RECUENTOS DEL CASO DANILO ÁNDERSON Y VAYA PREPARÁNDOSE: LOS JUSTOS, CULPABLES Y SOSPECHOSOS LLEVAN PUÑO, BOFETÓN Y PALO MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Danilo Ánderson era un enano rojo en un país que piensa que con decir que tenemos vocación para la paz ya está exorcizado el demonio del terror, ese fantasma que los laboratorios de guerra sicológica, sus medios y redes se encargan de fomentar mil veces al día. Un país donde el poder económico no es capaz de acostumbrarse a la idea de que una clase distinta a la suya tomó el control de su historia, así la mancillen negándole el derecho a los alimentos; un país donde la propaganda y la publicidad siguen privilegiando el fenotipo anglosajón y europeo porque ser negro, indio, mal hablado y no tener una sonrisa pepsodent es un crimen de lesa humanidad; un país donde el millonario hijo de puta y el clase media con delirios de grandeza han decidido convertirse en obstáculos del único proyecto de país que ha activado Venezuela en toda su historia republicana; un país cuya “clase pensante” está a punto de sentarse a llorar el “fracaso” de un proyecto porque la orden del poder económico es creer que solo son viables los países que se le arrodillan a Estados Unidos. Danilo era el elemento que no encajaba en una Venezuela donde el que más llora, se queja, reclama y planifica conspiraciones y derrocamientos no es el que está auténticamente jodido sino el que más tiene, el que siempre tiene recursos y posibilidades en medio de la crisis y los ataques del enemigo.

Danilo estorbaba en un país en el que a un grueso sector de chavistas “se les olvidó” que una de las tareas de los revolucionarios consiste en no entregarles ni un milímetro, ni un miligramo de poder o de control sobre instituciones y procesos, a los asesinos del fiscal de la dignidad. En un país que se espantó durante un rato por la forma en que el vehículo de Danilo voló despedazado por los aires, muchos dolientes de Danilo creen que es más importante liquidar al chavismo para proceder a dar a luz al chavismo. Asesinar al chavismo que existe para darle chance a “otro” chavismo, que sí es perfecto, impoluto, eficiente, inteligente, valiente e incorruptible, pero que todavía no existe. Lo que existe se llama guerra, no hay guerra limpia y en esta que nos ha tocado todos hemos de salir embarrados. Asómese a los recuentos del caso Danilo Ánderson y vaya preparándose: los justos, culpables y sospechosos llevan puño, bofetón y palo más allá de la muerte, y no es raro que los asesinos del mundo se mantengan al margen de todo castigo.

Danilo Ánderson es el enano rojo que estorbaba en el cuento verde de un país que trata de construirse un futuro, pero que todavía está en manos de los héroes de barro que nos venden los medios de comunicación, en manos del embustero, del sifrino que desprecia el trabajo de los sectores populares; en manos de la cantidad de güevones que ya están hablando de fraude, presintiendo el resultado de las elecciones que vienen.

ÉPALE 255

Artículos Relacionados